Los estropicios de la identidad

SandySkoglund_7Primera parte

Mostrame las manos, le pidió mamá a Desamparados el primer día que llegó a trabajar a casa. La muchacha no alcanzó a entrar por la puerta principal y ya recibió la primera orden de su nueva patrona, si es que se le podía decir patrona a esa mujer cuyo rostro se desdibujaba en arrugas. Alegra llevaba el pelo sujetado con una vincha, todo el cabello nevado por la evidente vejez que la iba consumiendo de a poco, un cabello canoso pero peinado con una prolijidad enfermiza. Esa mañana mamá llevaba puesto de vestimenta una bata celeste que le cubría todo el cuerpo. Dale, mostrame las dos manos, abrilas así, insistió Alegra indicándole a Desamparados como debía enseñarle las manos con las palmas, mirando el sol chica, mirá: así.  Dubitativa, Desamparo le mostró ambas manos y Alegra, al borde de lo irascible, las dio vuelta torpemente, quedando éstas con las palmas “mirando al sol”, un sol que partía el asfalto de esa tórrida provincia. Mirá, le dijo clavando sus grandes ojos azules de halcón indómito en la mirada desconcertada de la muchacha. ¿Cómo están tus manos, chica? le preguntó la anciana. Desamparados, absorta, contestó que bien, que sus manos estaban bien. Incorrecto chica, tus manos están vacías, y así como entran a esta casa, así van a salir: vacías. Cuando le pregunté a Desamparados como reaccionó ante ese primer incómodo encuentro con mamá, me respondió que no reaccionó. Mejor dicho, no supo cómo hacerlo porque su cabeza bordeaba entre la confusión y la ofensa, me cuenta Juan Martín. ¿Desamparados y Alegra? me pregunté. ¿Qué clase de unión irónica era esa combinación de nombres? No lo sé, contesta desinteresado Juan Martín, como si nunca hubiese hecho reparo de lo promisorio que envolvía estos nombres. Seguramente sí lo pensó pero no cayó en cuenta hasta este día, en el que le señalé esa grieta irreconciliable en la semántica de ambos nombres, la alegría y el desamparo, la dicha y la desdicha, el adverso y el reverso de una moneda que gira sin control. Como si el destino hubiese reservado para ambas mujeres un espacio en común para compartir que ninguna de las dos sospechaba, escenario donde se desarrollaron los hechos que voy recolectando para darle forma a esta historia. Desamparados llegó un día antes de que empezaran los estropicios de Alegra, esa fecha estaba marcada para cavar profundos huecos en la memoria de la anciana, huecos donde se filtraban acontecimientos pasados, rostros irreconocibles, recuerdos confusos, sabores y olores que había coleccionado a lo largo de su vida. Los estropicios se empezaron a revelar en los albores del día siguiente con la misma intensidad con la que el sol quemaba el asfalto y hacía sudar hasta la más seca de las rocas que ornamentaban el jardín.

Antes de hablar de los estropicios en los que sucumbió Alegra, cuéntame cómo los caminos de la vida condujeron a Desamparados a esa casa. Fue gracias a La Pocos Sesos recuerda Juan Martín con una mueca acompañada de un corto, instantáneo y  fugaz resoplido, como quién lucha para evitar que se escape una media sonrisa. Sucede que para entonces había desfilado por casa más de una docena de chicas contratadas para cuidar a mamá, pero ninguna duró más de un día, renunciaban ante el primer insulto, me llamaban al trabajo llorando porque mamá les había hecho alguna maldad o daban portazos argumentando que yo soy enfermera, suficiente mugre la que levanto cambiándole el pañal a esta vieja que se desgracia encima como para tener que trapear la casa de arriba a abajo bajo las órdenes de esa mujer senil. Sí, mamá era un hueso duro de roer, había que entenderla, ponerse en su lugar, cosa que ninguna de las muchachas se esforzó en hacer. Ocupar zapatos ajenos es una tarea jodida. ¿Qué si las condiciones de trabajo eran buenas? Pues claro, hasta comían, bebían y aprovechando mis ausencias llevaban a sus familias enteras para armar vaya uno a saber que jolgorio bajo el techo de mi propia casa. Como para que mamá no se indignara, justificaba Juan Martín. Unas eran prepotentes y otras modositas, las primeras batallaban con su orgullo como escudo la feroz guerra que