Para qué

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Empiezo a contar.

Cuántos días faltan para viajar, cuántos días restan para volver a trabajar, cuántos días tardará mi cuerpo en acostumbrarse a este vaivén, cuándo tengo que pagar el alquiler, cuántos días me separan del fin del semana, cuánto más puede demorarse eso que me desvela, cuánto tiempo tiene que pasar para que cicatrice esto.

Cuento los días en silencio, en un ostracismo absoluto, ajeno a lo que sucede afuera, mezquino de mi propio dolor y totalmente indiferente al ruido externo: no sé, no me importa, no quiero. Cuento los libros que tengo en mi biblioteca, cuento los que ya leí, cuento los que estoy leyendo, cuento los que aún me faltan por leer. Son muchos.

Entonces me asusto. Me asusto y me pregunto: ¿tendré tiempo? ¿Cuento con el tiempo? ¿O el tiempo es puro cuento?

Los verbos se atropellan en mis dedos, las metáforas chocan entre sí. Siento que me repito, que esto que está pasando ya pasó, y que sin embargo, todavía está por pasar. Tacho, como un preso en la pared de su celda, los días. De a tres, de a siete, de a treinta. Yo soy mi propia celda; y este mes, una cárcel. Tacho y espero hasta llegar al día marcado, entonces llega ese día pero todo sale mal; entonces tiro al tacho la espera.

El marcador vuelve a cero: es aquí donde antes de volver a contar, el cuerpo me dice basta y no sé hacer otra cosa que sentarme y llorar. Quiero contar las lágrimas pero se me rompen en las manos cuando intento atraparlas. Cuánto falta, me pregunto, para lo que sigue -aunque no sepa con certeza qué es eso que sigue-; cuánto falta, me vuelvo a preguntar, para que termine todo esto -aunque no sepa qué es todo esto-.

Tengo los párpados mojados y pesados: me cuesta despertar. Cuento hasta diez. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Pienso con qué pie puedo arrancar el día. Seis, siete, ocho. Derecha, izquierda, derecha, izquierda. Nueve, diez.

Del otro lado de las sabanas, hay un mundo que me espera. Siento frío en la planta del pie derecho. Me quedo mirando la ventana y me asaltan de nuevo las preguntas: ¿cuánto falta? ¿cuántos días? ¿cuántas horas? El mundo sigue esperándome para funcionar, pienso. Aunque solo sea para esto: para seguir contando los día. Sin saber para qué.

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