Un lugar en el mundo

No tienen por qué saberlo, pero en la casa donde vivía en La Rioja hay una pieza que se  conecta con otras dos piezas -sí, pese a que ya llevo un par de años viviendo en Buenos Aires, no se me quita la costumbre de decirle “pieza” a la habitación-. En esa pieza había dos camas: la mía, ubicada a la derecha y a pasos de la pieza de mis viejos; y la cama de mi hermana, ubicada en la izquierda, a pasos de la pieza de mi abuela Sara. Cuando éramos chicos, rara vez dormíamos con mi hermana ahí: los fantasmas de la noche nos hacían huir cada uno para cada lado. Mi hermana se metía en la cama de mi abuela, mientras que yo picaba a la de mis viejos.

 

Con el paso del tiempo, mis viejos se separaron y esa pieza quedó disponible para las mujeres que cuidaron de mi abuela hasta que murió. Hace poco mi hermana se mudó a esa casa con mi cuñado y mi sobrino, quién heredó la pieza del medio. La de mi abuela quedó para mi hermana y mi cuñado, mientras que la de mis viejos ahora es un depósito de muebles; un cementerio de camas, colchones y un par de cosas mías que fui acumulando en los años que me tocó dormir ahí cuando decidí irme a vivir con mi abuela Sara. Pero esa es otra historia.

 

Esta pieza del medio cuenta con dos puertas, una que da a un patio interno –que conecta con la pieza de mis viejos-, y otra que da al living de la casa: las ventanas, ya sea que tengan o no por cortinas, dejan al descubierto el interior de la misma. Pienso ahora que de chicos, con mi hermana, no aguantábamos ser vistos por la noche a través de esas ventanas. Vaya a uno a saber qué zonceras se nos cruzaban por la cabeza, qué fantasías o miedos imaginarios nos visitaban a la noche, que con mi hermana no resistíamos ni un segundo en nuestras propias camas y salíamos corriendo a las otras piezas. Nunca pudimos generar un sentimiento de pertenencia ahí, por lo menos yo nunca pude decir “Esta es mi pieza”. Sucede todo lo contrario con el resto de la casa, que en lugar de habitarla nosotros a ella, ella habita en nosotros: nos habla, nos escucha, nos espera, nos da la bienvenida, nos enseña a través de sus paredes el paso del tiempo.

 

Como les contaba anteriormente, ahora esta pieza del medio la heredó mi sobrino. Y adivinen qué: tampoco Heber duerme en ella. No aún. Debe ser porque todavía no se acostumbra al ruido que hace la noche cuando cae con su propio peso sobre la casa. Entonces, repitiendo una conducta familiar, al llegar la noche se encamina a la pieza de mi abuela, donde ahora anidan mi hermana y mi cuñado, y duerme ahí con ellos. Hace exactamente lo mismo que hacía yo hace un par de décadas atrás. Le digo a mi hermana que le dé tiempo, que es hasta que se acostumbre a su “casa nueva”, hasta que pierda el miedo a eso que no sabemos qué es, pero que de alguna manera u otra, se manifiesta de manera cíclica en la familia en esa pieza.

 

Hace poco estuve en La Rioja y volví a esa casa, la que me ve crecer de forma interrumpida, la que me ve ir y volver varias veces al año. Como mi pieza –la ex pieza de mis viejos- aún está atiborrada de muebles, les dije que iba a dormir en la pieza del medio, que qué más da, si son solo dos noches. Nada raro ocurrió, la verdad no sé qué esperaba.

Creo que por primera vez, después de veintiséis años, pude dormir en la pieza del medio: esa que conecta todo, esa que está al descubierto, que está expuesta y por la que entra el susurro de la noche y el sol de cada domingo; esa pieza perdida en algún punto del mapa, entre las montañas de Joaquín Víctor González y la ciudad de los naranjos de Mercado Luna; esa donde hacen eco los ladridos de mi perra Anita, la risa estridente de mi sobrino y el silencio cómplice de mi hermana; esa pieza del medio que nunca me pudo ver crecer pero que aun así, con el paso del tiempo, me da la bienvenida una vez más y me hace sentir que -por más perdido que esté- aún tengo un lugar en el mundo.

 

En un momento pensé que me iban a asaltar esos viejos miedos que tenía cuando era chico, pero que esta vez no tenía ninguna otra cama para escapar: estaba atrapado en mi propia adultez, me tendría que dormir acurrucado en mis propios medios y despertar al otro día para comprobar que aún respiro, y que en la pieza del medio también tienen lugar estos pequeños milagros.

 

Redacción DataRioja – 17/08/2016

 

 

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