Alegra les proponía cuando se presentaba la ocasión. A las otras, a las modositas, las que no cesaban de repetir si señora, cómo no señora, ¿necesita algo más señora?, a esas mamá se las llevaba puestas como un camión. Así le pasó a  Irene, pobre, ya en la cara se le notaba que no iba a durar más de una tarde. Efectivamente así fue, con la misma parsimonia con la que llegó a casa se marchó. En menos de dos horas si mal no recuerdo, es increíble que el motivo de su renuncia fuese un vaso de agua. O la disputa que se desató a raíz de un vaso de agua. Después de presentarlas, me cuenta Juan Martín, tuvo que partir porque dos alumnos de la escuela en la que se desempeña como director habían amenazado a una maestra con prender fuego a las cortinas del aula sino postergaba el examen de literatura para el cual ninguno se había ocupado de estudiar. Le dejó en las manos una papa ardiente a Irene, Alegra observaba desde una cabecera imposible en una mesa ovalada donde podían comer más diez personas a una tímida muchacha que la miraba sonriente con las mejillas ruborizadas, expectante, dispuesta a dar inicio a cualquier tipo de conversación con tal de romper el silencio que atronaba a ambas mujeres. En su cabeza, Irene ensayó qué palabras emplearía para conquistar a esa mujer que la miraba con un aire de desdén hasta burgués se podría decir. ¿Quiere un vaso de agua? fue el ofrecimiento que había elegido la muchacha para cruzar sus primeras palabras con Alegra. No tengo sed, contestó en seco la mujer, inmutable en sus gestos de condesa resignada a vivir en una provincia que se la llevaba el diablo del calor seco. Irene bajó la mirada, repensó la situación y le dijo que si necesita algo, abuela, me llama. Por ejemplo, si necesita que le lleve un vaso de agua, no tengo problema en acercárselo a la cama. Que sea la última vez que me llamas abuela, porque no soy tu abuela y a mi dormitorio no entras ni aunque mi cuerpo se esté consumiendo en llamas, sentenció en una poética maldad Alegra. Al otro día Irene presentó su renuncia, Alegra logró así apuntar otro tanto a las victorias de esas guerrillas caseras que coleccionaba con orgullo de magnitudes épicas.

La suerte que corrieron las muchachas siguientes no fue de la buena. Tu marido te mete los cuernos, sos una terrible cornuda le susurraba Alegra  a Susana mientras ésta movía sus abundantes caderas al compás de la escoba, tratando de esquivar el veneno que destilaba la boca de esa mujer que aprovechaba cada proximidad con la recién llegada para iniciar su siseo mortal. Le pido a Juan Martín que no se desvíe tanto de la pregunta inicial, aunque es inevitable que los recuerdos empiecen a correr de manera inexorable como un río de lava ardiente en esta charla. Estaba resignado, al borde de un ataque de nervios como reza el título de esa película de Almodóvar, pero en ese caso eran las mujeres las protagonistas, ¿la viste, no? Asiento con la cabeza y dejo que continúe su descarga desprolija. Pero en ese caso era yo el que estaba llegando al límite de mi cordura, a dos muchachas más de perder la cabeza, un pobre desgraciado que le preguntaba a su madre ¿por qué me la haces tan difícil, mamá? No necesito que nadie me cuide, bien me puedo cuidar yo sola, lo hice siempre, desde que murió tu padre y nos dejó a la deriva en la vida, yo me cuidaré por mi cuenta, así fue y así será siempre, replicaba impasible Alegra. Como Dios aprieta pero no ahorca, cuando yo ya tenía mi renuncia redactaba para presentarla al Ministerio de Educación y sólo restaba asignarle mi firma al final de esa hoja, llegó La Pocos Sesos a casa. ¿Cómo explicarle el parentesco que me une a ella? Digamos que es como una hermana lejana, pero en realidad es una prima, hija de una prima de mamá, una sobrina para Alegra, qué digo sobrina, una hija de corazón como le gustaba llamarle desde el momento en que se hizo cargo de ella. No sé en que circunstancias, sinceramente no lo recuerdo. La cuestión es que la crió como si La Pocos Sesos hubiese salido expulsada del vientre de mamá. Pero La Pocos Sesos nunca aprovechó las oportunidades que Alegra le ofreció desde que estuvo en edad de empezar a escolarizarse, se