Un día perdido

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A veces, cuando llego a casa después de un largo día, me tiro en el sillón y dejo que pasen una o dos horas, hasta que llega la hora de la cena. Intento leer, pero no puedo: es en vano obligarme, sé que no es el momento y, que por más que quiera -y por más que mi lista de libros pendientes aumente a medida que pasan los días-, no puedo leer. Dejo que el letargo de la tarde me adormezca, y mientras el sol se acuesta en el horizonte sobre el cielo porteño, me convierto lentamente en un animal doméstico. Entonces me dedico a hacer otras cosas en mi departamento que de ninguna manera haría todos los días: que lo cotidiano se convierta en mediocridad siempre fue mi peor pesadilla. Por eso leo. Por eso, a lo mejor, escribo.
Me pongo, por ejemplo, a lavar todo lo que se acumuló en la bacha de la cocina, y disfruto como la virulana, con sus rulos eléctricos y dorados, despega los restos de comida, esa grasa, esa mugre que fue creciendo en la semana. Si no es a mi tía a quien llamo para preguntar por mi familia, llamo a mi hermana o a mi papá: quiero saber qué hacen, aunque sepa perfectamente lo que están haciendo; quiero saber cómo están, aunque a veces me cueste entender cómo siguen sus vidas sin mí. Después tiendo la cama: cambio las sábanas, doy vuelta el colchón, sacudo las almohadas hasta que se desprenden las últimas partículas de polvo, las últimas partículas de alguna pesadilla. Preparo la cena: mientras los muslos de pollo bañados en limón y sal se cocinan en el horno, lavo y pico y armo la ensalada en un bowl metálico: ahí pongo la lechuga, la rúcula, un par de rabanitos.
A veces pongo la música al palo para que inunde el departamento y calle las voces que no dejan de hacer cortocircuito en mi cabeza (“No debiste, no quisiste, no pudiste, por qué no lo hiciste, por qué al menos no lo intentaste”). Elijo Serrat como paliativo para no extrañar a mi viejo, elijo Ana Gabriel como paliativo para no extrañar a mi vieja, elijo The Corrs -o algún otro CD de finales de los ’90 o principios del 2000- para no extrañarme tanto a mí. No obstante, mientras tengo un coro invisible cantando en la cabeza, me asalta de nuevo la incertidumbre: qué pasa con mi apetito de lectura, por qué no puedo leer.
Pongo un individual en la mesa ratona y orquesto todo para empezar a cenar a la hora justa en que comienza la novela. Me gusta ver “Educando a Nina”, me hace reír Verónica Llinás. Llinás me recuerda a mi abuela Sara; no porque sean parecidas, sino porque en las noches de verano, cuando con mi hermana quedábamos al cuidado de mi abuela, podíamos ver esos programas de sketchs de Gasalla, que de ninguna otra manera podíamos ver bajo la supervisión de nuestros padres. Ceno y me río -a veces, a carcajadas-; y también miro de reojo la biblioteca y me repito a mí mismo que sí: que hoy es uno de esos días en que me cuesta un mundo leer.
Pienso que me vendría bien tener más plantas en el balcón para cuidar -aunque ahora tenga una sola y sea autosuficiente: vive de manera milagrosa, a pesar de que nunca la riego, se mantiene en pie: extraña naturaleza-. Pienso en que me vendría bien tener una mascota que me reciba cuando llego del trabajo, pero el contrato del departamento es claro e inflexible en este punto: nada de perros, nada de gatos. Pienso en el pibe que me gusta pero que no me da bola, y en todo esta soledad que tengo para compartir con él y no puedo: las risas, los rabanitos picados, las baladas de Ana Gabriel, los muslos de pollo, los míos. Pienso, pienso, pienso. Pienso por qué hoy, me cuesta tanto leer.
Mientras me cepillo los dientes, trato de recordar las instrucciones de la odontóloga para una limpieza prolija y profunda: que es una cuestión de disciplina, me dijo. Como leer, pienso. Después me acuesto, y a mi lado, en una mesa de luz improvisada tengo un par de libros apilados que parecen mirarme, acusándome de haber hecho algo malo: como si hoy no me hubiese esforzado lo suficiente, porque ellos saben -y yo también sé- que leer puede salvarme de esta noche que se avecina, y de este día que va llegando a su fin. Pero no puedo. Me levanto de nuevo y apago la luz -pienso que a la lista de cosas que me faltan comprar, debería agregar un velador-, y vuelvo a la cama caminando por el sendero que dibuja la luna a través de la ventana. Me acuesto de nuevo, tratando de despojarme de mis propias exigencias y aún así no puedo evitar pensar que perdí de nuevo: una oportunidad, un día, una hora más. Para leer, para decir “te extraño”, para vivir un poco más.
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