Carranza 1366

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El primer día pensé que el edificio del frente era una cochera. Las luces azules de neón, su arquitectura semi-helicoidal, los autos que entraban y salían todo el día daban señas de que el edificio era el estacionamiento predilecto de todos los que iban a trabajar a Palermo Hollywood. También pensé que esa construcción tan moderna no era una cochera, que a lo mejor era un canal. Palermo Hollywood es una zona de canales de televisión como C5N, como FOX, como América. Al segundo día, cuando bajé al supermercado que queda en la esquina, leí un cartel que rezaba lo siguiente: Albergue transitorio. Llegué a casa doblándome de risa. Escribo en mi Facebook, en parte incrédulo, en parte haciéndome el gracioso mi reciente descubrimiento:
— Me mudé al frente de un telo. No hay remate.
A lo que Alejandro me contesta en un acertadísimo comentario:
— Listo primo, anotá las patentes del auto que el alquiler se paga solo.
 

 
No hay árboles frondosos que den sombra como los lapachos de la Plaza 25 de Mayo o las moras del barrio San Martín, ni casas bajas con rejas bajas por donde se puede entrever en las ventanas la mirada espía y poca disimulada de las vecinas de la avenida Castro Barros. Tampoco está Orlandito cometiendo el sacrilegio de andar despierto y silbando en plena siesta por el Shincal, ni Marianito y sus hermanos yendo y viniendo por el asfalto caliente en sus respectivas bicicletas por la calle Santo Domingo. Faltan ladridos de perros por la noche, y de día sobran los bocinazos. Aunque sea un barrio, le falta barrio. Aunque sea mi calle, no puedo evitar sentir que vivo rodeado de edificios con departamentos que se jactan de modernos y minimalistas, pero que en el fondo no son más que cajas de zapatos diseñadas para humanos que se van convirtiendo poco a poco en hormigas obreras. Por suerte los ventanales de mi piso son altos y dan al contra frente del edificio donde vivo; así evito las luces enceguecedoras del motel, y puedo ver a la noche los poros abiertos que cubren la piel del cielo.

En diagonal a mi balcón se pueden ver las ventanas del contra frente de un hotel — también moderno, también minimalista, también palermitano, también habitaciones-cajas-de-zapatos— . A veces salgo a que mi propio cuerpo contraste la temperatura que escucho en el noticiero por la mañana con la temperatura que me devuelve el mismísimo día. Estiro las piernas, estiro los brazos. Respiro hondo, suelto el aire, vacío el pecho. Me recuerdo que es un milagro el solo hecho de estar vivo. Parado en mi balcón veo atento si detecto algún movimiento extraño en las habitaciones del hotel, como un vouyerista morboso o como un escritor desesperado intento encontrar un cuerpo muerto de una mujer o un tipo mutilado, manchas de sangre o vidrios rotos, algún culo al aire; la idea disparadora de una posible novela de crimen o erótica que nunca voy a poder escribir. Pero no encuentro nada en lo que el hotel me ofrece, solo ventanales limpios, cortinas impolutas, turistas aburridos.
 

Nada tengo en el balcón más que un helecho a mis pies que vive por sí solo, es tan autosuficiente que a veces incluso lo envidio. Lo riego poco, solo lo hago cuando me acuerdo y digo: «Uy, colgué… ¡tengo que echarle un poco de agua para que no se seque!». Y voy y lo riego al pobre helechito, que me mira desde abajo, con la mirada rebelde dibujada en sus hojas como diciéndome: «Dejá nomás, yo ya no te necesito». El helecho, el helechito, sobrevive al ardor del sol y a la soledad de la sombra; perdura con una tozudez inusitada, con más ganas que mis propias ganas de habitar la piel que habito.
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