La cita

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Cuando llegué, vos ya estabas ahí esperándome en la puerta. Lo primero que hice fue pedirte perdón por la demora. No hay drama, me respondiste. Hice todo lo que pude para salir antes del laburo pero se me complicó con el tránsito, me excusé. Tranqui, me dijiste, que ya sabías que de un tiempo a esta parte mi vida cambió y que los horarios que manejaba antes ahora no son los mismos. Entramos. Hace mucho que no hago esto, te aclaré. Pero creo que desestimaste mi advertencia. Por algo aceptaste mi invitación. Hace mucho que los dos queríamos vernos: esta película era la excusa perfecta. Cuando la cajera preguntó qué combo íbamos a comprar, te miré y me devolviste la mirada adivinando mi intención, como diciéndome: Dale, ya sé que los querés salados. Un combo individual de pochoclos salados y una Coca Zero con poco hielo, pedí. Estaba contento, como perro con dos colas.

Después entramos a la sala, faltaban aún diez minutos para que empiece la película. Recuerdo que te susurré al oído: Espero que esa parejita no esté besuquiándose durante toda la peli. No respondiste nada, pero con tu mirada aprobaste mi comentario. A la par de las luces, también los murmullos iban apagándose alrededor nuestro. Solo se escuchaba por ahí el ruido de una mano buceando dentro de un paquete de pochoclos, un sorbido de gaseosa, un shhh, silencio chicos. Ahí empieza, te dije emocionado. Me sonreíste y me agarraste de la mano: Tranqui, va a estar todo bien. En el fondo, sabías lo mucho que había esperado para ver esta película. Me recomendaste que la espere sin tanta expectativa, me recordaste el fiasco que me comí con “Escuadrón suicida”. Querías evitarme la misma decepción. Querías cuidarme. Ahora no solo te escucho, sino que también trato de ponerme en tu lugar y entender desde qué lugar me hablas. Sí, no te voy a mentir: a veces me duele escucharte. Pero escucharte me abre los ojos: puedo ver así cuánto crecimos los dos.

Cuando el padre de Bella se perdió en el bosque, notaste que mi cuerpo entero se tensó. Sabías que esa escena siempre me producía terror, que de chico me tapaba los ojos por el miedo que me daban los lobos. Me apretaste fuerte la mano que me tenías agarrada. Tranquilo, me hubieses querido decir. Pero no dijiste nada. Ya pasó Martín, ya pasó. La película siguió su curso, la fábula ancestral y el sueño hecho verdad me estaba gustando. Ahí viene, te dije. La parte que estaba esperando, la de los muebles cantándole a Bella “Nuestro huésped sea usted” en la cocina del castillo. Me viste de reojo cantar la canción de pe a pa, me dejaste mover los pies en la oscuridad y seguir el ritmo con las manos cuando llegó la parte de Emma Thompson como la Señora Potts. Me viste reír, me viste llorar. Me viste cantar Las tacitas van marchando, mientras yo voy burbujeando. Y aún así, pese a todo, seguías ahí. Conmigo. Después de acompañarme por casi dos horas en esta montaña rusa de emociones, salimos de la sala agarrados de la mano. Afuera estaba templado, así que aproveche nuestra diferencia de altura y te solté la mano para poder abrazarte. Fuimos caminando así hasta Avenida Córdoba. Ahí vamos a tomar el 140, te indiqué.

Hasta llegar a la parada del bondi te conté, por enésima vez, todas las teorías de por qué Bella es una de mis princesas favoritas de Disney: porque se pasa todo el día leyendo -incluso cuando camina, como yo-, porque está cansada de la vida provincial -razón por la que me mudé de La Rioja a Buenos Aires-, porque hay días que los únicos que me escuchan cuando llego a casa son los muebles, porque siempre termino enamorándome de una bestia. Pero todo esto vos también ya lo sabías. Igualmente me escuchaste. Me escuchaste y me sonreíste. Hasta que llegó el momento de despedirnos. Te pregunté si era necesario, y me respondiste que sí. Por qué, indagué. Porque ya estás grande Martín, me respondiste. Porque un día, pese a venir a buscar a tu niño interior en estas historias, vas a encontrar a quién realmente sos ahora, agregaste. Porque después de un tiempo, te animaste y volviste al cine solo, y porque por más que hoy te suelte la mano, siempre voy a estar aquí.

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