volvió una muchacha bruta, torpe en sus modales, ordinaria hasta para respirar. Se ganó su apodo en el barrio a mucha honra, acota Juan Martín. ¿Y por qué no quieres a los ingleses, Pocos Sesos? Porque Estados Unidos se caga en nosotros Juan Martín, ¿o acaso no te das cuenta? Pero mujer si serás bestia, los ingleses viven en Inglaterra y no en Estados Unidos. La Pocos Sesos hacía caso omiso de las correcciones de su primo hermano, su hermano del corazón y, convencida de sus argumentos sostenía que acá no importa donde carajo están ubicados en el mapa, negro, así me apodaba con cariño, acá te das cuenta que te están metiendo el dedo en el culo cuando ya te empiezan a hablar en otro idioma, sean ingleses de Estados Unidos o ingleses de Inglaterra, son todos parte de la misma mierda que nos va a declarar la guerra por el agua en cualquier momento. A lo mejor, entre tanta vulgaridad e ignorancia, la Pocos Sesos no estaba tan errada del todo pienso ahora. Llegaba de visita esporádicamente, le vaciaba la heladera a Alegra porque no caía sola, llegaba con un arsenal de niños, hijos propios y amigos de los hijos, y amigos de los amigos de los hijos. Tantos mocosos en casa fatigaban a mamá, no me extrañaría que ese también haya sido uno de los razones de su desquicio. Pero no quiero culpar a nadie, porque bien dice el dicho que mientras apuntas con un dedo a alguien, hay otro cuatros que te señalan a vos. Tras arrasar con un hambre voraz multiplicada por veinte con todo lo que había también en las alacenas de la cocina, la Pocos Sesos le daba un par de besos a Alegra y se retiraba con la caravana de niños con la que arribaba a casa.

Llegó al barrio el rumor de que la mami Alegra se volvió una mujer insoportable, que no hay muchacha que resista a tal sometimiento como es el cuidado intensivo de una mujer como ella 24 horas, cama adentro, cuotas de una vida propia invertidas en una vida ajena, tiró en forma de comentario la Pocos Sesos a  Juan Martín, quién escuchó con atención lo que su prima estaba por decir. La mami necesita alguien que la soporte en todos los sentidos, negro, bien sabemos los dos que es una mujer difícil para manejar. Lidiar con ella era una epopeya afirmó Juan Martín para sus adentros. Hace poco llegó al barrio una chica de la provincia “ésta de al lado”, provincia vecina Pocos Sesos corrige Juan Martín, bueno, llegó una chica de la provincia vecina, enfatizó irónicamente la última palabra y continuó informándole a su primo que la muchacha estaba desesperada buscando trabajo, cualquier “changa” le caía bien en este momento. Así como él, la muchacha también sentía la soga en el cuello. Hagamos una cosa, negro, yo te traigo a la muchacha, hablas con ella, dejas bien en claro de qué se trata el cuidado de la mami Alegra y arreglan entre ustedes cuando le vas a pagar, yo por darte una mano, no me gusta ver a mami así, a vos tampoco primo, mirate la cara demacrada y las ojeras por el suelo, sólo quiero ayudarte, yo, que tanto le tengo que agradecer a esta familia, y ahora, mírame primo, ahora viviendo en la miseria de nuevo por no hacerle caso a mami Alegra y no ponerme a estudiar como Dios manda, vivo en la pobreza con tantos hijos que…. Juan Martín la paró con la mano, sabía de qué iba el discurso emotivo de su prima y antes de que la Pocos Sesos diera continuidad a su ensayada lástima, me cuenta que le dijo que no te preocupes Pocos Sesos, si esta chica dura más de un día en esta casa, te dares unos pesos para que tires unos días más. Y si puede ser, siguió la Pocos Sesos segura de que podía conseguir algo, también me gustaría que en el día de mañana cuente con una de las tantas habitaciones con la que cuenta esta casa para poder morir en paz bajo el mismo techo donde pasé mi feliz infancia. No Pocos Sesos, las paredes de esta casa no se negocian replicó Juan Martín, palmeando sobre el  hombre derecho a su prima, dando por terminada así la conversación y despidiendo de una manera sutil a quién en cuestión de días traería a la casa a uno de los testigos claves que participarían en esta historia de hechos farragosos, tan desordenados como la noción de geografía internacional de la Pocos Sesos.

