El iceberg

Cada vez que escucho cómo se relativiza la jornada laboral de los docentes, o se cuestionan los reclamos salariales que hacen, pienso que en realidad solo están viendo la punta de un gran iceberg.

Lo que les voy a contar a continuación es digno material de terapia: siempre odié los días jueves. Los odiaba porque sabía que esos días cansaban a papá porque daba clases en la secundaria y en la universidad.

 

Detrás de cada número, había una historia que contar. Y él las contaba. No importaba si eran clases de matemática, física, biofísica o bioestadística, él las contaba siempre con la misma pasión y coronaba cada explicación con su pregunta infalible a la clase: “¿Me hago entender?”.

 

Así que de chico se me fue grabando esa idea: que los días jueves eran malos, porque agotaban a papá. Que si llamaba para preguntarle cómo estaba, iba a recibir todas las semanas la misma respuesta en el mismo tono de voz: “Estoy agotado, hijo”.

 

La respuesta podía variar de un jueves al otro, pero la cadencia de su voz revelaba el peso de la rutina sobre sus hombros. Casi que me lo imaginaba del otro lado del teléfono cerrando los ojos, inhalando y exhalando para que, tras una breve pausa, llegue el predecible “No doy más, fue un día muy largo” o el lacónico “Estoy muerto”.

 

Con el paso del tiempo, me fui dando cuenta que el jueves no era en realidad el día específico que lo agotaba, sino que lo que lo terminaba de cansar era la suma de los otros cuatro días hábiles. Cómo puede ser, me pregunté, si los lunes, martes, miércoles y viernes, mi papá trabajaba solamente media jornada. O al menos eso pensaba ingenuamente yo. No me daba cuenta que el jueves solamente era la punta del iceberg, y que por debajo, condensado en ese hielo compacto se escondían horas de estudio, horas para preparar un tema nuevo, horas para corregir exámenes, horas para ser papá.

 

Debe ser por eso que cada vez que escucho cómo se relativiza la jornada laboral de un docente, o se cuestionan los reclamos que hacen –desde cualquier plataforma política-, pienso que “los críticos de la educación” en realidad solo están viendo la punta de un enorme iceberg. O, a lo mejor, no tienen un docente en su familia al cuál preguntarle -aun sabiendo de antemano la respuesta- cómo estuvo su día.

 

Ahora si me disculpan, es jueves y tengo que hacer una llamada.

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