Puro estremecimiento

A Alicia y Demian, por estremecerme.

Cuando leí por primera vez “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez le dije a mi viejo que había aprendido a leer de nuevo con este libro, cuando llegué al final de “La ridícula idea de no volver a verte” de Rosa Montero, la muerte se me reveló de una manera sana y natural, para entender este paréntesis que es nuestra existencia y el universo que habita en él; tras leer “Las horas” de Michael Cunningham quise aferrarme a lo invisible, a eso sin nombre que se va con el tiempo y entender la incertidumbre que me queda. Cuando leo cualquier cuento de Jorge Luis Borges o tan una frase de Virginia Woolf, me dan unas ganas terribles de no escribir más, de retirarme de este oficio, porque pienso que no hay quienes hayan logrado superar esa estética tan profunda, tan completa, tan humana como lo hicieron ellos.

 

Escribo esto a unos veinte minutos de haber leído por primera vez “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago. Una obra que estremece. Y no hablo solamente de la pluma delicada y, a su vez, feroz del autor para describir una distopía tan viva, de cómo explota los recursos narrativos para envolvernos en una historia que te conmueve por donde, irónicamente, la mires. Este libro no es más que un espejo de lo que somos, los ciegos que vemos sin mirar. Ciegos de envidia, ciegos de ambición, ciegos de celos, ciegos de odio, ciegos de amor. No hay ciegos, solo hay cegueras: la peor enfermedad que puede padecer la raza humana.

 

Esto que les cuento es íntimo, y a la vez creo, universal. No es la primera vez que me pasa. Eso de querer acabar un libro, y a su vez, desear que no llegue el final. Prolongar la sensación de felicidad aún sabiendo que lo que viene después puede ser pura angustia. Saber que después de la última hoja del libro que terminamos de leer, hay un abismo que nos separa con el resto del mundo. Es como si nadie nos pudiese entender si no leyó lo que nuestros ojos leyeron. Esta tarea ambigua, ingrata y feliz, de terminar un libro que es capaz de estremecerte, de no soltarte, de elegirte, de capturarte entre sus palabras, no se repite todos los días, y cuando sucede, ese momento, ese día, esa hora, se vuelve inolvidable. Esto me pasó con “Ensayo sobre la ceguera” hace un rato. No lo veo, pero lo siento. Puro estremecimiento.​

 

*Lic. en Comunicación Social

Redacción DataRioja

25/11/2015

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