La sombra del estigma

Es miércoles, 10 de agosto. Año 2016. Las redes sociales están caldeadas, como siempre, discutiendo sobre los dichos del cantante Gustavo Cordera en el marco de una charla con alumnos del periodismo: “Hay mujeres que necesitan ser violadas para tener sexo”. Se discute sobre lo que se dijo, se argumenta en contra e incluso a su favor, qué por qué dijo eso, que no hay que darle más vueltas: que lo dijo y punto, que en realidad quiso decir otra cosa, que solamente quiso provocar, que es nefasto, repudiable, que esto y que aquello. Mientras las palabras van y vienen, asoma su nariz –de manera silenciosa y siniestra- en pleno siglo XXI: el estigma. Otra vez, el estigma meciéndose en la agenda de los medios, hipnotizándonos, adormeciéndonos como un gas venenoso.
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La lista es conocida y cada día que pasa, parece que algunos medios se esfuerzan más por engrosarla hasta el paroxismo -son estos mismos titulares que se convierten en muletillas por donde, entre broma y broma, el estigma asoma-: la adolescente que encontraron asesinada era fanática de los boliches, murieron tres personas y un boliviano, si desaparecieron algo habrán hecho, yo también tengo un amigo gay y no pasa nada, a las mujeres les gusta que les digan un piropo por más que les digan alguna grosería, mirá lo que logró pese a ser mujer, pese a su nacionalidad, pese a ser quién es, pese a su edad. En su fantástico libro de ensayos “El tiempo sin edad”, Marc Augé habla sobre el viejo prestigioso que, hoy en día, no debe aparentar su edad: porta, ante todo, “la marca de la negación”. Qué desazón resulta ser alguien en el mundo sin pensarte como una tuerca mal puesta para que el imaginario social funcione.
No solamente los titulares son espacios donde, ya sea de manera sutil o brutal, la condena social parece enraizarse en el inconsistente colectivo de quienes los leen. También la proliferación de espacios se convirtieron en escenarios para comentarios como los que se leyeron en las notas sobre la masacre en el boliche de Orlando (¿Hay que aclarar a esta altura que el boliche era “gay”? ¿Por qué? ¿Qué sigue? ¿Vagones de subte solo para mujeres?): “Qué irónico ser puto y morir baleado”, “Por fin acabaron con esos dispensers de SIDA”.  Éstas son algunas de las frases que más hicieron eco en mi cabeza por el lugar desde el que se generaron: cabezas minúsculas, y corazones marchitos de odio donde parece que nunca existió la posibilidad para dar y recibir amor. ¿Qué te mueve a pensar así? ¿Qué? Y lo peor de todo es que no solamente estas palabras tienen espacio, sino que no hay filtro que evite que se siga alimentando este monstruo.
Creo que hay cosas que están funcionando mal en este mundo. O mejor dicho, que son funcionales. Funcionales a una postura construida con los años a base de una ideología arcaica, donde la reflexión no parece tener lugar y que parece reproducirse de generación en generación. Como un gen, como un virus.  Lo más triste es que estos dichos están naturalizados de una forma bestial, que uno escucha y lee y comparte y comenta y deja pasar porque ya está, si la mayoría lo dice, entonces debe ser así: en lo cotidiano, la sombra del estigma todavía cosecha víctimas a plena luz del día. Habrá que cruzarse de vereda las veces que haga falta, para esquivar estos dardos que, como un aguijón, siguen contaminando el mundo. O pararlos de pecho y dejar que nos den de lleno, que nos duelan lo suficiente como para finalmente decir basta
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Redacción Data Rioja
10/08/2016
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