Un gramo de felicidad

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A todos alguna vez, en algún un momento determinado de nuestras vidas, nos han preguntado (o nos hemos preguntado nosotros mismos) si somos felices o si tenemos una idea sobre lo que es la felicidad. Hay optimistas que dicen tener una vida llena de dicha; otros, un poco más espirituales, podrán responder que la felicidad es un ‘estado del alma’, mientras que hay otros que creen que ser feliz es una tarea titánica, que se desgranan las horas y con ellas nuestros intentos de ser felices.

Hace poco, el diario Suizo Neue Zürcher Zeitung le pidió a la escritora argentina Claudia Piñeiro que hable sobre la felicidad (1). Para la autora de “Las viudas de los jueves” (2005), el ritual de ir al teatro es, para ella, un momento de felicidad, que nada tiene de permanente y donde hay que simplemente dejarse llevar. La idea de Piñeiro me recordó inmediatamente a una escena de esa hermosa novela de Michael Cunningham, “Las horas” (1999). En diálogo con su hija, una de las protagonistas, Clarissa (Meryl Streep), dice:

“Aún recuerdo aquella mañana… Me desperté al amanecer, se abría ante mí un mundo de posibilidades… ¿Conoces esa sensación? Y recuerdo que me quedé pensando: Así que esto es el comienzo de la felicidad, donde empieza, y siempre habrá más. Nunca se me ocurrió que no era el comienzo, que era la felicidad.”

 

¿Un destello revelador? Quizás. Inasible, imposible de ver en el momento en que lo tenemos entre nuestras manos.  Un mundo de posibilidades: de ser, de sonreír y de disfrutar: la posibilidad plena de vivir. Pequeñas instantáneas que se instalan ferozmente en nuestra memoria y reaparecen como destellos cuando el tiempo pausa nuestro mundo.

Por otro lado, la escritora española Rosa Montero publicó en su columna del diario “El País” (¡ni que se hubiesen puesto de acuerdo!) donde recomendaba abrazarse a lo que podamos como una manera para alcanzar la eternidad (2). Cito estas dos autoras primero porque ambas escribieron las palabras justas en sus notas sobre lo efímera que es la vida y sobre las escasas pero no así eternas formas para ser felices. Las palabras de ambas actuaron como un trampolín para que en mi cabeza empezaran a caer una serie de recuerdos: la memoria es así, necesita un par de palabras que la sacuda de vez en cuando. Como una ficha que cae, y con ella, todas las demás.

Yo pienso en una tarde de verano de mi niñez, con mi hermana y mi papá limpiando el techo de casa, barriendo las hojas mojadas por la lluvia y secando el agua. La camaradería del momento donde el cielo era un techo posible de tocar, de eso me acuerdo. O los abrazos y las lágrimas de orgullo que intercambiamos con mi vieja, cuando ella me dijo que por fin había terminado de pagar nuestra casa o cuando salí de defender mi tesis y le dije: ya está, má, ya me recibí. Supongo que son abrazos únicos, son instantes irrepetibles.

Hay una instantánea que tiene olor y color propia, y aún parece latir con la tempestad de un huracán en mi corazón cada vez que la recuerdo: cuando salía de la escuela e iba a lo de mi abuela Sara a la hora de almorzar, desde el portón de la casa ya se podía oler el tuco que estaba preparando para alguna comida. Recuerdo la complicidad de llegar a la cocina, esperar que ella corte un pedacito de pan francés y lo sope en esa olla burbujeante. El pan volvía a mis manos bañado de esa salsa roja, con un guiño de mi abuela advirtiéndome que solo me daba ese pan sopado en tuco para probar, y que no había nada más que eso para probar antes de la hora del almuerzo.  Creo que en estos momentos, mi felicidad se reduce a eso: al recuerdo de un pedazo de pan francés mojado en salsa.

Los recuerdos son instantes que arden en soledad. En este mar de relatos cotidianos buceamos y, a veces, sin darnos cuenta, pasamos de largo por un tesoro maravilloso. Últimamente se me ha dado por pensar en ese pedacito de pan francés con tuco. Pero ya está. No va a volver. Como otros momentos en los que no me di cuenta y donde fui realmente feliz. Ahora es tarde. Me hubiese gustado saber abrazarlos, no sé si mejor, pero un poco más. A lo mejor, un poco más fuerte. O con mayor cariño. Con mayor “gracias”. No sabía que la felicidad podía durar tan solo segundos, ni que podía pesar apenas un par de gramos.

Lic. en Comunicación Social

Twitter: @TinoPop_

Redacción DataRioja

11/03/2015

http://datarioja.com.ar/index.php?modulo=notas&accion=ver&id=6480

 

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