Ligero de equipaje

notas_imagenes_28719_63967

Bajo la valija del armario y le sacudo la tierra que se acumuló encima de ella durante estos meses que estuvo sin usar. El polvo me hace estornudar una, achís, dos, achís, tres, achís, veces.

Como vivo solo y no tengo ni siquiera un gato que se exalte con cada estornudo, me digo a mí mismo: salud. Hago el recuento: tres estornudos: salud, dinero y amor, pienso mientras me seco la nariz con la muñeca de la mano.

Abro la valija y empiezo a medir a ojo la cantidad de cosas que tengo meter en ella. Entiéndase por “cosas” a una suma de ropa, artículos de higiene, calzado, libros, un par de regalos. Pienso también en todo aquello que apilé en la cama y que no va entrar, en las prendas que me arriesgo a no llevar a mi destino, al perfume que me resignaré a usar, el libro que tendrá que esperar otra oportunidad para viajar.

Meto todo adentro, primero de forma ordenada y meticulosa respetando cada espacio dado por la valija; para terminar rellenando el último hueco disponible con aquello que ahora considero indispensable pero que en el fondo sé que no me será útil para nada. Pero que llevo igual, por las dudas. Luego de ejercer presión, cierro la valija. Tengo que dejarla al lado de la puerta. Al levantarla, pesa. Me pesa.

Entonces repaso con mis ojos una vez más el lugar que estoy dejando. Barro con la mirada la última instantánea del espacio que conservará por unos días todo aquello inasible que quedó fuera de la valija. Dicen que para viajar mejor, hay que hacerlo ligero de equipaje. Pero no creo que se refieran a la cantidad de kilos permitidos por las terminales de ómnibus y por los aeropuertos. No. Hay que viajar sin el peso del corazón, livianos como una pluma.

Empaco y me marcho. Lo que llevo de mí es lo que estoy dispuesto a dar. Lo que dejo para mi regreso es a lo que voy a tener que volverme a enfrentar. La rutina, el trabajo, algún que otro descalabro sin resolver, un par de boletas sin pagar. A mi bolso se le rompió la manija y entre tantas idas y vueltas, todavía no me hice tiempo de repararla. O de comprar directamente otra valija. A lo mejor lo haga cuando vuelva de este viaje. Por lo pronto, lo sumo a la lista de pendientes, de esos que tengo que resolver a mi regreso. Agarro mi valija con todo su peso muerto y me dispongo a viajar, más vivo y ligero que nunca.

En cualquier minuto, los altavoces anunciarán que ya es hora de embarcar.

*Lic. en Comunicación Social

Redacción DataRioja

23/03/2016

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s