La amante chilena

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Todo empieza por la infancia, ese lugar al cual nunca vamos a poder volver pero que tampoco vamos a poder salir. Cuando de niños imitamos todo lo que los grandes hacen, empezamos a formar nuestro pensamiento simbólico: jugamos a ser grandes, queremos simular esos roles. Fantasear qué pasaría como si fuese algo que no soy. En la imitación, vamos adquiriendo algunas costumbres que se hacen indelebles en la piel. La mía fue, por supuesto, imitar el hábito de lectura de mis padres.  Criado en dos casas donde los libros parecían desprenderse de las paredes, cultivar el vicio por la lectura era fatalmente inexorable. De niño, los primeros autores que llegaron a mis manos fueron por Isabel Allende y Sidney Sheldon, escritores que descasaban en la mesa de luz de mi mamá. Aún recuerdo esas noches de verano en Malanzán, cuando antes de dormir, solía devorarme esos thrillers adictivos de Sheldon, como “El extrangulador” o “Persecusión”. Me ponían al filo de los nervios.

De Isabel no recuerdo con exactitud qué fue lo primero que leí de ella, pero si de algo estoy seguro es que su cuento corto “Dos palabras” –incluido en “Cuentos de Eva Luna”- me fascinó. A medida que iba creciendo, otros escritores iban llegando a mi vida. Y en el medio, siempre presente, Isabel. Como cuando mi padre me regaló al cumplir trece años, “La ciudad de las bestias” con una dedicatoria que guardo solo para mí. Tengo la costumbre, de vez en cuando, antes de cumplir años, de releer esta historia. Luego llegaron otros autores, otras historias. Y se lograba inmiscuir, nuevamente, Isabel por el medio: así fue cómo, por ejemplo, me conquistó con otros relatos: la tristísima historia de “Paula”, la mágica novela “La casa de los espíritus”, la tremendísima “Inés del alma mía”, por mencionar algunos. Pero así como lograba filtrarse por mis fibras más íntimas, también vinieron un par de decepciones como “El cuaderno de Maya” o “El juego de Ripper”. Qué fastidio cuando un  autor te decepciona, cuando no lo sentís auténtico, cuando sus historias tienen ese sabor a prefabricado. Cuando desde el primer párrafo sabés que el interés comercial pudo más que la inspiración. Por suerte, te topás en el camino con otros narradores que te distraen, te enamoran, te embelesan con sus particulares formas de contarte una historia. Y decís para vos mismo: ¡Sí, por fin! ¡Esto es lo que necesitaba leer!

Y  de pronto, de nuevo Allende. Como un matrimonio abandonado a la resignación de continuar por inercia, compré no muy convencido “El amante japonés” –la última y nueva novela de ella- y al principio fue, oh no, otra vez no Isabel, por qué me hacés esto, no me estás atrapando, ya voy por la mitad del libro y siento que caí en tu trampa de nuevo, qué le voy a hacer, voy a tener que terminar de leerlo, y bueno, una página más, bueno, una más y ya está, y ahora, un capítulo más, sí, sí, ¡esto es! ¿a dónde me estás llevando? ¡Sí, Isabel! La segunda parte retomaste vuelo y me estás envolviendo de nuevo con tus palabras, y ahí, ya promediando el final, me volví a enamorar de vos, Isabel. Qué buen final el de “El amante japonés”, qué buena nueva reencontrarme con vos de esta manera. Supongo que la vida se trata un poco de esto, de saber que no siempre vamos a leer lo que queremos leer. Acostumbrarnos a que los amores que matan, nunca mueren. Confiarnos de lleno al tiempo, el mejor y peor consejo que alguien te puede dar, cuando estás esperando que algo a tu favor suceda. Y con este libro, por fortuna, sucedió. Supongo que como los protagonistas de “El amante japonés”, Alma e Ichimei, mi relación con Isabel será una larga espera sin condiciones para no sucumbir en lamentables decepciones. Así que me siento y espero a que los años venideros, las nuevas historias de mi amante chilena…

DataRioja

Texto: Martín Alanís

Lic. en Comunicación Social

29/07/2015

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