La cura

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Love & Hate” de Michael Kiwanuka

Miralo a los ojos, de frente, y buscá en ellos lo que eras antes de conocerlo. Una vez que te encuentres dando vueltas en su mirada, dejate ir: ya no podés ser la misma persona. Porque hoy, aunque quieras volver atrás, ya no sos el mismo. Hablale con la tranquilidad de saber que hiciste todo de corazón, que -según tu alcance- hiciste todo bien, y que nada -absolutamente nada- fue hecho con una pizca de maldad. Soltá la lengua hasta que la conversación se acomode, como se acomodan los gatos sobre la falda de una persona: evaluando la superficie, buscando la comodidad y el calor, aún en pleno invierno. Encontrá el momento justo para decirle lo que sentís. Decíselo sin vergüenza, sin miedos, sin prejuicios, sin censuras ni ensayos previos, con ningún prurito de por medio. Lo que contás de vos no habla solamente de lo que alguna vez fueron, sino también de todo en lo que te convertirte desde que se separaron. Si baja la mirada, aprovechá ese momento y perdonalo. Si vos bajas la mirada, perdonate a vos también. Es aquí donde ambos empiezan a sanar.
Si el silencio que se forma ahora entre tu boca y la suya, lo amerita, agarralo de las manos. Pensá: ¿dónde está aquél que una vez me hizo volar? Pensalo, pero no se lo preguntes: hay dudas que solo el tiempo y el silencio pueden despejar con mayor claridad. Buscá en vos las respuestas, aún sabiendo que hoy no las vas a encontrar. Aún sabiendo que el día que las encuentres, no las vas a poder entender. Aún sabiendo que aunque algún día las entiendas, te va a doler igual. Permitite perder. Sí, perder. Una vez más, te va a tocar perder. Prometete a vos mismo que ésta es la última vez. “Promete que ésta es la última vez”. Saborea la promesa en tus labios mientras él te cuenta algo de su vida, algo tribial, cotidiano. Algo de lo que te gustaría ser parte. Ahora rompela: rompé la promesa que te hiciste hace un par de segundos: nadie sabe con certeza cuándo es, definitivamente, la última vez. Cuando sientas el calor de sus manos abrigando las tuyas, decíselo, decíle todo lo que le querías decir. Te vas a dar cuenta ahora que el “qué decís” fue perdiendo color a medida que pasaron los días. Te vas a dar cuenta que el “cómo decís” las cosas, fue cambiando: cómo decimos, por ejemplo, “te extraño”, es también una forma de definirnos. Te vas a dar cuenta que cambiaste. Él también lo va a notar, pero no te lo va a decir. No esperes a que lo haga. Reconocé cuando la conversación esté por llegar a su fin. Levantate despacio de la silla y, sin apuro, abrigate. Nadie te corre. No tenés nada de qué escapar: no necesitás hacerlo. Buscá un punto de apoyo sobre el respaldo de la silla para pronunciar las palabras finales. Recordá la frase de Samanta Schweblin que dice: «lo importante ya pasó. Lo que viene ahora son solo las consecuencias».
Él te va a querer abrazar. Dejate abrazar. En ese último abrazo, resuman todo lo que se quisieron. Por un instante el olor que despide su cuello te va a mover hasta la última fibra del cuerpo; vas a sentir sus costillas como dos astillas clavándose en tu piel. Vas a sentir que las piernas te tiemblan, que el mundo se parte en dos cuando él roce tu cara con su barba. Vas a querer matarte, te vas a preguntar de nuevo por qué, por qué vos, por qué yo, por qué nosotros, por qué así. Desarmá con delicadeza ese abrazo y salí de su piel aunque tus huesos se estén partiendo en mil pedazos, aunque la piel te arda. Él te va a sonreír. Y vos le vas a devolver la sonrisa. Puede que sea la última señal de que la catástrofe llegó a su fin. Ya está. Ya pasó. Empezá a caminar por la vereda en dirección a tu casa, alejándote de la zona de riesgo. Hacé el último esfuerzo: no te des vuelta para comprobar si él aún está ahí, parado, mirándote marchar. Si es necesario, llorá de nuevo. Esta vez las lágrimas van a tener otra consistencia, otra cadencia al caer, otro color.

No te conviertas en lo que te destruye.

No te conviertas en lo que te destruye.

No te conviertas en lo que te destruye.

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