Ignorancia y silencio

Hace una semana atrás todos hablábamos del VIH y del SIDA. Hablábamos sin estigmas ni prejuicios. Hablábamos sin miedo, sin vergüenza, sin culpa. Pedíamos a grito que se siga educando sobre la enfermedad y que se siga informando sobre el avance de la misma. Se pidió ayuda al Estado que cada vez está más ausente: al finalizar noviembre, el presupuesto de SIDA fue ejecutado en un 55%. Hablamos con profesionales, con médicos, con infectólogos, con psicólogos. Hablamos con personas que viven sin el virus, como con aquellas que viven con él. Hablamos de la educación sexual y de la prevención, pero una vez más nos olvidamos de hablar de cómo sigue la vida de una persona seropositiva después de su diagnóstico. Hablamos de la burocracia, de la legislación y la emergencia nacional (no declarada) de la escasez de materiales de prevención, de los faltantes de medicación retroviral y de reactivos de seguimiento-control en Argentina. Hablamos de esquemas, tratamientos y adherencia, hablamos de la salud pública y de la privada, hablamos de CD4 y de carga viral. Hablamos sobre conocer nuestros cuerpos no mejor, pero sí un poquito más. Hablamos del VIH, del SIDA y de las otras enfermedades de transmisión sexual. Hablamos —poco, muy poco— de la trasmisión vertical. Hablamos sobre la necesidad de la Reforma de la Ley Nacional del SIDA, que se actualice la de 1990, y que incluya a niños y adolescentes; y se prohíba y sancione definitivamente el test de VIH para acceder a un empleo sin discriminación. Hablamos del 30% de la población argentina que ya tiene el virus corriendo por su sangre y no lo sabe. Hablamos con nuestras familias, con nuestros amigos y amigas, con nuestros compañeros de trabajo. Hablamos de la enfermedad, pero desde un lugar más sano. Hablamos porque todavía estamos a tiempo, aunque a veces parezca que sea demasiado tarde. En el Día Mundial de la Lucha contra el VIH y el SIDA, el pasado 1° de Diciembre, se habló por todos lados pero siguen faltando respuestas. Repito: siguen faltando respuestas. Mientras tanto el silencio y la ignorancia siguen siendo nuestra peor enfermedad como sociedad.

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