Sala de espera

Snead Great-Grandmother, Hands

Gritan su nombre desde el pasillo. Ella lo escucha y piensa: Es mi turno. Le pide a su cuerpo que se levante. El cuerpo no obedece. Gritan su nombre desde el pasillo, pero esta vez más fuerte. Ella le pide a su cuerpo que se levante, otra vez. Apoya sus manos en los antebrazos de la silla y toma impulso para pararse. Sus pies se resbalan en el piso y pierde la poca altura que había logrado alcanzar. Cae suave sobre la silla. El hombre que está a su izquierda está concentrado en el partido de fútbol que están pasando por televisión. Ella se pregunta por qué el volumen de la tele está tan alto si esto es una guardia de hospital. Mira a su derecha: una adolescente con unos inmensos auriculares está mirando su celular, sus dedos no dejan de tocar la pantalla, a la cual le sonríe, embobada. Ella escucha su nombre por tercera vez. Voy, dice. Dice Voy pero su voz se pierde entre las voces de los relatores del partido. Dice Voy, pero no va. No la escuchan. Ni el doctor que la llama, ni su cuerpo que la atrapa. Segundo intento: apoya de nuevo sus manos en los antebrazos de la silla, toma impulso y, ahora sí, logra levantarse. Apoya los pies con firmeza sobre el piso impecable y frío del hospital. Sola, sin ayuda de nadie, se para y le pide a sus piernas que respondan. El grito del doctor llega de nuevo a la sala de espera. Llega el grito, llega una voz, llega el nombre de Ella a través del pasillo por tercera vez; llega todo menos el doctor a buscarla. Qué le costará moverse de su consultorio, se pregunta. Una de sus piernas avanza: da el primer paso. Amaga con dar el segundo. Lo logra. Mueve una pierna primero, luego la otra. Camina como si tuviese el viento en contra. De nuevo, el grito. De nuevo, su nombre. Voy, dice. Dice Voy y Boca hace un gol, y su Voy se pierde en el grito sostenido del gol del relator. Pasa por delante del hombre que está viendo el partido. El hombre inclina un poco su cabeza a la derecha. Ella lo estorba. Ella sabe que estorba y sigue caminando, a paso lento, hasta llegar al pasillo. Al llegar, escucha otro grito: la misma voz, pero otro nombre. Ella dice Voy aunque no sea su nombre ahora el que está haciendo eco en el pasillo. El hombre que estaba a su lado se para, ofuscado por el gol que le hicieron a su equipo de fútbol. El hombre va puteando por el pasillo y pasa por su lado, sin reparar que el nombre que llamaron recién le pertenecía a Ella. Su corazón se alivia al ver que ahora el doctor sí se asoma a la puerta a buscar al paciente, podría ser su salvación. Pero no. El doctor dice: “Pase por aquí, Ramirez”. El hombre entra al consultorio, y su cara, la de Ella, se transforma. El doctor la ve parada en el medio del pasillo con una mano apoyada en la pared y le pregunta si se siente bien. Ella asiente con la cabeza. Tome asiento y espere a ser atendida, le indica el doctor señalándole las sillas de la sala de espera. Ella quería explicarle que era ella la mujer a la que llamaba hace apenas un minuto, quería explicarle que no podía moverse más rápido, que la dosis de levodopa ya no era suficiente. Pero su voz nunca llegó, quedó atrapada en su garganta como una mosca enredada en una tela de araña. No logra decir nada. El doctor le sonríe y le da una palmadita en el hombro. Le dice Vaya y póngase cómoda, cuando sea su turno la llamaré. Ella lo mira y quiere decirle que No, que no tenía ganas de volver a sentarse. Y que por más que quisiera, le era imposible “ponerse cómoda”. No podía. El doctor da media vuelta y entra al consultorio con Ramírez. Ella queda parada a mitad del pasillo, sosteniendo el peso muerto de su cuerpo en una pared, escuchando el ruido de una puerta que se cierra y las voces de los comentaristas repasando las mejores jugadas de Boca. No le queda otra que volver a la sala de espera. Entonces, le pide a su cuerpo que se de vuelta, le pide a sus piernas que avancen, a sus pies que caminen. Pero nadie la escucha, nadie le obedece, nadie repara en Ella. Mientras escucha el grito sostenido de un gol, logra girar un poco su cuerpo y apoyar su espalda en la pared y, lentamente, se deja caer.

 

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