Unos cursis irremediables

Siempre me han molestado los clichés a la hora de escribir para suscitar una emoción, despertar la falsa originalidad del reconocimiento en lo mil veces repetido y caer en ese grupo de personas que algún día se van a morir de obviedad. A lo que voy es que estoy cansado de los que encuentran inigualable el olor del pasto recién cortado o el de un libro nuevo. Y ni hablar de los que adjetivan de hermoso todo aquello relacionado con un atardecer. Es, incluso, empalagoso. A la hora de escribir, siempre trato de buscar alguna metáfora que se despegue de esa cursilería, evito eufemismos y digo lo que tengo que decir.

Y hasta estos días, esta postura se mantenía firme como rulo de estatua. Inapelable, indiscutible. No admití nunca textos melosos, y es muy fácil darse cuenta cuando un autor, más que escritor, es un farsante. Pero la vida es una rueda y se rige por leyes inexplicables, misteriosas: ya lo vaticinaba la Teoría del Caos en esa frase formidable: “El aleteo de una mariposa puede causar un tifón en algún lugar del mundo”. Todo lo que va, vuelve en algún momento. Inexorablemente, los humanos solemos caer en nuestras propias trampas.

Luego de pasar unos días en La Rioja, me subí al micro de vuelta a Buenos Aires y me puse a leer, para no perder la costumbre, el fabuloso libro de Rosa Montero, “Historias de mujeres” hasta que el ronroneo del colectivo, empezó a adormecerme. Las luces riojanas se iban apagando, nos esperaba la larga noche, los kilómetros bañados por la luz de la luna. Cerré el libro. Saqué mis auriculares y puse una canción. “Quando l’amore diventa poesia” de Il Volo. Corrí las cortinas un poco para observar las montañas que iba dejando atrás. Dejaba La Rioja, pero en mis oídos sonaba música italiana. Y tras el vidrio de la ventana, la tarde caía con todo el peso del mundo.

Era una imagen cinematográfica, me hubiese gustado captar ese momento para siempre pero ya se sabe que no lo más hábil con la fotografía. Lo mío es esto, ordenar el caos de mi propia existencia a través de las palabras. Esa tarde, ese sol que se apagaba, las montañas obstruccionistas, todo eso, no lo puedo escribir. Y ese debe ser el mayor caos para un escritorio: no poder ir más allá de comparar la belleza con la de un atardecer perfecto. Un instante, un pedacito de ese cielo naranja. Lentamente, a medida que la noche empezaba a revelarse con toda su inmensidad, yo me iba sumiendo en un cliché.

No es mi intención contarles toda la vida de una de las protagonistas de estos ensayos maravillosos de Montero, pero el final del texto sobre Agatha Christie, dice Montero: “Tal vez todos llevemos dentro a nuestro propio perseguidor; tal vez termine siempre por atraparnos; tal vez conocer esto, y no asustarse, sea el secreto mismo de la existencia.” De esto se trataba entonces, me dije. De dejarse atrapar por la existencia, de no asustarse, de sacudirse un poco los prejuicios -los propios y los ajenos-, y disfrutar, aunque sea por unos minutos, de nuestros propios clichés. Los humanos somos por naturaleza unos cursis irremediables. Y yo no soy excepción a esta regla.

*Lic. en Comunicación Social

Twitter: @TinoPop_

Blog: http://unlectorenboxers.wordpress.com

Redacción DataRioja

30/09/2015

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