Sé lo que vendrá

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Se para bajo el marco de la puerta que divide su monoambiente en dos falsos pequeños, minúsculos ambientes. De un lado, donde pasa la mayor parte de su tiempo, la cama, la biblioteca, el juego de living, el televisor. Del otro, lo que se ha convertido con el paso de tiempo en un depósito imposible de habitar: la heladera, el placard con toda su ropa, un par de cajas, cosas inservibles. Tenía que mudarse, que abandonar ese departamento e irse a otro. Entonces se pregunta una y otra vez: qué llevo, qué tiro, qué dono, qué me sirve para mi nuevo hogar. ¿Y éste, fue alguna vez realmente “mi hogar”? ¿Lo será el siguiente? Le hubiese gustado tener la varita de Merlín para empacar todo al ritmo de una cancioncilla de Disney, o por lo menos que Mary Poppins llegue volando por la ventana y le ayude a acomodar todo. Pero no, no tiene esa cuota de magia. Los libros en bolsos, la ropa en bolsas, papeles que pensó podían ser importantes, pequeños objetos que no sabe con exactitud qué son pero que igualmente los guardó en una caja dentro de una caja por las dudas. Los humanos somos cajas chinas, piensa. ¿Cuántas cosas que guardamos “por las dudas”? Lo fatiga empacar hasta que finalmente lo logra. Resta que el flete cargue todo y lo lleve al nuevo departamento, mucho más nuevo, mucho más grande que éste. Mientras esperaba que el fletero haga su tarea, él repasaba con sus manos las paredes de ese lugar qué había sido su refugio durante sus últimos dos años, y volvía esa pregunta a su mente: “¿fue, éste, realmente mi hogar?” Cómo cuesta desarrollar el sentido de pertenencia sabiendo que desde el principio, hay una base efímera que es ajena a nosotros. Mudarse, pensó, es justamente esto: reconocerse en los recuerdos del lugar del cuál nos estamos yendo pero que no vamos a poder abandonar jamás, hay pedazos de nuestra vida en cada rincón vacío, en cada silencio. Mudarse es repasarse, abandonar una piel prestada a medida que arrancamos el empapelado de una pared. Se dirige al baño y es entonces cuando me ve. Y es entonces cuando me veo. ¿Es él el que me deja? ¿O soy yo el que me voy? ¿Qué le digo a esta identidad confundida que no hay que aferrarse a estos no-lugares contemporáneos? ¿Cómo le explico que acá se escribieron un par de historias que quedan flotando en el vacío como un eco, pero que a la vez, son indelebles a uno? ¿Cómo me lo explico? Esa zona gris, la incertidumbre. Entonces lo dejo a él del otro lado del espejo, y miro una vez más este lugar. Todo vacío, como el primer día. Pero éste es el último. Mi último día, acá. Entonces cierro las ventanas, apago las luces, cierro la puerta con llave. Y me alejo. Mientras bajo por el ascensor lo escucho gritando mi nombre del otro lado de la puerta. Algo de mí quedó ahí, pero yo no puedo volver. Porque ya sé lo que vendrá.

DataRioja

22/07/2015

*Lic. en Comunicación Social

Twitter: @TinoPop_

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