¿Y por qué Desamparados, Ampi? le preguntó a la muchacha llamándola por el apodo en diminutivo y cariñoso con el que las vecinas la habían engalanado a pocos días de haber llegado al barrio. La chica me confiesa que no hay poesía tras la elección de su nombre, llegó al mundo bajo el techo de una familia católica que venía de pecado en pecado. Algo engorroso y rebuscado es el motivo, me explicó Desamparados, quién dudaba si contarme las vueltas que dio su familia hasta tomar la decisión final de bautizarla con el nombre Desamparados Rodríguez. Sin segundo nombre que adornara y le otorgase prosa a lo que sería el inicio de la carta de presentación de su vida. Nombre y apellido, con eso basta y sobra, me cuenta Desamparados que respondía su madre cada vez que ella cuestionaba porque no tenía un nombre normal como el resto de sus amigas, ¿por qué no Florencia que hace referencia a las flores? ¿o María que evoca a la imagen de la virgen pura? ¡Hasta Soledad tiene más dignidad que Desamparo! gruñía de pequeña pero su madre no daba más explicaciones que recordarle que se ella se llamaba así por la Virgen de los Desamparados, Mare de Déu dels Desemparats en valenciano, consolando a su hija de que ese nombre también era una advocación de la Virgen María. Tuvo que transitar toda una infancia llena de burlas por otros mocosos que gozaban de esa normalidad envidiable por ella, esa normalidad de llamarse Ana, Laura, Pedro, Marcelo, no Desamparados, ¿en qué mundo una madre le pone a su hija un nombre así? Con los años supe la verdad, descubrí el origen de los motivos de mi nombre, me cuenta Desamparados, quitándose del rostro las lianas color azabache que aprovechan el menor descuido de la gravedad para taparle el rostro como si fuese una cortina de cabellos con vida propia. Resulta, arranca Desamparados, que como le dije anteriormente mi familia venía de pecado en pecado, eso decían en el pueblo en el que me crié y nunca supe a qué se referían exactamente hasta que en una noche de Navidad, tras cantar villancicos al Niño Jesús y abrir los regalos que descasaban bajo el árbol de material sintético que simulaba un abeto inerte, el primo de mi mamá, don Medina empezó a brindar por todo. Al hombre, borracho hasta la médula, le sobraban los motivos, por el vino tinto se circulaba en ese momento en sus propias venas y lo habían puesto eufórico, por el Niño Jesús que se tiene que aguantar a todas ustedes viejas narices paradas desafinar todos los cantos en la Iglesia del padre Manuel, brindo por el padre Manuel que aprovecha y mete mano a las hermanitas que van a hacer caridad, ¡y qué caridades hacen esas bocas sucias! Alzo mi copa también por esta familia llena de desgraciados, enfermos, infelices malparidos, por los primos que ya no son primos y que se convirtieron en padres, Vicente y Carmencita, que Dios los ampare, a ustedes y su hija, la Desamparados, fruto de esa relación enfermiza que hasta hoy hemos guardado, como quién conserva un vino tapado con un corcho de cierre hermético para poder disfrutar de su sabor añejo, brindo por ustedes y por este secreto a voces, que de supersticiosos que son, creyeron que la niña saldría deforme, con un ojo de más, una pierna de menos o con una joroba en el lomo como pronosticaba la abuela Amelia quién al enterarse de esta inmunda concepción murió de vergüenza ajena, de desconsuelo y de asco, y que por esa razón, malditos embusteros, le endilgaron a la inocente criatura el nombre de la Virgen de los Desamparados, o popularmente conocida como la Gerepudeta, la Jorobadita, macanuda forma tiene esta familia de asegurarse una parcela en el cielo; y alzo mi copa una vez más para mandarlos a todos ustedes a la puta madre que los parió! Así me vine a enterar que mis padres eran en realidad primos, y que por miedo a que salga deforme como predijo mi bisabuela Amelia, me nombraron Desamparados así Dios perdone el pecado cometido, el incesto consumado y ahora hecho carne y hueso que vine a ser yo. Pero como la naturaleza es mucho más sabia que los presagios y las creencias de esa mujer que no llegué a conocer, nací sana y completa, ¿ve? Tengo todos las partes del cuerpo en su lugar y los órganos acomodados por adentro en perfecto funcionamiento, me explicaba Desamparados. Después de semejante espectáculo que don Medica brindó a todos, cayó de bruces dormido, vencido por la curda y descansando en el suelo tras revelar tantas verdades que la familia calló por tantos años por tanta vergüenza.

