Río de Janeiro: Crónica de un desencanto

Llego a Río y hace frío, lo que me ofusca con facilidad. Apenas agarro WiFi en el aeropuerto, empiezo a recibir mensajes y notificaciones de mi familia y de mis amigos. Pero solamente abro un audio. Es el que espero. Una voz mexicana que canta: “Vuélveme a querer / yo solo pido tiempo para hablar / Mentirse por orgullo no está bien / juramos no rendirnos sin luchar”. Tengo ganas de llorar, pero no lloro. Con mi amigo Demian tomamos un micro hasta Copacabana, donde está ubicado el hotel. En el camino, me duermo.

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“Lanchonete”. Intento todo el día aprender a pronunciar aunque una palabra en portugués pero no puedo. No me sale. No tengo gracia para hablar en portugués. No tengo gracia para hablar, pienso. Por eso escribo. Escribo por ejemplo lo siguiente: Río de Janeiro huele a fritura. Escribo por ejemplo: Comí cosas que no sé pronunciar. Le pregunto a Demian una vez más que comimos hoy. Él responde: joelhos y coxinhas -yo las escribo porque no logran grabarse en mi memoria-.  Probé juego goiaba, luego otro de mango. Prefiero la Coca Zero. En la lanchonete y en Río, a partir de las 20hs, se detiene el mundo: empieza la novela.

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Vi unos pescadores estáticos como estatuas esperando que algún pez pique el anzuelo, están parados al borde de un canal de agua. Admiro su estoicismo frente al viento que arrasa, frente a la lluvia que no para. Con Demi nos subimos a un bondi para ir al shopping porque la playa estaba imposible. Pero el bondi iba muy lleno, iba muy lento. Le pedí que por favor nos bajemos. Nos bajamos. Caminamos por Leblon, Ipanema y Copacabana. Le digo a Demi que estoy cansado, pero él sigue caminando. Llegamos al hotel. Los pies me duelen. Demi dice que a él también.

La lluvia no para:  según el pronóstico extendido, recién el lunes volverá el sol a bañar las playas de Río de Janeiro. Con Demi vamos a recorrer dos shoppings. Pienso en Beatriz Sarlo y en Marc Augé. Les digo que se vayan de mi cabeza: son mis vacaciones, déjenme descansar. Entro a un local y me pruebo ropa que no me gusta. Luego me pruebo otra que me encanta. Me fijo los precios y multiplico por cuatro. Compro. Después de pagar, empiezo a ver todo borroso. Pego la vuelta y me dirijo a los mostradores: me olvidé los lentes en uno de ellos. Los recupero. Nos vamos. Tenemos que correr bajo la lluvia hasta la parada del bondi. Éste llega y con Demi nos subimos. Vamos empapados.

De a ratos leo “Distancia de rescate” de Samanta Schweblin. Pienso en esto: en la distancia que me separa de todo. Estoy lejos de casa, estoy lejos de mi departamento en Buenos Aires, estoy lejos de lo que me hace bien, y a la vez, estoy lejos de lo todo que me hace mal. Pienso en lo otro: el rescate. Calculo las variables. Cuánto tiempo me tomaría recorrer este camino, aunque sea solo para salvarme a mí mismo. Salvarme de mí. Recuerdo lo que me dijo la psicóloga en la última sesión: “Tenés que empezar a perdonarte, Martín”. Miro la playa: las olas se desarman dando latigazos en la orilla. Están rabiosas, pero no sé por qué.

La música del bar nos permite hablar sin tener la necesidad de estar gritando, cosa que agradezco. Yo miro sin observar. Yo como sin saborear. Yo bebo sin tener sed. Cada tanto, le digo a algo a Demi y él no sé qué me responde, pero me hace reír. Estreno la ropa que compré a la mañana en el shopping. Me gustan los rayos negros sobre mi remera blanca. Pienso: estoy comiendo muchas frituras. Me digo a mí mismo: pará un poco. Me aconsejo a mí mismo: solo un trago, sabés cómo te pone el alcohol, lo mal que te hace. Mi cuerpo se mueve un poco, parece que tiene ganas de bailar. Paró de llover. Pedimos la cuenta y pagamos. Nos volvemos al hotel. Río me agota.

Releo una y otra vez estas instantáneas, y trato de recordar algo más sobre Río de Janeiro. ¿Pero qué más puedo decir? Enumero: playa, sol, arena, agua de coco, más shopping, más excursiones. Agrego mis ganas de volver al hotel y tirarme en la cama a descansar. Quisiera derribar el mito de las pieles morena y de la eterna alegría de Río de Janeiro. Pienso que a lo mejor le puse demasiada expectativa al viaje y la experiencia transformadora que esperaba con ansias nunca sucedió. Veo mis fotos y en todas aparezco sonriendo: mis dientes dibujan un tajo feroz en mi cara. Trato de recordar qué me hizo sonreír en esas fotos pero mi mente mezquina no me ayuda. Me siento estafado por Río de Janeiro. El lugar es quien uno es, recuerdo. Otra vez será, me digo a mí mismo.

Lic. en Comunicación Social

Redacción DataRioja

7/9/2016

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