Eterno resplandor de una mente con Facebook

Era la hora del postre.
El asado nos había dejado llenos. Qué digo llenos, llenísimos: comimos hasta reventar. Yo no comía postre, pero los otros invitados sí: helado con membrillos en almíbar. Yo hacía bolitas de miga con un pedacito de pan que había quedado al lado de mi plato, atento a lo que se hablaba en ese momento, hasta que alguien (no recuerdo quién) saca el tema de la memoria en la mesa. Entonces, Roberto Rojo me mira y me señala, preguntándose retóricamente, cómo afectará el tema la memoria en mi generación. Cómo afectará el tema de la memoria a la generación de Martín, dice. Luego siguieron hablando del tema con mi papá y con el resto de los comensales (claramente se hizo mención a los laberintos borgeanos), mientras yo seguía haciendo bolitas de miga y preguntándome a mí mismo, cómo afecta el tema de la memoria en mi generación.

El tema de la memoria: en una época donde es más fácil infoxicarse, que informarse; donde los jóvenes estamos atravesados por diferentes prácticas culturales que nos redefinen y categorizan de acuerdo a cortes generacionales (“millennials” o “generación Z”); yo quedé preguntándome ese domingo: ¿con qué recuerdo se queda nuestra cabeza antes de irse a dormir si por nuestros ojos desfila una suma obscena de información, de imágenes, palabras y videos de Facebook y demás redes sociales? ¿Qué descarta y deja afuera el reservorio de nuestra memoria apabullada en la era de los 140 caracteres de Twitter? ¿Qué recuerdo nos quedará para cuando no tengamos nada más que la memoria como nuestra última aliada segundos antes de morir? Aún me lo sigo preguntando.

En marzo del 2015, Facebook lanzó una función llamada “Un día como hoy” (“On this day”) donde te recuerda lo que publicaste ese mismo día todos los años anteriores, desde que creaste tu cuenta en esta red social. Facebook define esta función así: “’Un día como hoy’ rememora tus recuerdos de ese día en particular en tu historial de Facebook. Los recuerdos comprenden tus publicaciones, publicaciones en las que se te etiquetó, acontecimientos importantes y cuándo te hiciste amigo de alguien en Facebook (…) Aprende a activar las notificaciones para ver cuándo tienes recuerdos para rememorar.” Así de fácil y de simple, y a un solo clic distancia: tenemos una nueva, arbitraria y minúscula posibilidad de que nuestro pasado no se vaya (por lo menos, no del todo), un registro digital de nuestro testimonio de vida a la orden del día.

onthisday1

Es así como vas releyéndote y volviéndote a descubrir a vos mismo: riéndote de la sarta de sandeces que escribías (te agarrás de los pelos preguntándote: ¡¿por qué mis amigos no me decían que no escriba estas estupideces?!), emocionándote por esa foto que subiste con (o por) alguien que ya no está a tu lado, resignificando la letra de una canción que en su momento tenía un destinatario pero que al escucharla de nuevo ya tiene un nuevo dueño. Tratás de entender cómo fue qué llegaste a publicar lo que publicaste en tal año: ejercitas la memoria, abrís puertas que pensabas herméticas y le pones llave a aquellas que ya no querés volver a abrir. Incluso si un recuerdo no te gusta, lo eliminas y punto. De pronto tenés el control total sobre lo que la memoria, con su caprichoso inconsciente quiere rescatar del fondo del mar: la memoria reflota nuestros recuerdos, que funcionan como salvavidas o nos hunden en la negrura como un ancla.

 …
 
Hoy es 4 de abril, año 2016. El titular del “Un día como hoy” reza lo siguiente: “Tus recuerdos en Facebook: Martín, tú nos importas, al igual que los recuerdos que compartes aquí. Pensamos que te gustaría mirar esta publicación de hace 3 años.” Facebook te cumple el deseo de viajar atrás en el tiempo porque piensa que a vos te gustaría. Te lleva al pasado si vos elegís. Si tan solo hacés clic.

