Un nudo complicadísimo

nudo

¿Dónde se toman las mejores decisiones? ¿En qué lugar físico, en qué contexto, en qué momento exacto nace la lucidez necesaria para optar por uno de los dos caminos que se nos revelan por delante? ¿Son acaso en aquellos lugares donde se necesita el absoluto silencio, la meditación profunda, la armonía del cuerpo en sintonía con la del alma donde uno cierra los ojos e invoca esa fuerza necesaria -y hasta sobrenatural- para decir que sí? O para decir que no. Deshacernos de ese “tal vez” que por las noches nos hace dar mil vueltas en la cama antes de dormir. ¿O es que acaso tomamos las mejores decisiones en esos lugares comunes como en la cola de un banco, bajo la ducha, en un embotellamiento de autos, en la caja de un supermercado? Ahí donde la cabeza se abstrae de la realidad que lo rodea para construir una vida alternativa, una utopía, una fantasía que nos permita pensarnos más allá de lo que ya sabemos cotidiano. Lo conocido, lo cómodo: qué bestias peligrosas.

¿Sí o no? ¿Qué hago? ¿Dónde me decido? No hay un lugar definido, ni una respuesta absoluta. La vida es un constante “a todo o nada”. A veces las mejores decisiones que tomamos resultaron ser las peores, y a veces, aquellas que considerábamos un fiasco terminaron sorprendiéndonos. Si el que no arriesga no gana, ¿entonces quedarse paralizado de miedo e incertidumbre en su zona de comodidad, pierde por default? ¿Y qué se gana, qué se pierde? ¿Cómo se miden estas ganancias? ¿Cómo se procesa el duelo de lo que dejamos atrás? ¿Dónde están las instrucciones sobre cómo proceder si venimos al mundo desnudos y nos paseamos como proyectos de cadáveres, que al morir, nos vamos sin saber cuál es o quién tiene la última palabra?

Duele reconocerse como mortal. Qué frágil se torna el “Yo” cuando toma consciencia de que su vida no es más que un reloj de arena donde las horas se desgranan. Y con ellas, las oportunidades. Entonces hay que avanzar: andar y desandar el camino una y otra vez, acariciar nuestros propios límites, domesticar la ansiedad, armarnos de paciencia; y en el caso de meter la pata, buscar en el error, lo nuevo. Porque al final de cuentas no somos más que nuestros propios aciertos y desaciertos, un nudo complicadísimo que mientras intentamos desatar, crecemos un poco más.

*Lic. en Comunicación Social
Redacción DataRioja
13/05/2015
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