Cuando el Pato Donald conoció a Manuel Belgrano

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Aún recuerdo el primer día de mi sobrino en el jardín. Su mirada curiosa, sus pasos sigilosos, su mano pequeña y regordeta hecha un nudo con la de mi hermana; el descubrimiento de un nuevo mundo a sus pies. Como para romper el hielo, fuimos señalando a todo aquello que ya era conocido para él: ese nene lleva una mochila del coche de carreras Rayo McQueen de Cars, aquel otro una del guardián del espacio Buzz Lightyear de Toy Story, esa nena tiene atado el pelo con unos moños de Minnie mientras que otra llevaba puestas unas zapatillas de Barbie.

Sí, a los tres años él ya reconocía cada uno de esos personajes. Y yo estaba orgulloso de la inteligencia de mi sobrino, de su capacidad de retener los nombres y pronunciarlos correctamente. Como quién cumple bien su trabajo, me regocijé pensando qué valió la pena invertir en cada regalo que le había hecho hasta entonces: prometí armarle una colección con películas infantiles, y así lo he hecho.

Una de las primeras fue El Rey León, un clásico infalible en la videoteca de un niño. En esos años me encargué de que a Heber no le falten esas caricaturas, ya sean sus héroes favoritos estampadas en una remera o la cara de Mickey Mouse dibujada en su primer monopatín. Incluso recuerdo que su primera taza tenía la cara de Winnie Pooh. Qué adorable imagen, qué abundante infancia.

Unos minutos antes de que los niños formen hilera, Heber seguía identificando otras criaturas fantásticas en las mochilas y los accesorios de sus compañeros, desde los protagonistas de La Era del Hielo hasta los de Madagascar. Y de repente, como quién mira algo insólito, se paró frente al mástil ubicado en el centro del patio y me preguntó, con toda la inocencia de ese terreno imperturbable que es la niñez, qué era eso que estaba arriba. Sonreí y le respondí: esa, Heber, es la bandera. La bandera Argentina.

Para entonces yo ejercía mi rol de ayudante de cátedra en esa preciosa materia Teorías de la Comunicación Social, y si había un libro que había leído y releído un par de veces era “Para leer al Pato Donald. Comunicación de masa y colonialismo.”. ¿De qué va este libro? Escrito por Ariel Dorfman y Armand Mattelart, se trata de un estudio minucioso de las caricaturas de Walt Disney, tomados como “textos inocentes” pero que en realidad de inocentes, no tienen ni un ápice. Este “manual de descolonización” me fascinaba porque revelaba como a través de esos “dibujos ingenuos”, había un sesgo ideológico que perpetuaba así la hegemónica manera norteamericana de entender el mundo.

Y ahí me choqué yo: contra mi propio olvido, qué golpazo fuerte es caer con peso muerto sobre tu propia ignorancia. Se me había olvidado enseñarle a mi sobrino una lección importantísima: quiénes éramos, qué significa ser argentino, qué era esa bandera que flameaba por el aire. Pero como todo golpe tiene consecuencias, es cuestión de sacudirse el polvo de la humillación propia, y seguir enseñando.

Espero que este 20 de junio, mi sobrino ya tenga una idea más acabada de todo lo que representa esa bandera, alta en el cielo como un águila guerrera. Y ojalá que también siga admirando a sus otros héroes de la infancia, esos que no hablan español pero que son doblados mágicamente en la pantalla grande. Si al fin y al cabo, del barro venimos y al barro vamos: somos una amalgama de culturas híbridas.

También recuerdo que mi sobrino le robaba un par de mates a mi mamá, a su abuela; mientras que yo, apenas lo probaba, mi estómago me exigía una gaseosa bien helada y bien imperialista. Supongo que en este choque de mundos debe uno aprender a cohabitar… ¡La cara que habrá puesto Manuel Belgrano cuando esa mañana conoció al Pato Donald!

DataRioja
16/ 06/ 2015

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