El pibe que sobrevivió

Sobre Harry Potter se escribió y se seguirá escribiendo. Porque hay que contagiar a todas las generaciones. Porque es justo y necesario, nuestro deber muggle y salvación mágica.

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Todo niño que está dejando su niñez atrás y está entrando a la adolescencia debería leer “Harry Potter y el prisionero de Azkaban”. Si pueden leer los dos libros anteriores (“Harry Potter y la piedra filosofal” y “Harry Potter y la cámara secreta”), mucho mejor. Sobre todo si ese niño tiene la intención de sumergirse de lleno en el fantástico y mágico mundo que creó para nosotros, la genial J. K. Rowling. Puesto que la saga está formada por 7 tomos, que se fueron publicando a partir de 1997 hasta el 2007, quiero detenerme particularmente en el tomo 3, ya que es para mí (y creo que para la mayoría de los lectores), el mejor de todos. Y déjenme contarles por qué: tenía 12 o 13 años cuando leí “Harry Potter y el prisionero de Azkaban” por primera vez. Era una edad particularmente difícil para mí: me costaba ir al colegio porque no faltaba el pusilánime que se burlara de mí. Lamentablemente ya no contaba, como sí lo hacía en la primaria, con mi hermana María para enfrentarse a todos aquellos pibes que me atosigaban en el recreo diciéndome “maricón” o “puto” o “¿es verdad que te gustan los hombres?” a grito pelado en medio de los pasillos para que todo el mundo se diera vuelta a mirarme y cuchichear algo. Era un infierno que soporté con estoicismo. Hasta el día de hoy no me explico cómo pude sobrevivir. La cicatriz está, aunque ya no duela.

Explico esto último para contarles en qué contexto cae “Harry Potter y el prisionero de Azkaban” en mis manos. Y porque a los 26 años, al releerlo, puedo ver en retrospectiva cómo hay ciertas historias que se condensan a través del tiempo: todo empieza cuando en las clases de Defensa contra las Artes Oscuras, el profesor Lupin enseña a sus alumnos enfrentarse a los Boggarts, seres capaces de transformarse en lo que más teme su espectador: el miedo invisible, la incertidumbre que aterroriza. Es así como al abrir el armario donde se esconde, el Boggart toma forma de arañas o cobras gigantes, profesores malvados o payasos macabros. Entonces yo me pregunto, ¿a cuántos Boggarts diarios nos enfrentamos día a día? Recibir una mala nota en un examen, cruzarte a tu ex en el boliche, perder el vuelo y quedarte varado sin un peso, encontrar en rojo tu caja de ahorro a fin de mes, resultados médicos que te carcomen la cabeza y no te dejan conciliar el sueño, perder a la persona que amas. Porque los miedos son así, de la misma naturaleza que los Boggarts, se esconden por todas partes. Son elásticos, arbitrarios, irracionales, íntimos.

Para vencer al Boggart (o en lo que términos muggles –no mago- refiere: vencer el miedo), hay que ejecutar un hechizo llamado Riddikulus: se requiere fuerza mental y una buena concentración ya que no basta con mover la varita y lanzar el encantamiento: hay que superar el miedo haciendo que aquello a lo que uno le teme, le resulte divertido. O ridículo. Que a uno lo haga reír: porque a veces hay que tocar fondo para salir a flote de esa masa oscura que es el miedo. Llorar hasta reír, reír hasta volver al llorar. Pero aquí está lo interesante: se puede vencer al Boggart, pero este nunca va a desaparecer, porque aquello que tememos se puede repeler por momentos, pero siempre va a estar a nuestro asecho: escondido en los armarios, en algún rincón de nuestra casa. Solo que hay que estar preparado, con varita en mano y con una voluntad férrea, para intentar derrotarlo cada vez que se cruce en nuestro camino. Ojalá que en las escuelas primarias dejen de mentirles a los niños sobre lo benévolo que fueron Cristóbal Colón y Sarmiento, y les enseñen de una vez por todas cómo armarse de valentía para enfrentar a esos monstruos que habitan debajo de sus camas.

Un prisionero se escapó de Azkaban y el Ministerio de Magia dispone que sean los Dementores quienes vigilen de cerca al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Los Dementores son seres horribles de gran estatura, cubiertos por una capa negra y, según el profesor Lupin, “están entre las criaturas más nauseabundas del mundo. Infestan los lugares más oscuros y más sucios. Disfrutan con la desesperación y la destrucción ajena, se llevan la paz, la esperanza y la alegría de cuanto los rodea”. Advierte Lupin a Harry: “Si alguien se acerca mucho a un Dementor, este le quitará hasta el último sentimiento positivo y hasta el último recuerdo dichoso. Si puede, el Dementor se alimentará de él hasta convertirlo en su semejante: un ser desalmado y maligno. Lo dejará sin otra cosa que las peores experiencias de su vida”. ¿Espeluznante? Muy. ¿Familiar? También. Muy familiar. Sobre todo porque nosotros vivimos rodeados de Dementores, con la diferencia es que ellos se pasean en nuestra vida a cara descubierta y sin capa negra.

