Ya eyaculé

La apoteosis del egoísmo humano, arder en la soledad del éxtasis, morir y volver a nacer en los brazos del otro.

Un temblor te sacude las piernas, el cuerpo parece desvanecerse y, tras el disparo, el mundo es enteramente de uno, por un instante mínimo, nimio, fugaz. Eso es acabar: la apoteosis del egoísmo humano, arder en la soledad del éxtasis, morir y volver a nacer en los brazos del otro, enredado en las piernas; no saber dónde empieza uno y empieza el otro. No sé cuánto se ha escrito sobre esto (no sobre sexo, ya que abundan las novelas best-sellers que se parecen a guiones de películas porno de bajo presupuesto), sino sobre el hecho de acabar, eyacular o como sea que ustedes les digan. Pero a mí se me ha puesto escribir sobre esto tras leer dos párrafos contundentes y lúcidos sobre lo que significa el hecho de “acabar”: uno pertenece a la escritora española Rosa Montero y el otro al estadounidense Paul Auster.

En “Estampas bostonianas y otros viajes”, Rosa Montero hace una diferencia en el modo cotidiano que tienen los yankees de los españoles para referirse al orgasmo. En España se utiliza el reflexivo “irse”: se dice “me voy”. En Estados Unidos es justamente lo contrario, se emplea “to come”, “venir”: se dice “I am coming”, “estoy viniendo”. En el irse está implícita la lejanía, la separación, el aislamiento: un abismo de soledad en la culminación del sexo. En el venir hay mucha más ternura, anota Montero, “un deseo de entrañarse en el otro, la apoteosis del reencuentro”. Y nosotros que toda la vida le dijimos “acabar”: la crónica de un final anunciado, el punto final del acto sexual, el mundo en tus manos, la ceguera voluntaria, el dejarse llevar: somos presos de esa agonía placentera.

De un lado más paternal, en ese impresionante y bestial libro “La invención de la soledad”, Paul Auster dice cada eyaculación contiene miles de millones de espermatozoides –o más o menos la cantidad equivalente al número de habitantes del planeta- y eso significa que “cada hombre guarda en sí mismo el potencial de un mundo entero” y, por ende, “se encuentra toda la gama de posibilidades: las semillas de idiotas y genios, de bellos y deformados, de santos, catatónicos, ladrones, corredores de bolsa y equilibristas”. Cada hombre, por lo tanto, es un mundo entero y alberga en sus propios genes un decálogo de toda la humanidad. Eso es, somos dueños de tanta vida y a su vez, de tanta muerte; de alguna forma artífices del azar genético (Mendel resucita y lee esto para volverse a morir).

Así que queridos lectores y lectoras, la próxima vez que vayan a eyacular o a llegar al orgasmo, sepan que hay un universo entero que estamos dejando entregado al vacío. Y no, este no es un texto clínico, ni psicoanalítico ni mucho menos sobre educación sexual o un ensayo literario sobre la eyaculación. Tampoco les pido que en medio de la cuestión, citen a Auster o Montero: esto puede llevar a espantar a sus parejas. Pero deténganse por un segundo y piensen que cuando acabamos estamos atrapados en un torbellino interno de puro goce que dura segundos pero que nos puede dejar temblando las piernas un día entero.

Este texto acaba aquí.

 

*Lic. en Comunicación Social

DataRioja

04/11/2015

 

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