Tan poca vida

Siempre me pareció una exageración decir que un libro te cambia la vida. No. Un libro no te cambia la vida, pero lo que sí hace es cambiarte cierta perspectiva. Por ejemplo, creo que «Cien años de soledad» me enseñó a leer de nuevo -pero no me cambió la vida-, o «La ridícula idea de no volver a verte» me hizo llegar a un acuerdo con la muerte para vivir con mayor ligereza -pero tampoco me cambió la vida-. Entonces, decir que «Tan poca vida» de Hanya Yanagihara me cambió la vida me sigue pareciendo una exageración, pero algo después de leer esta novela no vuelve a ser igual.

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Lo primero que te enseñan es a no juzgar a un libro por su portada. Sin embargo, es imposible no enamorarte de la fotografía Orgasmic Man de Peter Hujar que cubre la portada de «Tan poca vida». Y luego está la contratapa, que reza lo siguiente: “Para saber qué dicen y qué callan los hombres, de dónde viene y dónde va la culpa, cuánto importa el sexo y a quién podemos llamar amigo. Y finalmente, ¿qué precio tiene la vida cuándo ya no tiene valor?”. Entonces, desoyendo a una promesa que me hice al terminar el año de solo leer novelas cortas porque sentía que cada vez que me metía con un libro de más de 500 páginas la historia terminaba agotándome, lo compré. Y dije: Ok, aquí vamos. Tiene ingredientes promisorios: sexo, culpa, amistad, hombres.

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Lo que vino después fue una abrumadora sensación de no querer soltar este libro, y a la vez, necesitar que termine de una vez. Se podría decir que la presencia del dolor a lo largo de la historia es exagerada, que es incluso innecesaria, que por momentos llega a ser tediosa y redundante; pero por algún motivo todo este dolor es necesario en el libro. Una vez mi mamá me dijo: “La vida se compone de un momento de alegría, y a lo mejor, cinco momentos de dolor”. Se podría decir que la lectura de este libro es así: un momento de alegría, cinco momentos de dolor, un momento de alegría, cinco momentos de dolor. Y aún sí, no podía soltarlo en ningún momento: lo leía renunciando a horas de sueño, en el colectivo, en el aeropuerto, en la cama, en el living, en el comedor de casa, lo leía cuando me hacía calor y no me quería parar a prender el aire acondicionado para evitar romper el aura de la historia, lo leía incluso mientras volaba haciendo caso omiso a mi terrible miedo de viajar en aviones, lo leía mientras tomaba sol, mientras tenía casi todo el cuerpo sumergido en el jacuzzi, a sol y sombra, de día y de noche, lo leía, lo leía, hasta que anoche -creo que cuando algo se rompe, lo hace para siempre-, me vi llorando y leyendo a la vez. O leyendo llorando. Y no poder parar de hacer ninguna de las dos cosas. Incluso pensé llevarlo a terapia y comentárselo a mi psicóloga, ¡y terminé hablando toda la sesión de él!

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Si bien encontré comentarios de personas que leyeron el libro y lloraban con cada capítulo, pensé que de nuevo estaban exagerando. De hecho, no fue hasta la página 975 donde empecé a leer entre sollozos -casi llegando al final- cuando supe que «Tan poca vida» se estaba convirtiendo indefectiblemente en uno de mis libros favoritos. Lloré mientras leía, y me hubiese gustado que esos personajes salgan de esas páginas, me hubiese gustado abrazarlos y que me abracen. Me hubiese gustado escribir algo así, tan doloroso y tan bello. Entonces te queda ese vacío enorme tras leer un libro que pensás que cambia tu vida para siempre. Ese vacío que te recuerda que tu vida sigue igual, que aunque pienses que este libro la cambió para siempre, en realidad no cambió absolutamente en nada.

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No. Este libro no me cambió la vida, pero sí me hizo reflexionar sobre la perspectiva del silencio y reconsiderar otros aspectos que uno creo que tiene resueltos (de nuevo: la culpa, el sexo, la amistad, “ser hombre”). No sé si «Tan poca vida» es un libro que recomendaría. Pero si lo quieren leer, sepan que aquí tienen alguien para hablar de él las veces que sean necesarias. Alguien que transitó el dolor de más de mil páginas y quedó, como dice Mario Benedetti, roto pero entero. Darle la espalda a un libro con tanto dolor sería como intentar darle la espalda a la vida misma. Como el eslogan de promoción del libro, editado por Lumen en América Latina dice: “Como un puñetazo en el estómago, como el abrazo de tu mejor amigo”, a veces hay que hacer de tripas corazón y vivir. Aunque la vida sea solo esto: un momento de alegría y cinco momentos de dolor.

https://play.spotify.com/user/hyrulespeedrun/playlist/2iltVMBSo7DHnz7EllbWga

 

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