Entonces hago clic y leo:
4 de abril, 2012. “Llegar del gym y clavarme unas papas fritas de kétchup con Coca-Cola… Es al pedo, ¡¡¡los flacos tenemos alma de gordos!!!”.
Pienso: vivía en La Rioja, destinaba buena parte mi tiempo al ejercicio físico. Las frituras y la gaseosa me pueden. Hoy vivo en Buenos Aires, volví a dedicar buena parte de mi tiempo al ejercicio físico pero cuestiones de salud. Ya no como frituras. Solo tomo Coca-Cola Zero.

4 de abril, 2013. “¿Viste cuando no te das cuenta que estas cantando con toda la garra ‘porque las pibas están borrachas, agachate y dame la bombacha, menea para mí, menea para mí’ y después caes en la realidad de que no viajas sólo en el subte?”.
Era una de mis semanas en Buenos Aires, aún no tenía trabajo y viajar en el subte resultaba una aventura urbana. Hoy hace 3 años que vivo y trabajo en Buenos Aires. Sigo cantando cumbia con desfachatez, pero en los boliches. En el subte, como en el bondi, elijo leer.

4 de abril, 2014. “Hoy fuimos a la juguetería con Heber y la señora que la atendía le muestra a mi sobrino un auto que con solo prenderlo daba vueltas, emitía música y parpadeaba luces de colores. Todo eso decía la caja. Cuando mi sobrino (5 años) le preguntó a la vendedora qué hacía el auto, la señora contestó:
– Anda.”
Hace poco mi sobrino cumplió 7 años. Volvimos a la misma juguetería y eligió una pistola de Spiderman con luces y música. Así lo decía la caja, pero Heber ya lo sabía: lo vio en la tele. La señora que atiende el negocio, no.

4 de abril, 2015. Transcribo, sin permiso, unas palabras que me dijo mi papá:
“No sé cuántos días van…Y la veo. A veces ingreso por el pasillo y su sonrisa me asalta por la ventana… Y la veo. Hay momentos que la escucho cantar “La pulpera de Santa Lucía”… Y la veo. Sé que está al acecho en un recodo del tiempo con su mirada penetrante, aguda, enérgica, como un sol de enero. Los árboles, las plantas, las flores parecen esperarla, como se espera un viajero después de un largo viaje. Hay días que no sé cuántos días van… y la espero.”
Aquí no voy a agregar ningún comentario. Porque yo también veo a mi abuela. Yo también la espero. Pongo play en YouTube “La pulpera de Santa Lucía”.

https://www.youtube.com/watch?v=V6RzEtR_KJI

Vernos en el pasado desde el presente, a veces, nos aterroriza como se aterrorizaba Ebenezer Scrooge en el “Cuento de Navidad” de Dickens. Vernos a nosotros mismos, pero desde otro lugar, nos duele, nos avergüenza, nos enorgullece, nos emociona. Vernos desde otra perspectiva, también nos hace ver cuánto hemos crecido. Madurar, bueno: eso lo hacen muy bien las frutas. Yo no.

 …

Antes se vivía un día y eso era todo. Ese día y nada más.

Ese día quedaba en el olvido cuando las ventanas se cerraban, las luces se apagaban y nuestros padres se iban a dormir para arrancar un nuevo día. Con suerte quedará algún registro en la memoria del día que dejaron atrás, en el ayer: pequeños flashbacks que vuelven en forma de cicatrices -como una herida de la infancia en el mentón, pequeños cráteres de un acné mal tratado o una picadura de mosquito en una noche de verano cualquiera-; hasta fotos y videos que capturaron instantes, congelando para siempre una mirada, una sonrisa, el vértigo de vivir ese momento. Si quieren recuperar un recuerdo, hay que buscar el álbum de fotos y hacer el ejercicio de narrar lo que hay en ella. También regresarán a la memoria aquellos recuerdos que se intentó enterrar en el olvido. Pero ya lo decía el psicoanalista Erich Fromm: “el ‘Yo’ es un dique” y hay recuerdos que son capaces de manifestarse en forma de sueños, burlando nuestro frágil y traicionero inconsciente: el dique se rompe y nuestro “Yo” empieza a dar manotazos de ahogado entre esa ola de recuerdos.

Ahora mi generación tiene que aprender a surfear sobre recuerdos reticulares cuando la ola levante su cresta en las redes sociales, y aun cuando estos mismos recuerdos estén escondidos en los pliegues de un mantel, convertidos en bolitas de miga de pan un domingo cualquiera.

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