En la orilla de mi cama

notas_imagenes_81904_42286

La primera botella se desliza de una esquina del balcón al otro, rueda dejando en la noche un sonido hueco, un eco vacío. Me levanto, me acerco a la ventana y estiro una mano para agarrarla hasta que lo consigo. Dejo el vacío del lado de adentro, queda la botella contemplando la misma lluvia que me acaba de besar el brazo con sus primeras gotas; el cielo brama, relampaguea, parece que en cualquier momento se deshace en pedazos. Yo vuelvo a la cama y antes de intentar dormirme de nuevo, veo la hora: 3.43. Mañana no me levanta nadie, pienso. Y eso es todo lo que puedo pensar, hundiendo la cara en la almohada como si buceara en ella en búsqueda del sueño perdido. Afuera el cielo sigue quejándose, el viento sigue haciendo olas entre los edificios de Palermo. Asumo será así en todo Buenos Aires, pero no tengo registro de ello.

El sueño no vence, el viento sí; cierro los ojos y me ordeno a mí mismo: Dormite. Pero no puedo, porque una segunda botella imita el movimiento de la primera, empujada de un lado al otro por el viento. Maldije el momento en que pensé que guardar los vacíos de gaseosa en el balcón sería una buena idea; ahora el viento jugaba al bowling con ellos en plena noche, en plena tormenta. Trato de ignorar el ruido de esta segunda botella que con su ir y venir, se une al sonido coral de esas gotas pesadas que dan de lleno con la baranda del balcón, al sonido de los neumáticos que circulan sobre las calles mojadas. Repito la acción: me destapo, voy hasta el balcón y estiro la mano hasta alcanzar la segunda botella que metía ruido. La dejo del lado de la ventana, al lado de la primera. Quedaron las dos botellas contemplando, a través del vidrio mojado cómo se baña Palermo a la madrugada.

Vuelvo a la cama, ya son más de las 4. Cierro los ojos con fuerza, pero es inútil. Ya no puedo volverme a dormir. Los truenos insisten en interrumpir la calma que por ratos parece asomar, pero la tormenta no la deja, la tormenta no se cesa. Por suerte el viento no logró voltear otra botella más. Doy un par de vueltas más en la cama pero es imposible; por cada trueno que le ladra a los edificios, yo me despabilo aún más. Agarro el celular y abro un bloc de notas, donde escribo esta primera oración: “La primera botella se desliza de una esquina del balcón al otro, rueda dejando en la noche un sonido hueco, un eco vacío”. El cielo vuelve a bramar, pero esta vez parecería hacerlo enojado. Muy enojado. La densidad de la lluvia aumenta, los relámpagos parecieran sacarle fotos a los edificios. Primeros planos. Mi departamento se llena de luz por un instante, y luego vuelve a inundarse de sombra.

Acá, desde la trinchera de mis sábanas, sigo escribiendo. Porque en noches como estas, como en otras similares que ya pasaron o que vendrán, escribir es todo lo que tengo. Para llamar al sueño y burlar al insomnio, para hacer borradores de mi vida en plena madrugada, descartarlos y volver a crear unos nuevos -como si el insomnio fuese el gran ensayo de las horas-, para encontrar maneras de llenar estos silencios sin romperlos como dice Paul Auster, para saber que dónde hay un vacío, lo puedo habitar con palabras; para navegar entre los pliegues de estas sábanas, en esta noche de tormenta y como un náufrago del sueño aferrarme a la orilla de mi cama. Aun cuando hasta la propia noche parece desvelarse, aun cuando la tormenta no da señales de tregua, aun cuando hay tempestad de silencios.

 

Redacción DataRioja – 16/12/2015

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s