El peso de lo indecible

¿Hasta qué punto un gimnasio puede considerarse un “no-lugar”? ¿Qué sentido de pertenencia nace en estas nuevas “comunidades perchas”?

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Vienen llegando. De a uno, de a dos, a veces de a tres, dependiendo el horario. Vienen llegando, algunos motivados, otros un poco más cansados. Vienen llegando para poner primera y arrancar el día, o vienen llegando para sacudirse la rutina de la espalda. Vienen llegando de todas partes, hombres y mujeres, de todas las edades. Con sus pesos y alturas, con sus carnes y huesos, con sus bolsos y estigmas personales. Vienen llegando todos a entrenar.

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Los gimnasios suelen ser pasarelas donde la más variada fauna humana pasea de un lado al otro, donde a veces ni siquiera los entrenadores se salvan de ser estatuas esculpidas a mano, con la mirada inerte en sus celulares y desentendidos totalmente de las rutinas de sus alumnos. Algunos incluso hay que perseguirlos como si fuesen una celebridad asediada por los paparazzi, mientras hacen acto de presencia en lugar de hacer lo que tienen que hacer: su trabajo. Pero no en todos los gimnasios el panorama es así: hay algunos donde los entrenadores sí prestan cuidadosa atención a quienes van y depositan en ellos, con toda la confianza del mundo, la materia prima con la que tendrán que trabajar: sus propios cuerpos. Sucede sobre todo en los clubes de barrios, donde el clima no está embutido en la artificialidad que revisten las grandes cadenas de gimnasio.

“Escuchá: antes de hacer el ejercicio, tenés que armarlo bien” aconseja el profesor. Luego, te muestra cómo se hace el ejercicio, te pide que lo imites y te corrige si ve que algo no estás haciendo bien. Te dice si estás entrenando en una posición muy tensa. Te pide que te relajes. “Ahí va. Ahora, divertite” te pide.

Se va a querer matar cuando me vea de nuevo, se va a arrepentir de haberme dejado, piensa ella mientras hace glúteos. Si me esfuerzo un poco más, a lo mejor esta vez llegue a los 10 kilómetros, piensa él mientras corre en la cinta. Tres veces por semana me recomendó el doctor, solo tres veces: aunque no sepa con exactitud lo que me resta de vida, el ejercicio me ayudará a no sentirme tan fatigada, el ejercicio me ayudará a soportar este dolor, piensa ella. ¿Cómo me va a decir que no me saque la remera para coger? piensa él mientras se levanta la remera frente al espejo disimuladamente e intenta encontrar un abdominal marcado.
Los motivos para ir al gimnasio parecieran ser públicos y estar a la vista de todos. No obstante siguen siendo inconfesables, íntimos. Mochilas que carga uno: el peso de las zapatillas, el peso de la toalla, de la remera transpirada. El peso de lo indecible.

Los reúne un rasgo, una pasión, una necesidad. Un gimnasio podría ser, según la definición de Zygmunt Bauman, una “comunidad percha”: grupos de personas que se reúnen no por amistad, ni por lazos familiares o laborales, sino por compartir un rasgo, una característica (a veces una patología), o simplemente un gusto excéntrico. En estas comunidades, donde sus integrantes “se cuelgan” de un rasgo en común para pertenecer, el psicoanalista Diego Velázquez se pregunta en su artículo “Unidos en ‘las comunidades perchas’”, publicado en Tiempo Argentino: “¿Comunidades vacías? ¿O que llenan el vacío? Ante la soledad, ¿se juntan o se amontonan? Mientras, entre ellos, se protegen, se ayudan, se identifican”.

En el gimnasio hay carteles pegados que dicen: “Los sábados abierto de 10 a 13hs.”. Otro reza: “Prohibida la venta de artículos dentro del gimnasio”. En la pared hay una foto de runners –todos sonríe, todos se abrazan como si se conociesen de años- que tiene sobreimpresa la leyenda: “Unidos por la misma pasión”.

Correr.

“¡Vamos león! ¡Vamos ninja!”. Un grito se dispara de un rincón del gimnasio al otro, es la voz del entrenador que atraviesa aparatos y mancuernas, motivando a sus alumnos en la misma medida en que los corrige. Le gusta que los ejercicios se hagan bien y que el entrenamiento valga la pena, para luego ver los resultados y decirle a ese alumno que suda la gota gorda: “Entraste hecho un gatito y ahora sos un tigre”. Cuando el ejercicio está bien hecho, de la boca del entrenador sale: “¡Un éxito!”. El alumno suda, pero ahora también sonríe.

Una habitación de hotel, un shopping, un aeropuerto, un supermercado, una autopista. Todos estos sitios pueden entrar en la órbita de los no-lugares, término que acuñó Marc Augé para aquellos lugares de transitoriedad que no tienen suficiente importancia como para ser considerados “lugares” y son definidos por el pasar de los individuos: no personalizan ni aportan a la identidad porque sus aspectos o componentes no se pueden interiorizar. Son pasajeros y artificiales, partes de una escenografía, una fuga.
Yo dudo. Dudo que un gimnasio sea un no-lugar. Dudo que en estos espacios uno no trabaje su identidad a partir de la imagen de su cuerpo. Dudo que uno no pueda interiorizar la riqueza de la disciplina y la rutina aprendida a la hora de hacer ejercicios. Dudo que el sudor de la frente tras levantar 40, 50, 60 kilos tenga la misma consistencia del sudor de la frente de un día de trabajo. Dudo que sean grupos vacíos, masas de individuos aislados, autitos chocadores de egos que se pelean por quién usa tal o cual mancuerna. Dudo que se pueda cuestionar la autenticidad de “eso” que los une y no se puede definir. No dudo de la pasión, no dudo de la necesidad. No dudo que también el gordo se identifique con el flaco, ni el joven con el viejo, ni el runner con el profesor de bachata. No dudo que los cuerpos no se gusten en su totalidad como tampoco dudo de que en realmente se esfuercen para hacerlo, cada día un poco más. Pero sí dudo que Augé y Bauman estén de acuerdo conmigo.

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“Tenés que sacar eso que tenés adentro pero que muchas veces no sabes qué es” le recomienda el instructor a un pibe que está listo para trabajar pecho con más de 40 kilos. Pero no le habla de fuerza, ni determinación. Tampoco habla de bravura. Habla de eso que todos tenemos adentro pero que muchas veces no sabemos qué es, pero que en algún momento tiene que salir.

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