Vuelva mañana

Le bastó la humedad de sus manos para darse cuenta que su sistema nervioso estaba alterado. Era la enésima vez que iba en busca de su expediente.
La secretaria de mesa de entrada, inmune a todo tipo de irritación que provocan sus gestos irreverentes, le contestó por enésima vez: «Don Pascual, se lo dije hace unos tres meses aproximadamente, su expediente debe estar para la firma».
Apoyó su bastón en la misma baldoza floja donde hace cinco años, el entonces jefe de oficina, había dejado encajado su taco de zapato recién estrenado. Su cuerpo oscilante giró en forma cautelosa ante la irremediable mirada de un joven empleado y buscó las escaleras.
Cada escalón son fracciones de su memoria, son arabescos de su pasado. Un descanso separa los primeros diez. Allí se detiene, más de la mitad de su cuerpo se apoya en el bastón, levanta su mirada, estima que puede ser su última subida; sólo un esfuerzo infinito puede provocar una decisión unánime. Su mano izquierda se aferra al pasamanos y logra subir el primer escalón, y luego otro y… otro. Alguien lo toma de su brazo derecho sabiendo que esa ayuda vale más que un día de gloria: Anetta Pozzo, una italiana desmadejada por el tiempo y a punto de jubilarse, sabe que debe pasar por ese laberinto bochornoso que impone la burocracia estatal. Pascual agradece esa deferencia y recuerda: «Hace un tiempo largo que no siento la ayuda de una mujer». Una lluvia triste ensombreció sus ojos haciendo contraste con las dos grandes farolas celestes de la italiana.
Pascual, que sabe del sabor amargo que provoca el desencanto, sintió por unos segundos la frescura compasiva en la mano de la mujer.
Busca el pasillo que lo llevará hacia la «Jefatura de despacho», su cansancio es amargo, el movimiento de sus piernas va cambiando la geometría del pasillo, una mueca de desprecio de un funcionario se entrecorta en sus bocanadas de aire. Para el espectro visual de los demás, es puro estorbo.
Cuatro pasos lo separan de la puerta. «Golpee y será atendido», alcanza a leer Pascual. Hace old-spanish-man-walking-with-walking-stick-on-city-street-of-barcelona-catalonia-spain-joe-foxpresión sobre el bastón con todo su brazo izquierdo, mientras levanta el derecho.
Golpea una vez.
Hay un cúmulo de esperanzas que se multiplican, hay una respuesta precisa e imprescindible, y hay un sueño que la realidad debe esperar.
Golpea por segunda vez.
Hay una diminuta y profunda ansiedad, hay un abismo de agonías, hay imágenes que se repiten y no se pueden borrar.
Golpea una vez más.
La puerta se abre de golpe. Los ojos de Pascual se agrandan de la cabeza a los pies. La voz de la secretaria es implacable: «El jefe no dejó ningún expediente firmando, vuelva mañana».Gira sobre su bastón, sabiendo que ese «mañana» es igual a los otros «mañana».El pasillo se torna oscuro. Entiende que su frustrada jubilación, como un cuadro hemipléjico, no podrá resistir un invierno más.
Baja las escaleras con resignación irremediable, murmura cosas incoherentes; hay un tiempo que le depara el horror de vivir en lo sucesivo.

 

 

— Carlos Alanís, “Fuga de Espejos” (2002, Ed. Nexo Comunicación)

 

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