No, hoy no

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Ella me dijo que No, que Hoy no.
Pero yo no le hice caso, porque en el fondo sabía que no tenía razón. Hay días así, como este, en que me gusta que crea que tiene razón: hoy que me dijo que No. No es que nunca tenga la razón: hay días en que sí, que sí la tiene. Entonces yo se lo admito y le digo: Sabés qué, con respecto a tal o cual cosa, tenías razón. Y Ella sonríe victoriosa. Como ahora, que mientras me dice que No, que me olvide de eso, que no va a suceder, ya está sonriendo de antemano. Sonríe, como si ya hubiese ganado la batalla nuestra de cada día. ¿Y yo qué hago? Le devuelvo la sonrisa. Sínica, pienso. Pienso y no se lo digo: pero le muestro mis dientes, a sabiendas que hoy está equivocada y que hoy soy yo el que tiene razón. Pero hoy me levanté sin ganas de discutir. No tengo fuerzas, ya no me quedan: Ella me las consume todas. Desde el primer día, como un ser que se alimenta de tu alegría, o de todo aquello que te hace feliz. Te la quita, te la estruja, te la hace añicos: tu felicidad deja de ser tuya en el momento en que se transforma en una sonrisa, para convertirse en propiedad de Ella. Se la adueña, la convierte en algo oscuro y la hace jugar a su favor.
Pero hoy no. Hoy no le voy a dar con el gusto: no la voy a dejar que me diga que soy un infeliz. Aunque Ella me diga que No, que Hoy no, aunque yo sepa por dentro mío que Sí, que Hoy sí. Para que no me suceda como el otro día, que ella me dijo que No, y que al final sí sucedió y volví a casa hecho un desastre por no llevarlo. O como el día que Ella me dijo que , que Hoy sí, y al final no sucedió. Me hizo llevarlo al pedo: un carga que si bien no me molestaba llevar conmigo, me recordaba a Ella y su obstinación cada vez que lo miraba: cargaba con un error ajeno, el de Ella; ese día se había equivocado. Pero hoy no. Hoy voy a hacer caso omiso a lo que me ordena, como un acto de rebeldía silencioso que me permitirá librarme por unos segundos de esta sumisión disfrazada de amor. Enferma, le quiero decir. Estás enferma. Pero no le digo nada.
Sigo tomando el desayuno en silencio, escuchando sus razones por las que me dice que Hoy no, que hoy no va a llover. Cómo va a llover si no hay ni una sola nube en el cielo, argumenta. No seas ridículo, qué vas a andar cargando con ese paraguas todo el día como un boludo, agrega. Bueno, entonces no lo llevo, le respondo. Entonces me sonríe: piensa que ganó la batalla. Aprovecho el instante en que Ella se da vuelta para seguir lavando los platos y me acerco hasta la puerta, la abro y le gritó desde ahí: Nos vemos a la hora del almuerzo. Y Ella responde, sin darse cuenta que saqué el paraguas que estaba en el hall de entrada: Nos vemos hijo, cuidate. Recuerde cuánto lo ama su mamita, me dice. Pero no le respondo. Cierro la puerta y empiezo a caminar mientras del cielo se desprenden las primeras gotas. No alcanzo a llegar a la esquina que escucho un grito. Viene de casa.
Martín Alanís
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