8 a.m.

notas_imagenes_51180_69482

No hace un mes que se mudó ahí y ya se arrepiente de haber elegido un edificio “todo eléctrico”, tal como lo describió sonriendo, el tipo de la inmobiliaria que le mostró el monoambiente para alquilar. “Acá rara vez hay cortes: ¡esto es Palermo Hollywood!” agregó como si el barrio fuese garantía de confianza o sinónimo de luz eterna. Desde que vive ahí, Gabriel padeció los peores calores de febrero, al principio alumbrado solo por un par de velas aromáticas que descansaban al pie de la bañera. La primera vez que se cortó la luz, Gabriel estaba cenando, mientras que en una segunda oportunidad, la luz se fue a mitad de un capítulo de “Game of Thrones” que estaba mirando. La tercera vez sucedió cuando después de un largo día de trabajo, llegó al edificio y abrió la puerta principal: apenas cruzó el umbral y puso un pie adentro, el edificio se apagó por completo: tuvo que subir hasta el octavo piso alumbrando las escaleras con la luz de su celular. El cuarto corte no lo agarró desprevenido: por suerte, ya había entrado a su departamento y tenía dibujado en su cabeza el mapa mental de cómo llegar hasta la diminutiva (¡pero moderna!) kitchenette. Ahí guardaba un par de velas que servirían más para iluminar el departamento que para perfumarlo con aromas de rosa mosquetta.

“Corte general” era una de las pocas y pobres respuestas que tenían para darle a Gabriel cada vez que llamaba a EDENOR para reclamar. Otras veces le respondían “corte programado” y cuando preguntaba una hora estimada para la normalización del servicio, le cortaban. Entonces Gabriel puteaba, se arrepentía nuevamente de haber elegido ese barrio que de Hollywood no tenía nada, y esperaba en plena oscuridad que una ráfaga de viento, por minúscula y caliente que sea, se filtre por los grandes ventanales y alivie el calor de esa cueva negra en la que se había convertido su monoambiente palermitano. Nunca pensó que el lugar que eligió para vivir un poco más cómodo, y al cual destinaba una buena parte de su sueldo, se iba a reducir a eso: un calvario sofocante y oscuro. Trataba de pensar en alguna ventaja de esta situación y lo único que agradecía era no tener encima de su cara esos molestos bichos de luz que en verano parecían multiplicarse de a montones alrededor de los focos a los cuales aún no les había puesto los apliques. Pero la lista de ventajas terminaba ahí, en la ausencia de los bichos de luz, porque estar sin luz tendido sobre un colchón de humedad era un auténtico infierno. Así como se iba sin avisar, de la misma forma, la luz volvía. Una noche unos sobreactuados gemidos de mujer lo despertaron: para cuando volvió la electricidad, el canal donde estaba viendo su serie favorita, dedicaba su programación nocturna a pasar películas de soft-porn, que no por ser soft, eran menos escandalosas.

De tantos cortes seguidos, el ascensor del edificio se echó a perder, y por orden de la administración, hasta nuevo aviso no se lo podía volver a usar. Ese lunes, largo y pesado, Gabriel solo quería llegar a su departamento y que hubiera luz. Al doblar la esquina, el edificio estaba iluminado. Iluminados estaban también sus ojos. Pero poco duró la alegría, ya que mientras subía las escaleras, la luz se volvió a esfumar. Gabriel no perdió la paciencia. Buscó en uno de los bolsillos de su pantalón el celular y quiso abrir la aplicación de la linterna que había descargado, pero al desbloquear el teléfono apareció en la pantalla el cartel de “Batería agotada. Por favor cargue el dispositivo para seguir usándolo” y, acto seguido, se apagó. “La puta madre que lo parió”, insultó para sus adentros y continuó subiendo las escaleras, con la camisa pegada al cuerpo del sudor y las gotas chorreando por su cabeza. Si bien restaban cuatro pisos para llegar al octavo, llegó a su departamento hecho sopa, irritado, cansado.

Tenía a mano la llave de su departamento, así que solo tardó un par de segundos en abrir la puerta y darse con la boca de lobo en la que se había convertido su monoambiente: ni un ápice de luz entraba por las ventanas. “Esta vez el corte jodió a todo el barrio” pensó. Tanteó con las manos las paredes hasta llegar a la kitchenette donde guardaba los fósforos y las velas. Deslizó las manos sobre la pequeña mesada y pudo encontrar en plena oscuridad la caja de fósforos. Luego fue bajando la mano de manera vertical, tocando la superficie de los cajones, y contó: uno, dos, tres. Ahí detuvo su mano, y abrió el tercer cajón donde estaban las velas. Sacó el paquetito y con paciencia, extrajo una. La tocó hasta encontrarle la mecha y la dejó sobre la mesada. Volvió a los fósforos, abrió la caja y sacó uno. Intentó prenderlo pero sólo se escuchó un chasquido que despidió ese olor a chamuscado que generan los fósforos al frotarlos contra el raspador, pero no se generó ninguna llama. Tiró el fósforo inútil a la basura y luego intentó prender otro, pero sucedió lo mismo: chasquido, olor, ninguna llama. Al sexto intento, Gabriel se frustró y volvió a putear. Al séptimo, después de tirar otro fósforo que no prendió, se cansó y puteó de nuevo. “Esos chinos que venden cosas ordinarias, mañana me van a escuchar” refunfuño antes de acostarse con calor y dormirse sin cenar.

El sonido de unos golpes fuertes contra la puerta interrumpió su sueño de dragones y enanos. Al despertarse, se asustó: “Ladrones”, pensó Gabriel. Intentó ver la hora, pero recordó que su celular seguía apagado. Si eran ladrones, no tendría como llamar a la policía. Miró por la ventana: la noche se comía al mundo con su negrura. Ni la luna se veía en el cielo. “¡Abra, somos los bomberos!” escuchó gritar del otro lado de la puerta, que parecía que en cualquier momento iban a derribar a patadas. Entonces el olor a quemado llegó a Gabriel y cayó en la cuenta de que había un incendio en el edificio. Empezó a ahogarse con el humor. Claramente en su departamento no era, porque no había rastros de fuego. Sin embargo, sentía el calor quemándole los talones. Pensó inmediatamente en la vieja del séptimo “E”, que vivía justo debajo de su departamento. “A lo mejor en plena oscuridad se le cayó una vela” pensó Gabriel mientras con las manos torpes intentaba abrir la puerta de su departamento con la llave. Abrió, pero la oscuridad le impedía ver a los bomberos. “¡No te preocupés, estás a salvo ahora!” le dijo uno de ellos, que lo agarró del brazo y lo tiró fuera del departamento. “Ni enterado del incendio, estaba re dormido” comentó como para no entrar en pánico y romper el hielo. “¿Nos estás jodiendo, pibe?” preguntó otro bombero. “No, posta: me re dormí y no sentí nada, ¿qué hora es? Deben ser las 4 de la mañana, ¿no? No veo nada, ¿qué acaso no trabajan con linternas?” se impacientó. Uno de los bomberos miró a su compañero, y luego dirigió nuevamente sus ojos a Gabriel, quién estaba mirando fijo a la pared, esperando alguna explicación. “Pibe, son las ocho de la mañana” le dijo.

 

DataRioja – 24/02/2016

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s