La tercera abuela

elena

Una tenía el pelo gris y cortito, era cómplice y protectora. Nunca permitía que cruce el umbral de la puerta de casa con los bolsillos vacíos: “Aquí tiene m’ijito”, me decía cuando me inclinaba para darle un beso, entonces ella me agarraba las manos con las suyas y me depositaba en secreto, un par de billetes. La otra era morocha y caminaba como hablaba: con elegancia, otorgándole a cada palabra y a cada paso que daba, una cadencia diferente. Sus gestos, al decir algo, parecían dibujar con las manos firuletes invisibles en el aire. Una era una gallina de huevos de oro, la otra un pavo real. Ninguna competía por el amor de sus nietos, ni sus nietos las comparaban jamás porque eran mujeres inigualables: las dos nos querían a mi hermana y a mí por igual. Con el mismo cariño desmedido, también querían así al resto mis primos. Así, de un rápido plumazo, puedo acordarme de mis dos abuelas.

Debe ser que las extraño, o que sin pensarlo y de manera inconsciente, ando pensando mucho en ellas últimamente. Debe ser que al no tenerlas presentes, sus ausencias me llenan de recuerdos. Vienen en tropel: unos nítidos, claros como el cielo calmo después de una tormenta. Otros me los invento: las imagino sentaditas en sus respectivos sillones de sus respectivas casas, vestidas con sus respectivos batones llenos de flores. En «Moscas de la casa», Shakira canta: «Aún sigo buscando en las caras de ancianos pedazos de niños». Y yo, al revés de la cantante colombiana, busco en los niños de la familia algún rasgo de mis abuelas. Por ahí tengo suerte y encuentro alguno. Pero sucedió entonces que conocí —tarde, pero al fin— a Elena Poniatowska. Me di cuenta que ya no había nada que buscar en los niños de mi familia porque mis dos abuelas estaban ahí, hecha una sola en la grandiosísima Elena. En el brillo de su mirada cuando sonríe, en pelo cortito y platinado que luce en cada entrevista, en el leve balbuceo a la hora de hablar; pero también en la precisión y calidez de sus palabras. Incluso parece que puedo escuchar a mis propias abuelas en la voz de Elena pero hablando con su tono mexicano, aunque mis dos abuelas sean más riojanas que el patay.

Si hago mal o si hago bien intentando reconstruir en la imagen de una escritora lo que la vida me quitó con los años, queda siempre a disposición del lector. Por algo debe ser que periodistas y escritoras que yo admiro muchísimo, como Leila Guerriero o Rosa Montero, halagan de manera unísona a la gran Elena: porque simplemente se lo merece. Porque Elena se ganó un lugar que no se lo puede quitar nadie. Y ese lugar no es el de ser la madre de la crónica literaria en América Latina, ni ser la tercera mujer en recibir el Premio Cervantes en el 2013. Elena ocupa algo más en la vida de aquellos que la leemos —de manera lenta e incluso tierna, intentando escuchar su voz en sus preciosas novelas, como «Leonora» o como «Querido Diego, te abraza Quiela» o como «La piel del cielo»—. Completando con mis necesidades la lectura que hago de sus libros, creo que Elena ocupa algo más que ser una de las mejores escritoras que pasaron por mi ojos y por mi biblioteca —y ni hablar que es de lo mejor que le pasó a la literatura hispana y también a la universal—. La literatura entonces me dio la revancha de poder encontrar en ella, una tercera abuela. Este es, entonces, un pedido solidario a la comunidad lectura (o simplemente a vos que me estás leyendo del otro lado, y extrañas tanto como yo, a tus abuelas): por favor lean a la tremendísima Elena Poniatowska. Tenemos tanto que aprender de ella. Tantísimo tanto.

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