¿Me va a doler?

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– ¿Me va a doler?
– Sí.
– ¿Mucho?
– Eso depende.
– ¿De qué?
– Si te quedás quieto, y permaneces callado, te va a doler menos que si te movés de un lado para el otro.
– Entonces me va a doler.
– Ya te dije que sí.
– No era una pregunta.
– Necesito que tomes aire por la boca.
– Y si me va a doler, ¿por qué hacemos esto?
– Ya sabés por qué.
– Necesito que me lo recuerdes.
– No es necesario.
– Para mí sí.
– ¿Por qué?
– Para pensar en eso cuando tenga que aguantar el dolor.
– Pensá en otra cosa.
– No puedo.
– Sí, dale. Vos podés. 
– No.
– ¿Te das cuenta que vos lo hacés más difícil de lo que realmente es, no?
– Yo no lo hago difícil. “Es” difícil.
– Entonces quedate quieto, así te va a doler menos. Cuando quieras tener miedo, todo esto ya habrá pasado.
– Eso es lo que me digo siempre para convencerme de que no me va a doler. Pero al final siempre me duele. Pero ahora no puedo decirmelo, porque ahora es diferente.
– ¿Qué cosa? No entiendo.
– Sobre lo que dijiste recién.
– Digo muchas cosas.
– Que todo va a pasar.
– Ah, sí. Quedate tranquilo. Necesito que tomes aire por la boca. Así, mirá.
– Pero no va a pasar.
– Sí, esto también pasará.
– No, esto se va a quedar aquí para siempre.
– Por eso tenemos que hacer esto, aunque duela.
– No lo voy a poder aguantar.
– Sí, ya vas a ver que sí. Acordate lo que pasó la última vez que te resististe. Te dolió el doble.
– ¿Y después?
– ¿Después qué?
– ¿Cómo sigo después de esto?
– Como siempre.
– No entiendo cuando me decís “como siempre”: siempre es un tiempo que no conocemos. Me cuesta creer que esto me esté pasando a mí.
– Pero ya pasó.
– Te digo que no, que no pasó nada. Que todavía está aquí: lo veo. ¿Vos lo ves?
– No, no puedo. Solo vos lo podes ver.
– Entonces no quiero hacerlo.
– Si no lo haces, va a ser peor.
– …
– Respirá por la boca.
– …
– Así, muy bien. Aguantá. Ahí está: ya está adentro. Aguantá, dale. Sh, sh, no. No grités. Contá hasta tres y volvé a respirar por la boca. Sabés que si gritás, es peor. Un poquito más y…. listo. Ya está, ¿cómo te sentís?
– Tengo la boca seca.
– ¿Te dolió?
– Sí.
– ¿Se te pasó?
– No.
– ¿Alivia al menos?
– Quiero ver a papá.
– No está.
– Sí, yo recién lo vi.
– Cerrá los ojos una vez más y respirá por la boca. Tenés que contener el aire así, mirá; y luego contá hasta tres. Luego soltá el aire, despacio.
– …
– Así, muy bien.  Abrí los ojos de nuevo. Despacio, despacio.
– …
– ¿Ahora lo podés ver?
– ¿A quién?

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