Nicanor Parra: una isla hecha de poesía

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Hay días que son un mar, tan interminables que el horizonte parece nunca llegar; entonces uno empieza a sentir el peso de las horas como un ancla pesada atada a los pies, un bloque de cemento que nos hunde en el desasosiego de la rutina. De a poco sentimos como el agua empieza a rodearnos el cuello, nuestra cabeza queda flotando como un corcho entre papeles, reportes, reuniones, computadoras, delirios de oficina. Pataleamos inútilmente pero el cuerpo no responde, damos brazadas en vano pero no hay caso: por cada mail que respondemos, llegan otros dos más; y ahí se va nuestra vida, tecleando y tecleando, pidiendo a gritos -aún en silencio- un salvavidas.

Entonces la mente, poderoso bastón sobre el cuál el resto del cuerpo se sostiene hasta en los momentos más nimios, se encarga de abstraerte por unos segundos y recordarte un par de imágenes, acaso algún asunto pendiente que pueda con sus brazos arrancarte de esa masa compacta de agua e impedir que te ahogues en las arenas movedizas de la mediocridad. Como un espejismo que aparece en la nada, mi mente me recordó que tenía una cita pendiente con Nicanor Parra. Como un bote en medio de la tormenta, flotó del fondo de mi cabeza la imagen de mi viejo mostrándome orgulloso la biblioteca de su casa: de su colección me llamó la atención la edición de «Parranda Larga», una antología del poeta chileno. Como un carbón en las manos que quema, en los ojos me daban vueltas las palabras de Leila Guerriero -no sé si sobre Parra o la poesía, o si sobre las dos cosas a la vez-, de lo necesario que era leer poesía.

Cuando la rutina me iba mordiendo los talones, busqué en Internet uno de sus libros en PDF para crear ahí un lugar de resistencia contra el labor agobiante de la oficina: conseguí esa belleza llamada «Poemas y Antipoemas», publicado en 1954. Ahí encontré no uno, sino varios botes salvavidas. Uno de ellos decía lo siguiente:

«¡Buena cosa, Dios mío! nunca sabe

uno apreciar la dicha verdadera,

cuando la imaginamos más lejana

es justamente cuando está más cerca.

Ay de mí, ¡ay de mí! algo me dice

que la vida no es más que una quimera;

una ilusión, un sueño sin orillas,

una pequeña nube pasajera».

Son apenas una par de oraciones, frases que articulan en uno ese esqueleto exógeno como dice Rosa Montero en «El amor de mi vida», palabras que me hicieron sentir el calor del sol en la cara aún cuando faltan un par de horas para salir del trabajo y volver a casa. Con su poesía, Nicanor Parra me hizo sentir a salvo aún cuando no corría un auténtico peligro (¿aunque quién nos asegura que las agendas que nosotros mismos confeccionamos no son más que nuestras propias trampas?). Como si las olas del día me hubiesen puesto de pie en una isla con su nombre, el de Nicanor Parra: ahí me refugio de vez en cuando, de a ratos me escondo entre sus versos, y luego me asomo nuevamente a la orilla de mi escritorio para seguir enfrentando los latigazos que da la tempestad de la rutina.-

 

*Lic. en Comunicación Social

Redacción DataRioja

05/10/2016

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