Bravura

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Sean inmensos. Sean pequeños. Desaparezcan si hace falta, siempre y cuando tengan intenciones de volver a ustedes mismos de la mejor manera posible. Y si no es la mejor, aunque sea diferente.

No olviden agradecer lo bueno, lo malo y lo que pudo ser: a veces tropezar con piedras es la única forma de llegar al mar.

Sean amigos íntimos, sean compañeros, sean cómplices. Deseen a más no poder, apaguen la necesidad. Sean lo que tengan que ser. Pero sean.

Habiten sus propios vacíos, no los llenen porque sí. Búsquense, encuéntrense y vuélvanse a perder. Hagan lo que tengan que hacer pero por nada del mundo se queden quietos.

No se manejen por códigos, relaciónense con valores.

Besen a sus abuelas, escuchen a sus padres, aprendan de sus hijos y sobrinos.

Amen sin la necesidad de ser amados. No vivan buscando el amor, pero si lo encuentran mueran por él. Amar transforma.

Pongan sus pies sobre el suelo. Y que ese suelo sea el cielo.

Quieran. Ni de más, ni de menos. No se limiten: vuelen hasta donde les den las alas.

No den besos por necesidad. No pierdan besos por no saber decir “te necesito”.

Estudien y rindan: ríndanse solo si dejan de disfrutar lo que estudian. No se dejen llevar por un número. Al final del día recuerden que hay muchos profesionales sin títulos, y más, y peor: títulos sin profesionales. No sean uno de ellos. No persigan la mediocridad de ganar plata.

Que nada los defina. Si se definen, se limitan.

Abracen las ilusiones, propias y ajenas, con cuidado: son frágiles. No miren el reloj, tampoco pidan tiempo: dejen que el tiempo los atraviese.

Bailen aún sin saber bailar, canten aunque desafinen, abandonen ese libro que no les gusta y agarren otro. Lean lo que quieran leer, pero lean. No se obliguen, no den explicaciones.

Permítanse cantar a gritos una balada de Franco De Vita. Miren Tinelli y descostíllense de risa. Inspírense con el piano de Philip Glass. Luego lean un poema de Borges o un cuento de Hebe Uhart. No sean snobs.

Viajen. Hagan terapia. Cocinen. No se dejen morder los talones por la rutina.

Sean empáticos: ocupen el lugar del otro para entenderlo. Escuchen. Aunque duela.

Persigan sus sueños y purguen sus pesadillas: hablen hasta que la lengua encuentre las palabras indicadas para ponerle nombre a eso que no los deja en paz. Luego, reciban el silencio en paz.

Escuchen “Fue tan bueno” de La Franela y lloren hasta que el cuerpo deje de temblar. No, llorar no soluciona nada, pero alivia. Por lo menos, alivia.

Rían hasta llorar. Lloren hasta volver a reír. Toquen fondo y permanezcan en él el tiempo que sea necesario. Abracen al desconocido en el que se convirtieron, porque puede ser lo único que tengan en ese momento.

Sean dramáticos, sean cómicos. Sean lo que tengan que ser pero sean auténticos con lo que sientan en el momento.

Regalen libros, dediquen canciones. Sepan regalar historias. Sepan recibirlas con las manos dispuestas. Sean receptivos.

Apuesten todo, incluso hasta lo que no tengan. Den todo lo que tengan para dar hasta quedar sin nada. Sin mentiras, sin prejuicios, sin miedos. Ganen o pierdan, nadie les quitará la bravura de hacer las cosas de corazón, porque si hacen las cosas de corazón van a llegar al corazón del otro.

Y si no llegan, por lo menos lo intentaron: van a poder mirar al otro desde otro lugar.

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