Destino

Mi respuesta es no. Cuando me preguntan si no tengo miedo de viajar en el primer piso del micro de larga distancia y en la butaca número uno, mi respuesta es no. Aún cuando me advierten de que puedo ser la primer víctima si el colectivo se choca de lleno con un camión, mi respuesta sigue siendo no. Siempre intento buscar el primer asiento en el primer piso, ya sea para contemplar la ruta de día o para estrellarme con la oscuridad de la noche. Diferente sucede cuando tengo que tomar un bondi que me lleve al trabajo, al médico, a la casa de un amigo. En estos casos, intento hacerme paso hasta llegar al fondo para sentarme en la última fila. Si puedo, y la suerte me acompaña, voy directo al asiento de la ventanilla derecha. Es una zona donde puedo zambullirme de cabeza en un libro y esconderme de la rutina, de los caminos conocidos, del tedio ajeno de los otros pasajeros. El destino que elegimos hacia dónde viajar nos define, pero creo que mucho más lo hace el lugar donde elegimos viajar. Por eso, tras despachar mis bolsos y darle la propina a los maleteros, subo al micro y busco ese lugar temido. El que casi siempre encuentro disponible. El que no cuenta con un extraño como acompañante. El que, en un posible accidente, me convierta instantáneamente en una catapulta humana. El lugar al que muchos le dicen que no, cuando yo le digo que sí. Porque sé que cuando me voy de casa, o cuando vuelvo a ella, todo aquello que dejo atrás va a cubrir mis espaldas hasta llegar a destino.

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