Optimismo de vidrio, madera y papel

 

Mientras el resto de los muebles son cambiados de lugar de manera arbitraria en el estudio, él sigue intacto en el mismo lugar de siempre. Sujetado a la pared por seis tornillos, está a disposición de los que habitan la casa. Sobre el vidrio que cubre el papel, que en un tiempo fue blanco pero el paso de los años fue tiñendo de marrón, está anotado con marcador el horario escolar de mi sobrino. Dice, por ejemplo, que los lunes Heber inicia su jornada con lengua y que los viernes termina su semana con informática. Antes de recibirse, unos meses atrás, mi hermana dibujaba sobre él huesos, articulaciones, cartílagos. Antes de irme de casa, yo lo usaba para trazar, a lo largo de su metro y medio de ancho y sus 75 centímetros de largo, mapas conceptuales con las principales teorías de la comunicación. Pero fue mi viejo el que lo instaló junto a su amigo en este estudio para dar clases particulares de matemáticas y física.

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“Ese pizarrón lo construyó el Negro Salaya, está hecho milimétricamente” me responde cuando le pregunto a mi viejo de dónde lo sacó. “Geométricamente el pizarrón es un rectángulo, pero no cualquier rectángulo sino que cumple con las medidas del rectángulo áureo, que los griegos le llamaban la divina proporción”, me explica. El vidrio del pizarrón se encastra en las dos ranuras que tienen las maderas que lo sujetan. La de abajo tiene un reborde donde se colocan los marcadores y el borrador. Antes de convertirse en un horario escolar donde mi hermana consulta qué materia corresponde a cada día, el pizarrón fue el aliado de estudiantes de secundaria y universitarios. En él repasaban una y otra vez matemáticas  I y II, análisis matemático o física biomédica, ya sea para rendir en el colegio o para ingresar en la universidad de La Rioja o en la de Córdoba.

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Durante más de 20 años, sobre el pizarrón de casa desfilaron hipotenusas y catetos, fémures y tibias, agujas hipodérmicas y estudios culturales. Rodeada de manchas de humedad, dibujos en la pared que improvisamos con mi hermana de chicos y bibliotecas donde reina Borges, el pizarrón no registra fisura alguna más que el paso del tiempo. En una de sus esquinas superiores, hay dos calcomanías pegadas, cuyos bordes están rasgados. Una es de Albert Einstein sacando la lengua, la otra es un pequeño cartel que reza “Gracias por no fumar”. Impresa en una hoja, “La lección de optimismo” de Joaquín V. González está atrapada entre el vidrio y el papel marrón. Como si fuese un anuncio premonitorio del mismísimo pizarrón, se puede leer ahí la siguiente frase: «¡Trabajo va a tener el enemigo para desalojarme a mí del campo de batalla!».

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