Graciela

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– ¿A qué hora va a volver?
– Ya le dije, vuelve a la hora del almuerzo.
– ¿Falta mucho?
– ¿Para qué?
– Y para la hora del almuerzo.
– No, abuela.
– ¿Cuánto?
– Una hora… hora y media como mucho.
– ¿Dónde está?
– En la escuela.
– ¿Y a qué hora va a volver?
– En un rato, para almorzar.
– …
– …
– Me quiero ir.
– ¿A dónde se quiere ir, abuela?
– A casa.
– Pero si ya está en casa.
– …
– No, abuela. No llore, yo estoy aquí con usted.
– Llevame.
– No la puedo llevar a ningún lado. Estamos en casa. En un rato, viene Carlos.
– ¿Dónde está Carlos?
– En la escuela.
… 

Mientras el calor de la cocina la adormece, escucha una música a lo lejos. Pero otra vez, la distancia la engaña porque la música está ahí, en algún lugar cercano. Salía de otro lugar, no solo de la radio. Y esa voz, esa voz… Ella podía reconocer esa voz. Con los ojos cerrados, acomodándose para dormir otra siesta -había perdido el número de siestas que iba durmiendo en el día- empezó a tararear despacio: “…erguida frente a todos, me volveré de hierro para endurecer la piel”. Luego, la letra se fue desdibujando en su cabeza. Y la música empezó a apagarse lentamente. Y ella también empezó a irse de ella misma, sin saber cuándo iba a volver.

– ¿Estás ahí?
– …
– Chica, ¿estás ahí?
– Sí, abuela. Aquí estoy.
– ¿Dónde está Carlos?
– Está durmiendo. Es de noche, abuela. Duérmase que todavía es de noche.
– ¿Y mamá?
– En su casa.
– Llevame.
– ¿A dónde quiere que la lleve a esta hora?
– A la casa de mamá.
– ….
– A la casa de mamá, te dije.
– Ahora no puedo llevarla, es de noche. Pero mañana a primera hora vamos.
– Quiero levantarme.
– No abuela, es de noche. Están todos durmiendo.
– ¿Y Carlos?
– También duerme.
– Despertalo.
– No puedo abuela, mañana tiene que ir a trabajar. Duérmase.

Como una gota rebelde que salta sobre una roca, abandonando el cauce del río al que pertenece, ella se resistía a dejarse arrastrar por la corriente feroz del olvido. Su memoria era un mar, pero también era una cárcel, y sus recuerdos habitaban en un faro que emitía una luz intermitente. “La enfermedad es así, progresiva, lenta; va a empezar a notar que tiene lagunas en la memoria” le había advertido el doctor. Pero ella no quería lagunas. Ni mares, ni cárceles. Quería tierra firme, arena en los pies: la zona conocida, fuera de todo peligro.

….

La noche era un laberinto oscuro, un pozo negro, un campo desierto, un pasillo donde se caminaba a caminaba ciegas; su mente, paredes que tenía que tantear con las manos hasta dar con algún recuerdo que le permita sostenerse. Mantenerse en pie, aún estando acostada. Y a la noche, de nuevo, las voces. Y de nuevo, el recuerdo. Esa melodía, ella conocía esa melodía. Sus labios se despegaron y entonaron, casi como un murmullo devorado por la ferocidad del silencio nocturno: “…con el alma te quiero, pulpera, y algún día tendrás que ser mía / Mientras llenan las noches del barrio, las guitarras de Santa Lucía”. Sonreía. En la plenitud de la noche, ella había vuelto. Y por un segundo, su regreso la hizo sentirse viva. Por un segundo, volvió a sentir que el mundo le pertenecía.

….

– Chica.
– ¿Qué abuela?
– Ayudame.
– ¿Qué quiere, abuela?
– Me quiero parar.
– Vamos entonces, la acompaño al baño.
– No.
– ¿No tiene ganas de ir al baño?
– No.
– …
– …
– Me voy.
– ¿A dónde se va a ir?
– A la casa de mi mamá.
– Pero no hay nadie ahí, abuela.
– ¿A dónde están?
– Salieron. Vuelven más tarde. Cuando vuelvan, la llevo.
– ¿Y Carlos?
– En la escuela.
– ¿A qué hora va a volver?
– A la hora del almuerzo.
– ¿Y qué vamos a almorzar?
– Estoy preparando unas milanesas de berenjena. Y lo vamos a acompañar con un arroz con atún y huevo. ¿Le gusta?
– Sí.
– Y para tomar hay jugo.
– No se almuerza con jugo. Se almuerza con vino.
– Bueno, vino entonces.
– …
– …
– …
– …
– Graciela, tengo sed.
– ¿Qué abuela? ¿Qué dijo?
– Tengo sed.
– No, no. ¿Qué dijo antes?
– …
– Dijo mi nombre, abuela.
– …
– Dijo “Graciela”, abuela… ¿no recuerda?
– …
– …
– Tengo sed.

Tomaba impulso desde el fondo del mar hasta romper la superficie y llenarse la cara de sol. Sentía el viento en su pelo mojado, pegado a su rostro. Ahí estaba todo, dispuesto tal como ella lo había dejado. Todo en su lugar, tal como ella lo recordaba. “Graciela” dijo mirando el cielo azul, que se abría a ella con la inmensidad con la que se presentan las cosas eternas. Era un instante finito, un destello fugaz de lucidez al que se abrazaba por unos segundos. Luego, como si alguien le atase un ancla en los pies, sintió el peso del olvido arrastrandola de nuevo al fondo. Descendía otra vez, hundiéndose en esa laguna llena de peces con nombres propios.

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