El trato era simple, Desamparados era empleada cama adentro, veinticuatro horas, sueldo acorde, condiciones laborales justas, teléfono directo a casa para llamarme si mamá se le iba de las manos, llámame cuando mamá pregunte mucho por mí, ahí le digo que en un rato estaré en casa, salgo de la escuela y voy mamá. Pero siempre la vencía el sueño, entre las siete y ocho, mamá ya dormía. O sino cabeceaba, ¿entiende? Se dormía sentada y la cabeza se le iba para adelante y ante el tirón del cuello, mamá reaccionaba y despertaba bruscamente. Luego del quinto o sexto cabeceo, mamá se quedaba dormida. Ahí volvía a la acción Desamparados, lo único que tenía que hacer es llevarla a mamá a casa, cambiarle los paños, acomodarla en la cama, asegurarse de que tome la medición y dejarla durmiendo como un niño. Porque mamá dormía como un niño, y a veces, despertaba haciendo berrinches como un bebé. Como un bebé hambriento, llorando, llorando sin razón o si tenía razones para llorar no las contaba; o no las contó hasta cierto momento. Pero esto fue un poco más adelante, la primera noche de Desamparados en casa fue tranquila, no pasó nada de otro mundo, cumplió con su rutina al pie de la letra, como habíamos acordado. Su sombra Desamparados, me cuenta Juan Martín que le dijo a la muchacha, su sombra: en eso te tenés que convertir, morderle los pasos, caminar como si mirases a través de sus propios ojos pero a la vez, deberás dominar el arte de la invisibilidad, sino mamá se enfurece. Insistis con meter desconocidos en casa para que me vigilen, como si tuviese cinco años, un infante demente, no entiendo Juan Martín porque te empeñas en delegar a extraños tan humillante tarea, controlar a una mujer que bien puede cuidarse sola, le respondía Alegra a Juan Martín cada vez que su hijo le venía con la mala nueva, que viene otra chica a la casa, pero entienda mamá que no es para cuidarla usted, bien sé que usted puede cuidarse solita pero la casa es muy grande y entre los dos no damos abasto, argumentaba Juan Martín, consciente de que estaba arrastrando de una mentira colosal a su madre. ¿Qué iba a saber yo que Desamparados iba a co-protagonizar los hechos que se sucedieron en las semanas venideras? Ella necesitaba trabajo de manera imperiosa digamos, con el tiempo me vine a enterar de sus faltas, de los vacíos económicos que tenía que llenar con éste y otro trabajo más, en una peluqueria. No sé como le daba el cuerpo a esta chica, desconocía Juan Martín de donde sacaba fuerzas Desamparados, que lomo duro el de esta muchacha y que corazón blando. No sé como le daba el cuerpo, repite Juan Martín y agrega, con el dique cristalino en sus fatigados ojos a punto de agrietarse, tampoco sé como le rendía el alma.

Cuando empezaron los problemas, si es que se les puede decir problemas a lo que acontecido los días posteriores al ingreso de la muchacha a la casa de Alegra, la Ampy ya trabajaba en el salón de Ricardo, hacía una par de semanas que limpiaba la peluqería de punta a punta, iba cuando en su rutina diaria le quedaban huecos y dejaba el piso brillante, los espejos colgados en la pared reluciendo, destellando no sólo un reflejo impoluto sino que además te devolvía una imagen de una belleza sublime que sin el trapo previo de la Ampy, hubiese sido imposible de vislumbrar. Las chicas la adorabamos, agrega Silueta Luna Creciente cruzando las piernas en una proesa titánica de que la minifalda de color azul brillante no delatara el bulto muerto que colgaba escondido en el lugar que según ella, debería ir una vagina. Mirá si será testarudo nuestro Diosito Dios que por más que una reza y se echa en contra la naturaleza, hace oidos sordos e ingora los anhelos de ser mujer completa, porque mujer soy, mujeres somos todas las amigas de Ricardo y hasta el Ricardo mismo cuando se empeña y se emprolija los pelos de la axila y calza los tacones alto, es mujer pero no completa. Completa es la que ya tiene una princesa entre las piernas y no este tumor que cuando dormido está parece una oruga. Que nos digan travestis es moneda corriente pero para la Ampy no, ella no nos miraba con los mismos ojos que nos miraban en la calle, como si fuesemos un aborto de la naturaleza: ella, y únicamente, ella nos miraba como mujeres auténticas. Por esa razón, y por otras más, la Ampy se ganó el cariño de todas nosotras, las amigas de