El interrogatorio

Quiero hacerte un par de preguntas. La primera, la básica, es cómo estás. Bien o mal, cómo. Y si estás bien, quiero notarlo cuando me hablés. Y si estás mal, también: quiero saberlo todo. Todo: cuándo fue la última vez que te reíste, dónde estabas la última vez cuando te largaste a llorar. Quiero indagar si eso que te dolía te sigue doliendo o ya cicatrizó. Y quiero preguntarte, además, si esa cicatriz te molesta, o te pica.
Me voy a contener de ofrecerme a besar tu cicatriz, pero no de leer tu mirada, seguir el ritmo de tus labios cuando hables o el movimiento de tu cuerpo al llegar. Aunque se caiga de maduro, te voy a preguntar si llegaste bien. Si te acordabas el camino a casa. Te voy a preguntar, con toda la ansiedad que me caracteriza, en cuánto tiempo te tenés que ir. Te voy a preguntar si conocés el camino de ida, aunque sepa de antemano cuál es la respuesta. Me voy a morder los labios, me voy a contener: prometo no ofrecerme a acompañarte.
Te quiero preguntar dónde estás, a qué distancia de mis manos, a cuántos metros de mis pasos. Quiero preguntarte si te acordás del primer día, aunque cada encuentro nuestro sea el último. Quiero saberlo todo. Necesito saberlo todo. Quiero que cada pregunta construya un puente que una tu boca con la mía, aunque el puente solo sean más preguntas.
Sí, quiero hacerte un par de preguntas. Preguntarte todo, menos, con quién estás.
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