La suerte está echada

suertepequeDeshacerse de quién uno es, arrancarse la piel, la mirada y hasta el nombre si es posible. Dejar de pertenecerse. Abandonarlo todo. Y aún así volver a esos lugares comunes del cuales en realidad nunca se pudo salir, donde ser quien uno siempre fue, a veces no basta. Uno sobra, se está demás. Es entonces cuando uno debería darse cuenta que llegó el momento de retirarse de uno mismo. Irse y volver para redimirse en el relato, como lo hace María Elena Pujols en “Una suerte pequeña”, el último libro de Claudia Piñeiro (“Tuya”, “Elena sabe”, “Un comunista en calzoncillos”).

La autora, en éste, su libro más íntimo, no hace más que recordarnos, a través de un poderoso relato, la fragilidad de la condición humana, ese “yo” que se basa en las pruebas y errores del día a día. Y como siempre digo, a veces la vida tiene más errores que pruebas. Eso le sucede a la protagonista de “Una suerte pequeña”, María Elena Pujols: se equivoca. Y ahí, en ese error que comete María Elena -y que Piñeiro va deslizando el relato de una manera tan sutil hasta que hacerse carne en uno-, es donde nos encontramos de pronto a nosotros: no hay espejo más auténtico que aquel donde al señalar al otro no hacemos más que señalarnos a nosotros mismos.

Hay un personaje en particular en esta nueva novela de Piñeiro que viene a darle una mano a la protagonista de la historia: Robert, quién en un momento le dice a María Elena: “en los grandes personajes de la literatura siempre encontramos un punto, una arista, un gesto donde podemos ser ellos o ponernos en su lugar”. Y ahí, en ese lugar común, es donde nos encontramos con María Elena. Con ella y su ensayo. Con ella y su error. Con ella y nuestra condición humana. Tan frágil, tan equívoca. Porque somos humanos y podemos equivocarnos, pero también somos mortales y no tenemos que esperar que las horas se desgranen para redimirnos. Aunque el dolor esté presente, siempre ahí, crónico, omnipresente, inasible, insoportable.

Como María Elena, podemos acercarnos al abismo y tirarnos de cabeza si es necesario; aferrándonos a la amabilidad de los extraños si hace falta. Para empezar de cero. Intentar ser feliz, o aproximarse a la idea de lo que puede llegar a ser la felicidad. Aunque duela. Y para intentar ser feliz y dejar que las heridas vayan cerrando de a poco hasta convertirse en cicatrices indelebles, a veces se necesita suerte. Grande, pequeña. Suerte al fin. Ya lo decía Serrat: es caprichoso el azar y Piñeiro tiró la moneda al aire: ahora depende de nosotros darle sentido a cualquiera de las dos caras que caiga mirando al sol. Como sucede en la novela, como sucede en la vida misma: la suerte está echada.

Martín Alanís

Redacción DataRioja

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