Te toca escribir sobre las fiestas

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Te toca escribir sobre las fiestas, me pide mi jefe. ¿Qué fiestas?, pregunto sabiendo perfectamente a qué fiestas se refería. Las de diciembre, Año Nuevo y Navidad. Navidad y Año nuevo, le corrijo. Es lo mismo. No, no es lo mismo; primero es Navidad y después Año Nuevo. Bueno, te las dije por orden alfabético, ¿vas a querer escribir la nota o no? Si no se la asigno a otro. Ya fue, si no me queda otra, la agarro yo. Si no querés escribir la nota sobre las fiestas, podés agarrar el caso de la asesina de pollos. ¿Cuál? ¿El caso que tomó Ruarte? Sí, ese mismo. ¡Me jodés! No, no te jodo. Pero no puedo arrancar diciembre escribiendo sobre una vieja lunática que sospecha que su vecina es la asesina de sus pollos. Es un caso hermoso, Alanís; te doy para elegir: o las fiestas o la presunta asesina de pollos. Y… mucho margen para elegir no tengo, ya veo qué chamuyo sobre las fiestas. ¡Esa es la actitud que busco en los empleados de este diario! Mañana a primera hora quiero la nota sobre mi escritorio. Ya es hora de que empiece a usar más el mail. jefe. No nene, yo soy de la vieja escuela: más calle que Google, más libretita que BlackBerry, más face to face que Facebook. Bueno, ya, ya… ya entendí. Entonces, ¿te quedás con la nota, no? Sí, otra no me queda, le respondo. Y él, antes de cerrar la puerta de la Redacción, me sonríe y me responde: Sí, te queda el caso de la asesina serial de pollos. Cierra la puerta y se escucha una carcajada resonando por los pasillos del diario. Sería un locura perder el trabajo antes de fin año; pero cómo me gustaría mandarlo a cagar: a él, a mi jefe y a su vieja escuela, a las fiestas, y también a la presunta asesina de pollos.

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A Alanís, el único que lo recibe cuando llega a su casa es el silencio. Hay una pava descansando sobre una de las hornallas de la cocina. A lo mejor es el momento de aprender a tomar mate, piensa. Pero últimamente se dispuso a dejar de engañarse tanto (resignó empezar cada lunes el gimnasio, abandonó por completo la lectura de Dostoievski, empezó a decir más lo que pensaba pero también a pensar menos lo que decía). En cierto punto, perdió un par de filtros. Cada vez se sentía más liviano, pero él sabía que eso también era porque también estaba cada vez más vacío. Por momentos, flotaba como una burbuja en el aire; como una nota musical suspendida en el tiempo. Miró de nuevo la pava sobre la hornalla e inmediatamente pensó en Ella, porque el acto de tomar mate en la cocina estaba ligado irremediablemente a Ella. Pero Ella ya no estaba, solo quedó su pava. Su pava estaba como él, vacía, llena de nada. No, no era el día indicado para empezar a tomar mates, se dijo a sí mismo. Ni hoy, ni nunca. Abrió la heladera y sacó una Coca-Cola. Estaba fresca pero como a él le gusta tomarla helada, sacó un par de cubeteras para volcar en el vaso unos cubitos de hielo. Luego se tiró en el sillón pero le dio paja estirarse para agarrar el control del tele. Entonces se puso a maquinar, a pensar cómo y de qué manera iba a encarar la nota de las fiestas. ¿Cómo carajo se escribe sobre lo que uno hace rato dejó de sentir? Felices fiestas para todos. Para todos, menos para él. Dejaron de ser felices, desde que Ella ya no está.

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Encima no sabés, me encargaron escribir una nota sobre las fiestas. Sí, para las fiestas. Justo a mí, que me encanta hablar sobre eso. Un bajón. Pero bueno, es el laburo y me tengo que ganar el pan nuestro de cada día. No, no tengo idea de cómo voy a empezar la nota. Tampoco tengo idea de qué voy a hablar, no quiero caer en los lugares comunes en la que caen todas esas columnas, tipo: “cómo poner en la balanza los momentos vividos en este año”, “cómo plantear objetivos para el año que viene y cumplirlos sin morir en el intento”, “cómo abrazar a nuestros seres queridos para renovar nuestra paz interior” y toda esa mierda. Sí, de esos tópicos tengo miles y podría escribir cualquier cosa, y de un tirón eh. Mandaría cualquier saraza y ya está. Sí, ya sé que me la puedo sacar de encima pero vos sos mi hermana, vos me conocés: no escribo cosas que no siento. ¿La nota del travesti? Ah, pero eso fue hace mil y no tenía que sentirla tanto, me divertí escribiéndola. Me cagué de risa a redactando esa nota, parecía la idea para un guión de una película de Almodóvar: “La reconocida travesti canceló su compromiso con su novio por maltrato pero confirmó, a través de este medio, a todos sus invitados que la fiesta de bodas seguía en pie porque ya tenía comprado los sándwiches de miga y la gaseosa”. Sí, sublime. Ni me hablés, las cosas que tuve que escribir. ¿Vos ya sabés dónde vas a pasar las fiestas? Sí, igual es rarísimo… Ahá, sí. Por eso te digo. Yo también la extraño, Marita. Che, hermanita, te tengo que cortar. Estoy muerto y quiero ver si sueño alguna idea para escribir mañana a primera hora. De última escribo cualquier cosa ahora y ya me saco de encima esta nota del orto. Dale, hablamos mañana. Yo también. Besos al gordo.

