Llevarse Malanzán puesto

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Sobre mis piernas, la cabeza de mi sobrino mirando mi celular que iluminaba de lleno de su cara. Esa luz, junto a las del auto, eran las únicas que iluminaban la noche y la ruta. Adelante, mis tías hablaban –una más que la otra-: “Yo no parí una hija, parí una piedra” le contaba la tía Mecha a la tía Tere mientras le servía mate. Tía Tere, cada tanto, espiaba por el espejo retrovisor y nos preguntaba si estábamos cansados, si estábamos bien, si necesitábamos algo.

El viaje a Malanzán –cabecera del departamento General Juan Facundo Quiroga, a unos 200 kilómetros aproximadamente de la Ciudad de La Rioja- suponía para mí una distancia que solo podía ser contabilizada en años. “La última vez que fui, Heber tenía 6 meses” le comenté a la tía Tere cuando me invitó a que visitemos el pueblo donde nacieron, además de la familia de mi mamá, el caudillo Ángel Vicente “Chacho” Peñaloza y la maestra Rosario Vera Peñaloza. Ahora Heber tiene 8 años, y eran justamente esos ocho años los que medían el ritmo de mi regreso a lo que los riojanos conocen como el Rincón de la Sierra de los Llanos o La Ruta de los Caudillos.

***

Malanzán tiene todo, y a la vez, pareciera que no tiene nada: según el último censo realizado en el 2010, el pueblo cuenta con 1.335 habitantes, los cuales es difícil ver en conjunto a menos que se celebre la Fiesta del Divino Niño en enero, o las fiestas patronales de la Virgen de Copacabana en febrero y septiembre, o el Festival de la Navidad Llanista en diciembre. O algún baile. O algún entierro.

Desde la última vez que fui, me sorprendió ver al regresar un arco enorme en la entrada del pueblo dándoles a los viajeros la bienvenida. “¿Y el cartel que te decía ‘Bienvenido a Malanzán?” le pregunto a mis tías apenas cruzamos el arco, intentando rescatar de mi memoria cómo era ese cartel que, en una forma más modesta, también te daba la bienvenida. “Ahí está” me señalan al unísono, apuntándome en medio de la oscuridad de la noche, el viejo cartel que –como un actor secundario- te da una segunda bienvenida al pueblo. Dos bienvenidas, menos de 100 metros una de otra: el arco triunfal, el cartel de siempre. Malanzán, pienso, es eso: el contraste, lo tiene todo, pero pareciera que no tiene nada.

***

Como la noche que habíamos llegado mi sobrino hizo pucheros pidiéndome volver, le prometí que al día siguiente íbamos a ir a “escalar montañas”, y así pude convencerlo. Escalar montañas, así, entre comillas: tenía planeado llevarlo a caminar la Lomita del Cristo y la Virgen del Camino, donde se trazaron senderos en cuyos costados hay piedras pintadas de blanco y dónde, además, se realiza el camino del vía crucis. Antes de ir a las dos “montañas”, salí al patio de casa y estiré los brazos donde Pedro, mi primo de 7 años, me pregunta de forma retórica, o me dice, o me asegura con la convicción que su corta edad le otorga:
—¡Estás saboreando el aire!
Y mientras exhalaba y bajaba los brazos, no pude no tentarme e imaginarme encerrado en mi monoambiente de Buenos Aires.
— Sí, Pedro -le contesto riéndome- Estoy saboreando el aire.

***

Un par de cabañas para turistas, el asado de mi tío, la montaña en forma de Elefante que todavía no me animo a escalar, el patio donde don Medina cultivaba verduras y con mi primo Juan pisábamos a mansalva, el dulce de membrillo casero, el paseo por la plaza principal, la visita al Museo Runa Huasi –con más de mil piezas de la cultura olongasta-, o la imagen del cementerio donde están los restos de mis abuelos. Todo y nada, qué me podía llevar de un día y medio de Malanzán después de ochos años. Caminando por el patio de la casa con la tía Mecha, ella arranca unas hojas de burro y me las da; y yo las guardo en el libro que estaba leyendo, “Vivir con virus” de Marta Dillon. Cada vez que abro el libro, huelo el olor que se impregnó en las páginas y leo: «Por suerte mi capacidad de amar está intacta. Y no me importa la forma del amor. A veces el envase no es lo que esperábamos. Pero la corriente es fecunda cuando no se le imponen límites artificiales». Mientras termino de escribir esto, pienso en la primera estrofa de la Zamba del pueblo: «Un rincón florido, mi Malanzán / yo jamás te olvido. / Cuna de valientes, tierra de fuertes / mi Malanzán». Cómo llevarse puesto algo que ya es de uno, pienso. Pese a los años, ¿cómo? Pese a la distancia, ¿qué?

*Lic. en Comunicación Social – Redacción DataRioja – 21.06.2017 – Twitter @CMartinAlanis

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