Donde se suicida el mundo

En “Los suicidas del fin del mundo” (Tusquets, 2005), no solamente la muerte aparece como uno de los personajes protagónicos en esta crónica patagónica de la periodista Leila Guerriero: también se filtra, entre las páginas y cada testimonio, el viento. Y es que el viento es el que hilvana, apenas susurrando o de manera silenciosa o dando latigazos feroces, cada una de las historias de estos suicidas.

Casos que parecen aislados, son llevados y traídos por los rincones de Las Heras, un pueblo de Santa Cruz; por el mismo viento.  Como “El viento que arrasa” en la novela homónima de Selva Almada o como el maldito viento solano que saca a la gente de quicio de Pedro Almodóvar en “Volver”, en este libro el viento cierra puertas y golpea ventanas, llena de polvo los pisos recién barridos y se levanta del suelo haciendo remolinos envolventes en el fin del mundo.

Ahí, donde parece que nace, o muere, o se suicida el mundo. Ahí, donde no hay explicación unánime para la seguidilla de suicidios que se sucedieron en menos de un par de años. Ahí, donde ningún medio pone su foco y que parece no existir más que en algún que otro mapa, un punto perdido en esa fría geografía. Ahí, en el fin del mundo: el viento enloquece, y lo que hace Guerriero con su narrativa es, justamente, angustiarnos a tal punto de querer encontrar una respuesta. Pero ahí, donde nace o muere o se suicida el mundo, el viento sigue haciendo de las suyas sin dar ninguna explicación.

El viento, como la muerte, nunca se ve; pero cuando llega lo derriba todo.

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