Salvemos a Charmander

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No hay peor ciego que el que tiene ojos y no quiere leer. O, en el peor de los casos, el que no puede hacerlo, como venía sucediéndome estas últimas semanas: creía que había perdido ese apetito voraz por la lectura que me mantenía de pie.

Cuando en tu agenda diaria priman otras preocupaciones, ese fuego que te mantiene vivo por dentro, se va apagando de a poco y uno se obstina a que esa pequeña llamita que arde por dentro, termine consumiéndose.

Soy como ese Pokémon tipo fuego (una esas fantásticas criaturas japonesas de ficción) llamado Charmander: esta salamandra tiene en una pequeña llama en la punta de su cola, cuya intensidad con la que arde es un indicador de su estado físico y emocional. Si la intensidad es baja, su salud está en riesgo; cuando arde con normalidad, es porque está alegre y saludable. Cuando arde con más intensidad, es porque está enfadado; y si la llama de su cola se vuelve azul es porque encontró un rival fuerte y digno de él. Si la llama desaparece o se apaga, Charmander muere.

En el borde de este último estado estuve caminando: pensaba que si no recuperaba ese apetito por la lectura con premura, iba a morirme. Así de fatalista podemos ser los lectores empedernidos que consideramos un día sin leer, un día totalmente perdido. Tenía el estómago cerrado: no podía digerir ninguna novela. Pensé que “El amante japonés”, el último libro de Isabel Allende me ayudaría a sobreponerme y mientras más avanzaba con esta historia, más tumbos daba con mi propia frustración. Un círculo vicioso. También intenté con “El largo adiós” de Raymond Chandler y en los primeros capítulos logró cautivarme, pero a medida que me adentraba en esta novela negra, mi capacidad para concentrarme disminuía: pasaba una mosca volando y mis ojos la seguían con total despreocupación de lo que estaba leyendo. Qué fastidio tener que releer un párrafo por distraído. La misma mala suerte corrió “1984”, esa fabulosa distopía de George Orwell, que quería releer… Pero nada. De nuevo, las moscas que distraen. Otro intento frustrado que se acumula sobre los otros. La llama que se apaga lentamente.

Entonces busqué desesperado entre mi biblioteca algo que me ayude a salir de esta oscuridad, como quién rasguña la pared esperando que se filtre la luz del día e ilumine todo. Ay, esa claridad para entender el mundo desde otro lugar que nos dan los libros, cómo la extrañaba, cómo la necesitaba. Atribuyo esta falta de apetito a esas burocracias ridículas a las que nos somete la sociedad y a la cual estuve expuesto debido a que estoy en plena época de cambio de departamento: que hay que presentar este papel, que hay que enviar este certificado en cuánto antes, que tiene que tener la firma de fulano y el sello de mengano, que lo esperamos urgente, ahora hay que pagar este monto total… Dios mío, qué desgaste: imposible no despertarte malhumorado y con un bruxismo que te consume los dientes. La vida es puro trámite, es pura burocracia. Un papeleo interminable. Y yo quería volver a los papeles, pero a esos que te cuentan una historia capaz de sacarte de la mediocridad de esa burocracia de nunca acabar.

Como un manotazo de agua, saqué de mi biblioteca uno de esos libros de bolsillo con cuentos cortos, regalo que me hizo mi papá cuando tenía 13 años. Es una colección preciosa de clásicos de la ciencia ficción y del género fantástico: Jack London, Conan Doyle, H. G. Wells, Ray Bradbury, entre otros maestros. La llama volvió a arder, a recuperarse, a sanar. Ya lo dice Rosa Montero en uno de sus artículos: “los microrrelatos son eso, una aspirina, un omeprazol, una pastilla de miel y limón para chupar aplicadamente cuando te raspa un poco la garganta”.  Entonces cada mañana, y hasta recuperar por completo ese apetito, busco entre estos breves cuentos, la leña que alimenta el fuego de este fuego que necesito, como Charmander, para seguir viviendo.

DataRioja – 08/07/2015

*Lic. en Comunicación Social

Twitter: @TinoPop_

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