Del otro lado del cielo

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El motor empieza a ronronear.  Busco en mi bolso un par de chicles que compré antes de embarcar. Abro el primero y me lo meto a la boca. Lo mismo hago con el segundo, casi de forma inmediata. Empiezo a masticar con rapidez hasta formar una bola chiclosa que muevo de un lado al otro lado de la boca. Me pongo los auriculares, busco la canción “sHe” de Zayn en el celular y dejo el bolso debajo del asiento. Cierro los ojos. Trato de concentrarme en que esto ya va a pasar, que durará tan solo un momento. Las indicaciones de las azafatas llegan a su final, el avión empieza a tomar impulso en la pista. Las manos me empiezan a sudar. Mantengo los ojos cerrados. Aquí voy de nuevo, me digo a mí mismo, a enfrentarme a uno de mis mayores miedos: el despegue.

No sé cuánto tiempo tarda en elevarse, si segundos o minutos. Aunque parezca mentira, para mí hay un abismo entre un par de segundos y un par de minutos. Finjo no estar nervioso, pero las manos me delatan: siguen sudando. No quiero que la gente me mire. No quiero dar un show. Entonces pienso en estupideces que no le cuento a nadie. Instantáneas ridículas que me hacen pensar en otra cosa que no sea el despegue. Los despegues me tensan, me ponen nervioso. Me dan miedo. Por eso busco estas estupideces en mi cabeza, pongo la mente en blanco y olvido de que voy encerrado en una jaula de aluminio y otros elementos que no sabría enumerar porque no los conozco; y porque si lo hiciera y supiera para qué sirve cada uno de ellos, en lugar de tranquilizarme, me pondría peor. Dudaría.

Vuelvo a mis estupideces, esas inconfesables. Esas que no le cuento a nadie por vergüenza, ni siquiera a mi compañero de asiento. Imagino, por ejemplo, a Jared Leto haciéndome “OK” con los dedos, como si fuese ese gesto una señal de aprobación. Como si Jared Leto no tuviera mejor cosa que hacer que aparecer en mi imaginación cuando el avión está despegando para tranquilizarme. “Well done, baby” parece decirme con sus ojos azules. Azules como el cielo al que me dirijo y que no puedo ver porque mis ojos siguen cerrados. Las manos me siguen sudando, siento el cuerpo pegarse al asiento. Aquí voy de nuevo, otra vez, a estrellarme contras las nubes.

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Ridiculeces que calman los nervios. Pienso, por ejemplo, que me salen alas cuando el avión se inclina y levanta vuelo. Pienso que el que está levantando vuelo soy yo y no el avión. Que me convierto en un pájaro al que le abrieron una jaula y que por fin puede desplegar sus alas para volar. Levanto vuelo con los ojos cerrados y las manos sudadas. Los oídos se me tapan pero aun así escucho la voz de Zayn cantándome, filtrándose por los auriculares.  La tensión disminuye a medida que el avión se acomoda sobre las nubes. El avión se desliza sobre el cielo, y con él, las imágenes en mi cabeza se esfuman. Ya está, me digo a mí mismo. Ya pasó. A disfrutar el vuelo.

Entonces abro los ojos. Estoy volando. Ya no está Jared Leto diciéndome “Good job, dude”. Ni tampoco hay plumas que indiquen que por un momento –no sé si segundos o minutos-, tuve alas que me ayudaron a levantar vuelo. Solo hay un hombre leyendo a mi lado, como si nada hubiese ocurrido. Sé que en el vuelo, si hay alguna pequeña turbulencia, no le haré caso porque imaginaré que voy en el colectivo por las Sierras de Córdoba y que en la ruta había pequeñas irregularidades. Olvidaré que estoy volando. Volveré a hacer trampa y recurriré a mi imaginación, aun cuando el sol esté bañando las páginas del libro que voy leyendo. Sí, la imaginación me lleva a lugares ridículos, e incluso vergonzosos. Pero a veces, la ridiculez es mi gran aliada para amansar la tensión del despegue y cruzar el umbral del miedo, aún si este umbral está del otro lado del cielo.

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