¿Cuántas veces te tocó un compañero de trabajo que subestimó tus estudios y te quiso hacer pagar derecho de piso? ¿Cuántas veces tu jefe te dijo que no tenías “sangre para esta profesión”? ¿Cuántas veces escuchaste “esto vos no lo podés hacer” o “mirá si vos vas a estudiar una carrera como esa tan difícil”? O peor aún, “¿en serio vas elegir esa carrera?”. ¿En cuántas ocasiones tuviste que soportar un arañazo en forma de caricia, un insulto en forma de broma y quedaste desolado aún en compañía de alguien, triste por dentro y con el corazón frío como un hielo? Innumerables, apuesto. Sí, los muggles también tenemos que lidiar con criaturas putrefactas que intentan alimentarse de nuestra felicidad y absorber hasta la última gota de nuestra alegría. Solo un encantamiento Patronus puede ahuyentar a un Dementor: un Patronus tiene la forma de animal plateado, brillante y traslúcido (la forma del mismo varía según la personalidad de cada individuo), es la encarnación de la felicidad, dado que se tiene que pensar y concentrarse en un recuerdo feliz para invocarlo y así vencer a esos Dementores. La manera más auténtica y poderosa de luchar contra las frustraciones ajenas es buscar en el reservorio de nuestra memoria, aquel recuerdo que nos aproxima a la plenitud de lo que es ser realmente feliz.

Sobre Harry Potter se escribió y se seguirá escribiendo. Porque hay que contagiar a todas las generaciones. Porque es justo y necesario, nuestro deber muggle y salvación mágica. En particular, quiero rescatar dos textos que me parecen fabulosos: uno lo escribió Raquel Robles y se llama “Harry Potter: historia de un niño apropiado” donde hace una perfecta analogía entre la historia de los desaparecidos en nuestro país y la historia del joven mago. Solo el comienzo me eriza los pelos: “Harry Potter es un niño apropiado. Sus padres fueron combatientes asesinados por un agente del mal. Fue criado por sus tíos, que no sólo escondieron su origen sino que despreciaron cada uno de los signos que lo delataban hijo de sus padres. El libro de J. K. Rowling comienza cuando Potter es restituido a su identidad y por lo tanto, a su destino”. Por otro lado, Luciano Lamberti hace una reflexión impecable sobre la lectura de los libros de Rowling en su nota “El Innombrable”: “Así como Borges imaginaba al Quijote soñando sus novelas sin salir de la biblioteca, podemos imaginar a Harry Potter soñando su historia como venganza”. Pero no, la historia va por otro lado: “(J.K Rowling) ofreció una visión completa del mundo, un mundo hermoso donde la magia es posible. Porque recupera la alegría de vivir. Porque no se trata de ‘qué feo es todo’ si no de ‘existe el mal, por más que sea parte de nosotros, debemos luchar contra él para definirnos como personas, para encontrarnos, para saber quiénes somos’”. El mal siempre estuvo, está y estará con nosotros: el tema es qué hacemos con esto.

¿Quién no fantaseó alguna vez con tener poderes mágicos y hacer encantamientos para solucionar un par de problemas? Desaparecer. Cambiar de forma. Controlar el clima. Ridiculizar Boggarts y vencer Dementores. Si tan solo contásemos con el giratiempo que la profesora McGonagall le dio a Hermione para retroceder el tiempo, ¿cuántos errores habríamos evitado? ¿Y si los hubiésemos evitado, nos habríamos perdido también la oportunidad de aprender algo nuevo? ¿Podríamos habernos llenado de coraje para disipar estos Dementores que aparecen en nuestro relato cotidiano? ¿Tendríamos el valor suficiente para nombrar al Innombrable que nos hizo tantísimo daño? No lo sé. Pero ya no es hora de preguntas, sino de resignarnos a ser los muggles que siempre fuimos y que, por más que quisiéramos, no podemos cambiar: el tiempo hace y deshace a su antojo, pero no vuelve. Nunca vuelve. A lo que voy es que Harry Potter (y me atrevería a decir que la vida en sí) no es una historia de victimización, ni de moralejas vacías con clichés literarios que abundan. Mucho menos, lo de Potter no es una historia de venganza. Por donde la mires, es una historia de amor donde se trata todo el tiempo de resignificar el dolor: entender de dónde y de quién viene y encontrar una manera de vivir con él. Y así, de alguna mágica manera, seguir sobreviviendo.

 

Martín Alanís.

Licenciado en Comunicación Social (UNLaR). Colaborador de DataRioja. Actualmente prepara su primera novela.

Redacción DataRioja
03/02/2016

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