Esa inolvidable infancia, esta inexplicable adultez

niñez

Están ahí. Agazapadas detrás de la puerta. Son esas sombras que no queremos ver pero a las cuales debemos enfrentar por lo menos una vez al mes, o un par de veces si es que llegan a la fecha que se les antoje. Es como una película de terror diaria, como un asesino en serie que nos mata las veces que se le antoja. Son fantasmas, pequeños monstruos que nos revelan el paso inexorable del tiempo. Al dar la vuelta la llave y empujar un poco la puerta, las tenemos comiéndonos los pies: esas malditas boletas que nos recuerdan que estamos atrapados en esta inexplicable adultez.

¿En qué momento entra uno a esta etapa más allá de las explicaciones biológicas, sociológicas, psicológicas y etcétera, etcétera? Yo creo que uno de los síntomas de la adultez es cuando llega una boleta a tu nombre y decís: “¡Ya no tengo escapatoria, ya no están mamá y papá para ayudarme a pagar esta cuenta!” (Aunque a veces, y pese al orgullo que a uno lo carcome, sí estén). Es que en estos papeles delatores está nuestro nombre impreso y el peso de lo simbólico cae sobre nuestros hombros con la fuerza del paso del tiempo.

Mientras ordenaba un montón de boletas de hace dos años aproximadamente, unas a mi nombre y otras a nombre de la propietaria del departamento que alquilo, un sobrino mío, Juan -que más que sobrino es amigo y cómplice de aventuras- me etiquetó en una foto en Facebook que pudo rescatar de algún álbum familiar: en ella salimos los dos sobre una carretilla en la cuál bajábamos al pique por el bordo de la casa de Malanzán. Cuánta adrenalina, qué momentos felices, que inolvidable es la infancia cuando hay un recuerdo feliz.

Otro signo de adultez es cuando empezás a repetir las frases que te dijeron tus padres, me pasa seguido de hecho. Y otro signo, aún más agudo, es cuando a tus padres les repetís las frases que ellos alguna vez te dijeron: nos volvemos una suerte de padres de nuestros padres (quién te ha visto, y quién te ve… irónica retrosocialización). Ellos están cuando se nos muere una mascota y nos consuelan, ellos están cuando se nos cae el primer diente y nos enseñan que así es la vida: salen unos dientes para darle paso a otros nuevos. Pero nadie nos enseña qué cara poner cuando a nuestros padres se les caen los dientes, ni nos dan las palabras adecuadas cuando son ellos los que pierden a sus padres. Qué confusión resulta ser a veces esta vida.

Hace unos años viajaba en carretilla por los bordes de una casa de campo, y hoy estoy encerrado en un departamento sumido en la urbanidad de una ciudad inmensa, ¿cómo se explica este paso del tiempo ridículo al cuál coronamos con el nombre de adultez?. Aún no distingo en qué momento se produjo esta transición, pero sí de algo de lo que estoy seguro es que la infancia es ese lugar al que nunca vamos a poder volver pero del cual tampoco vamos a poder salir jamás.

 

*Lic. en Comunicación Social / Twitter: @tinopop_

Redacción DataRioja

08/04/2015

 

http://datarioja.com.ar/index.php?modulo=notas&accion=ver&id=6565

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s