Frenar a tiempo

Lucas-Zimmerman-01

Avanzá tranquilo en tu auto, sin apuro y a tu ritmo, hasta la próxima esquina. Ahí vas a encontrar un semáforo, que no será ni el primero ni el último que te cruces en el camino. Rojo: detenete, amarillo: ojo, verde: seguí con tu marcha. Si hace falta, contemplá el mapa las veces que sean necesarias. Fíjate dónde estás parado y a donde querés ir. Estudiá si contás con los recursos para llegar ahí sin exigirle a tu auto lo que no te puede dar: medí el aceite, llena el tanque, revisá los frenos una, dos, tres veces. A lo mejor los vidrios estén un poco empañados: tomate el tiempo necesario para limpiarlos. Buscá la claridad del día, aún si te toca andar bajo un cielo nublado. En los días luminosos, recordá lo que escribió el noruego Jo Nesbø en una de sus novelas policiales, negra como la noche: “El sol no quería abandonar la ciudad, alargaba los rayos convirtiéndolos en dedos, como una despedida interminable a través de la ventanilla de un tren”.

Otro semáforo. Otra espera. Otra decisión. Evaluá nuevamente los posibles caminos que tenés. Pensá que a lo mejor no llegués a tiempo. Pensá, que a lo mejor, no vas a llegar. Pensá en cómo disculparte por eso, cómo vas a pedir perdón. Pensá en que podés perderte y volverte a encontrar, aún sin obedecer a esa apremiante necesidad de apretar a fondo el acelerador de nuevo.

Despacio. Vas a doblar en una esquina y aparecerán no solo uno, ni dos, sino tres caminos: vas a tener que elegir uno. Volvé a perderte si hace falta. Ya lo escribió una vez Clarice Lispector: “Perderse también es un camino”. Hacé marcha atrás, pero antes mirá por el retrovisor. No vayas directo al choque: lo que hay atrás tuyo, por más que lo dejaste atrás, forma parte del camino. Retomá la ruta que conocías hasta toparte de nuevo con otro semáforo. Levantá la mirada: si está en rojo, tené paciencia. Cuando la luz amarilla titile, respira hondo; cuando haga lo mismo la luz verde: acelerá de nuevo, pero lento. Sentí el sudor de tus manos sobre el volante en el verano y el frío de tus pies en invierno.

En mitad del camino, te vas a preguntar: ¿por qué tomé este camino y no el otro? Ese que ya conocía, el atajo que sé de memoria y que no me exige replantearme dar tantas vueltas a la rotonda y frenar y avanzar y frenar y avanzar de nuevo. Te van a asaltar mil respuestas, que seguramente escuchaste decir a otros, pero que de alguna forma u otra, ya no surten efecto alguno en vos. Por algo no se subieron a tu auto. Por algo los dejaste atrás en el camino.

Creo que manejar es como ir a terapia: en algún punto, tirarse al diván te enseña a frenar a tiempo, y también a observar bien (o mejor) a ambos lados de la calle antes de avanzar. Te quita lo intempestivo, te domestica la ansiedad: esas terribles ganas de llevarte el mundo por delante como si estuvieses corriendo una carrera de Fórmula 1.

¿Yo? No, yo no sé manejar –la vez que intenté aprender, el Renault 9 gris de mi mamá quedó estampado contra un poste de luz: pero qué sería de un auto sin un par de abolladuras, ¿no?-.

No. No sé manejar, pero sí voy a terapia para aprender a conducir mis pasos. A fin de cuentas, como dice Serrat, el camino es cuesta arriba. Y yo voy a pie.

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