Virginia Woolf y el vértigo de vivir

La conocí por error.

En realidad, yo solamente quería ver una película thriller de la cuál todos mis compañeros hablaban. Actuaba Nicole Kidman y se llamaba The Others pero debe ser que no me grabé muy bien el nombre porque cuando salí del videoclub esa noche, salí con otra película en mis manos: The Hours. Llegué a casa y puse la peli. Tia Tere me acompañó a verla. Ella se durmió, yo terminé de ver la película pero no la entendí. Tenía 12 años cuando escuché su nombre por primera vez: Virginia Woolf. Al otro día devolví la película y tuvieron que pasar un par de años más para volver a verla: yo entonces estaba en mi etapa universitaria, y ahí fue entones, cuando se produjo el hecho estético: me enamoré para siempre de Virginia y de su vida y de su obra, que son sin exagerar, un caos abierto. Abierto, pero hermoso.

 

Pasaron un par de años (no muchos de hecho, sucedió cuando vine a vivir a Buenos Aires en el 2013), ya había postergado demasiado su lectura: a los 23 años me decido entonces finalmente a leerla; fui a librería y compré mi primer libro de Virginia Woolf, un clásico: La Señora Dalloway. Al principio me costó (la historia se repetía, pensé): no fue fácil entrar a su mundo -de hecho la prosa de Virginia se asemeja a una poesía novelada y más de una vez tuve releer un párrafo entero porque perdía el hilo conductor de lo que me quería decir-, pero una vez adentro de ese mundo (de su mundo), cuando los laberintos de sus palabras me atraparon, ya no pude salir. Tampoco busqué la manera hacerlo, no quise. No quiero. La bestia me atrapó y desde entonces me tiene amarrado entre sus garras. Cada año renuevo mi amor por ella: como enero es más lento que largo, sus novelas se dejan leer con la cadencia que arrastra el mes, es así como en el 2015 empecé mi temporada de lecturas con Los años, y este 2016 con Al faro.

¿Cuándo me tocó de cerca Virginia? En dos oportunidades: una fue el 12 de enero del 2015, cuando iba cam1427054086_112243_1427054923_sumario_grandeino al trabajo leyendo en el bondi Los años una escena donde la mujer del coronel Abel Pargiter, Rose -que estaba muy enferma- se descompensa mientras la familia cenaba. En ese momento me llamaban de La Rioja para decirme que mi abuela Sara había muerto. Otra de las coincidencias fue que el 28 de marzo, el día que ella le pone fin a su vida llenando los bolsillos de su abrigo y adentrándose al Río Ouse (la pobre no podía soportar más las voces de su cabeza, padecía de una terrible bipolaridad); en ese mismo día (pero un par de décadas más adelante) nacía mi sobrino, Heber. Así que cada 28 de marzo, cuando celebro un año más de vida de mi sobrino, recuerdo también con cierto dejo de nostalgia, las últimas horas de Virginia Woolf. Menudas coincidencias: la literatura es así, un espejo donde vemos reflejadas nuestras propias vidas pero narradas en cuerpos y horas equivocadas.

A nivel narrativo, admiro la capacidad que tiene Virginia de meterse en la cabeza de sus personajes y adentrarse en sus conciencia, pasando de uno al otro como quién surfea una ola complicadísima con envidiable elegancia. Las imágenes que utiliza, las metáforas, los diálogos lacónicos pero llenos de vida, lo metafísico en sus planteamientos en escenas cotidianas. Si me preguntan qué me gusta particularmente de ella, respondo siempre lo mismo: su capacidad de ver en lo sencillo, lo prodigioso; y en lo cotidiano, lo universal: cómo una simple decisión -como la de la señora Dalloway al comprar las flores ella misma o la de la señora Ramsey de llevar a su hijo al faro-, pueden ser el primer paso que nos arrima a este terrible abismo que es la vida y el vértigo de vivir.

 

 

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