¡Gracias Videla!

Entre risas y pizzas, J. me confesó el día que gritó por la calle Sáez Peña, en la época de los milicos: “¡Gracias Videla!”. Cuando sus palabras hicieron eco en la pizzería, sacadas totalmente de contexto, más de un curioso se dio vuelta para ver qué carajo estaba sucediendo en la mesa que estábamos compartiendo con J. ¿Qué celebra esa mujer, de casi 80 años, con ese pibe de unos 20 y pico? ¿En qué cabeza se le ocurre gritar semejante barbaridad en un lugar público y en plena democracia?

Los curiosos, los que agarraron solamente las palabras que J. vociferó sin importarle un comino si alguien no estaba oyendo, se quedaron pasmados. Habrán pensado que la mujer se había vuelto loca recordando algo de esa infame época, o que la pizza de espinaca y queso que compartía conmigo, tenía algún ingrediente que la hizo delirar. Lo que no escucharon todos esos fisgones, es la historia previa a ese remate.

Contaba J. que en la época de los militares, ella salió de su trabajo con dirección a la casa de su tía -si mal no recuerdo me dijo que quedaba en el barrio porteño de Monserrat-. En la tensión que se respiraba en el aire nocturno de esos días, J. aceleró el paso al sentir que una sombra le mordía los talones. Desde que se bajó del subte, un hombre la venía persiguiendo. El degenerado la arrinconó sobre la calle Sáez Peña -sinceramente no recuerdo si J. me dijo la altura-, queriendo abusar de ella en un rincón oscuro. “Se sacó el ‘coso’ y me tapó la boca para que no gritara” me contó. Pero una luz se abrió paso en la oscuridad de la noche: eran los camiones de los milicos.

Ante la inesperada interrupción de esa luz, el violador frustrado se fugó. “¡Gracias Videla!” gritó irónicamente y luego corrió hasta el camión donde pidió ayuda a uno de los oficiales. Les contó lo sucedido y les indicó por dónde se había fugado el desgraciado. Pero el oficial de turno le dijo “no moleste señorita, estamos en medio de un operativo… Vaya caminando por medio de la calle, que nosotros la vigilamos desde acá”. Entonces, J. -que en ese entonces era una piba que caminaba con miedo a ser borrada del mapa por otras cuestiones- se vio obligada a llegar a la casa de su tía caminando por medio de la calle Sáez Peña, iluminada solo por los vehículos de los militares.

Al llegar a lo de su tía, le contó lo sucedido y creo que me confesó que nadie le había creído. Mientras terminaba su relato, sus ojos se perdieron en la nada. En esa mirada, parecía entrar toda la tristeza del mundo. A mí me quedó su frase “¡Gracias Videla!”, dibujando una media sonrisa, irónica, en la cara. Uno nunca sabe cuándo hay que agradecerle a un hijo de puta.

*Lic. en Comunicación Social

Twitter: @TinoPop_

Blog: https://unlectorenboxers.wordpress.com

Data Rioja

05/08/2015notas_imagenes_85966_64473

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