La caja del abismo

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Llegar al trabajo sabiendo que son tus últimos días y esperar que la computadora termine de actualizar su sistema operativo. Hay que hacer tiempo. Ir hasta la cocina, prepararse un café. Volver. Esperar un rato más. La computadora sigue ahí, cargando, cargando, cargando. Y uno sigue haciendo tiempo, charlando con un compañero, luego con otro. Tomar un poco más de café. La computadora se prepara para configurarse. Preparándose. Me pongo a leer un buen rato “La muerte del padre” de Karl Ove Knausgard. Levanto la mirada. Nada. Preparándose para configurar. La impaciencia llega a medida que el café se acaba y que los otros compañeros hace rato empezaron a trabajar. Se le habla a la computadora, se putea por dentro, se putea por fuera. Como si apurar a una máquina diera resultado, como si insultar a una notebook para que se termine de actualizar porque hay trabajo por hacer, reportes que entregar, algún que otro mail que responder, funcionara. Y la condenada no da señales de vida. Le digo a los de IT que desde las 9:40 estoy esperando que arranque la computadora, que son las 11:30 y aún no da señales de vida. Mientras, todos siguen trabajando. Todos excepto yo y otra compañera, que está en las mismas condiciones que yo. Esperando. Haciendo tiempo.

Me acerco y le pregunto si su computadora reaccionó, y Flavia me dice que no, sin noticias aún. Me preguntó si los de IT me habían dicho algo y yo le di la misma respuesta que me dieron a mí: “Sí, sí, sí, las actualizaciones tardan un montón, a veces más de una hora”. Nos reímos de eso. Y seguimos haciendo tiempo, revisando papeles de compañeros de trabajos que se fueron, cuánta basura acumulada, cuántos apuntes que nadie volverá a leer, palabras sueltas, hojas sin usar, cuadernos con letras indescifrables. Dispusimos deshacernos de todo aquello que resultaba inútil. Una vez terminada la limpieza en uno de los escritorios, Fla siguió con el de ella, deshaciéndose de agendas que datan desde el 2011 hasta el 2014; mientras que yo me asomé a mi caja. Una caja, un abismo. Una caja, dos años. Una caja, un reservorio de recuerdos. Tenía que meter las manos ahí adentro y decidir qué tirar y qué no, qué sería útil para el próximo que ocupe mi puesto y qué no. Sin darme cuenta, durante estos últimos dos años había acumulado un par de apuntes inservibles, todos ya disponibles en la web que además carecían de vigencia. Datos de Internet del 2013, por ejemplo. Reuniones agendadas en papel, otro ejemplo, con gente que ya no está. Tarjetas con nombres que hace rato dejé de ver: Martín, Federico, Cata, Magdalena, Valeria.

Todo lo que se desgasta, se arrastra. Y todo lo que se arrastra, se ensucia. Se convierte, por más que nos pese, en basura. Por eso lo mejor es deshacerse de lo que ya no suma, tan simple como revolver una caja, tirar lo que no sirve, reciclar lo que puede ser útil en un futuro próximo. Avanzar. Una caja, dos años. Una caja, un reservorio de recuerdos. Una caja, el abismo. Acercarse al abismo, por voluntad propia o empujado por una iniciativa ajena, como la de Flavia; y buscar dentro lo que uno hizo durante todo este tiempo, todo lo que uno es. Eran las doce del mediodía cuando las computadoras empezaron a funcionar. Ya no había que hacer más tiempo. El tiempo seguía haciéndonos a nosotros.

 

*Lic. en Comunicación Social
Redacción Data Rioja
20/05/2015
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