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Para mí no es fácil hablar de las fiestas. No solo porque temo caer en algún lugar común, sino porque cada año yo siempre pasé las fiestas de una manera distinta. Y sí, yo a las fiestas las pasaba, no las celebraba. Como un enfermo que pasa una pastilla con agua: me tenía que tragar las fiestas. Navidad con mamá, Año nuevo con papá. Y al año siguiente, en lugar de alternar el orden, se repetía el mismo patrón: Navidad con mamá, Año nuevo con papá. Y así siempre hasta que Ella se enfermó: a partir de ahí fue Navidad y Año nuevo con papá. Para mi vieja es re importante la Navidad: pasar la Noche Buena con ella es saber que después de las 12, se vienen los villancicos y un par de oraciones mirando fijo el pesebre. También hay aguantar algún pariente llorar por alguien que ya no está. Pero yo no lloro. No porque no quiera, sino porque no puedo. Porque me gustaría llorar por Ella, pero no me nace. O no me sale. (¿Las lágrimas nacen o salen?) Ni en Navidad, ni Año nuevo, ni en cualquier otro día. Que con mi hermana pasemos las dos fiestas con mi viejo, a mi mamá no le jode. Entiende en qué lugar estamos. Con papá, las fiestas son diferentes: Año nuevo supone una renovación de calendario que en realidad no nos afecta mucho, sobre todo porque desde que todos trabajamos (mi viejo, mi hermana y yo), las vacaciones adquieren otro tipo de peso en nuestra rutina que, por ejemplo, para mi sobrino, mi gordo. Yo me acuerdo que cuando era niño pensaba que tenía un año de clases y otro de vacaciones. Terrible decepción cuando me enteré que solo teníamos dos meses de vacaciones; ahí creo que mi infancia se rompió para siempre. Entonces, cuando es época de Papá Noel y los Reyes Magos, evito hacer humor negro sobre las fiestas porque la infancia de mi sobrino sigue intacta. No está rota, como la mía. Mientras él siga creyendo en la magia de esos días, está todo bien. Si él cree, yo celebro. Mi viejo, mi hermana y yo ya conocemos los trucos de memoria para engañarlo y armamos todo un plan estratégico para distraer a mi sobrino con chasquibum y estrellitas para dejar los regalos bajo el árbol de Navidad mientras él está en otra. La cara de sorpresa del gordo cuando ve los paquetes envueltos en coloridos forros es indescriptible. Su alegría es indescriptible, no se puede reducir a su mirada, a su sonrisa. A sus ganas de vivir. La cena, ya sea la de Año Nuevo o Navidad, sigue su ritual: papá agarra un libro de Borges de la biblioteca y nos recita algún poema de sus ‘Obras Completas’. Con mi hermana lo escuchamos atentos, y yo por dentro pienso en cómo estamos, y se me viene a la cabeza ese otro poema de Benedetti que dice que estamos rotos. Rotos pero enteros. Como mi hermana y como yo, sé que mi viejo también la extraña a Ella: lo noto en sus ojos a las doce cuando explotan en el cielo los fuegos artificiales.

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Fiesta para mí era llegar a casa y encontrarte, sentada, perdida pero firme en tu propio mundo, ese mundo al que me dejabas acceder de vez en cuando. Llegar a casa, entrar la moto en el garage y tocar bocina para asustarte. Que me grites: “¡Chino atrevido!” y que te alegres porque ya estoy de regreso, aunque nunca te hayas dado cuenta que me fui por la mañana. Esa era una fiesta para mí. Fiesta feliz también era decirte: ¡Aprobé, abuela, aprobé otro examen final! ¡La puta madre! Y vos te alegrabas y me sonreías y yo me agachaba midiendo mi euforia: levantaba tus brazos despacio para que no te duelan y, antes de apoyar mi cabeza sobre tu regazo, te aplastaba los labios en el cachete de un beso. No me importaban las migas en tu pollera, ni que las ruedas de la silla me pinchen las costillas. Vos festejabas feliz conmigo, me preguntabas por enésima vez si yo estudiaba periodismo. Y yo te contestaba Sí, abuela. Yo estudio periodismo. Porque comunicación social ea mucho para Ella. Y no para Ella en sí, sino para la Otra, esa que la traicionó: su memoria, esa que se solo se podía acordar que yo estudiaba periodismo y no comunicación social. Esa que podía acordar que me llamo Martín, o en el peor de los casos, Carlos como viejo. ¿Y te falta mucho para recibirte? No, abuela, cada vez me falta poco. Ay, mirá chica, le decías a Graciela, aprobó otra materia. ¿Cuánto te sacaste? Un 9 abuela, un 9. Y vos volvías a pegar esos gritos diminutos y sonrías, y cuando vos sonreías, a mí me sonreía el mundo entero. Esa era un fiesta feliz. Vamos a celebrarlo entonces, me decías. Y Graciela, después de saludarme y felicitarme, terminaba de poner la mesa y nos servía las milanesas de berenjena y el arroz con huevo duro picado. Luego se sentaba a tu lado, para ayudarte a comer. Y yo te decía: ¡Viva Perón, viva el amor, viva la vida que Dios me dio! Y vos agregabas, levantando tu vaso: ¡Y viva el vino, mierda! Y te mandabas un trago de jugo convencida de que lo que tenías en tu vaso era vino, uno muy dulce. Entonces yo me ponía a contarte chistes verdes, bien pero bien guarangos, y vos te reías y la mirabas a Graciela, buscando la complicidad de su mirada. Qué guaso que es, le decías a Graciela. Me decías que era un ‘chino guaso’, y me lo decías mientras me mirabas sonriendo. Esas eran felices fiestas para mí.

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