Ricardo y también el estima del propio Ricardo también que apenas escuchó el relato de la muchacha la contrató. Al principio era tímida pero con el tiempo se fue soltando, la obligamos a deshinbirse, imaginate la fuerza que tenía que hacer la Ampy para no reirse a carcajadas de las guarangadas que intercambiamos con las otras mujeres, con la Silueta Luna Menguante, la Silueta Luna Nueva, la Silueta Luna Llena y la Silueta Luna Negra. Y digo estos nombres que son nuestros nombres artísticos y cada uno tiene una razón de ser, haciamos la calle cuando el diente se cansaba de masticar pan duro y ocupabamos un callejón protegido por la cana, la policia nos cubría, le pasabamos bajo el poncho un dinerito, ellos no nos jodían, nosotras haciamos nuestro trabajo y de vez en cuando uno que otro uniformado recibía un favor por parte nuestra, como un extra, sería el aguinaldo que los desgraciados nos cobraban, me cuenta Silueta Luna Creciente. Tanto cariño le teníamos a la muchacha, continúa Silueta Luna Creciente, que le buscamos un apodo para distraerla del recuerdo de su pasado que también nos lo contó a nosotras y para hacerla sentir parte del grupo. La rebautizamos la Ampy, un diminutivo inexplicable de ese nombre nefaste que le pusieron. La Ampy, la muchacha Ampy que barría el crisol de cabellos que dejaban las clientas en el salón de Ricardo. Mirá niña, le explicó en ese entonces la Silueta Luna Negra, acá todas nos ponemos un nombre diferente para despistar la vida, todas somos las Silueta Luna, como un apellido que va delante del nombre de pila porque al cliente no le cierra cogerse a una Luna Negra Silueta, en cambio si viene medio tomado y escucha Silueta Luna Negra a lo mejor la idea de unas caderas morenas contundentes lo hagan delirar y pagar el doble de lo que prestadora de servicios cobre. La Nueva se llama así porque es la más nuevita, inició hace poco a ejercer la profesión, es puta casi a estrenar; la Llena porque ya ves, ¡más evidencia que esa panza que parece un asteroide perdido en el planeta Tierra no hay! Menguante es la luna vieja, la que más experiencia tiene en el terreno de las sabanas compartidas, la Negra porque es negra y no hay más vuelta que darle; y yo, la Silueta Luna Creciente, porque tengo el culo lo empiezo a comerciar a partir de las doce, científicamente la luna del cuarto creciente tiene su orto, es decir la salida del astro, en el horizonte al mediodía. Cuanta poesía y metáfora esconden estos nombre, pienso y no digo nada por no vulnerar la sensibilidad de un relato que parece interminable; ella continúa con su explicación: así eramos todas nosotras, hijas de la Luna, cuerpos celestes que si de lejos si las observas te rendis ante su magnificencia sideral pero que si agudizas la vista podes notar los relieves que se levantan en la superficie. Para la Ampy los cráteres de la piel de hombre que nos cubría eran imperceptibles, ella nos miraba con encanto y desconcierto, con admiración y embobabiento, la Desamparados se acercaba a nosotras y nosotras, las mujeres incompletas, nos sentíamos las Diosas Madres, las Reinas del Cielo, ¿cómo no tomarle cariño a esta muchacha que con los ojos nos llevaba gratis, ida y vuelta, al lugar que nos pertenece en la constelación?

Imposible precisar una hora, un momento, una fecha en la que a doña Alegra la memoria la empezó a engañar, reflexiona Desamparados, llenandose de aire los pulmones para empezar a narrar lo que le da forma a esta historia, que dejó de ser historia escrita por vencedores para convertirse en testimonio a carne viva de quienes fueron testigos del confuso huracán que empezó a tomar forma. Sucedió en la primera noche que tuve que cuidar a Alegra, continúa Desamparados, momentos previos a lo que aconteció después nos encontrabamos merendándo juntas pese a que la señora poco le agradaba mi presencia, Poco y nada vas a durar acá, te advierto, todas huyen espantadas por los fantasmas, me cuenta Desamparados que le advirtió Alegra mientras terminaba su té con leche. Estoy cansada chica, me voy a la cama, te espero mañana para que merendemos juntas de nuevo si es que vuelves, ¿Por qué no habría de volver? se preguntaba Desamparados quién ignoró la invitación pseudo cortés de su patrona, Mejor la acompaño a la cama Alegra, la ayudo a llegar al baño,le doy una mano para desvestirse y la dejo durmiendo como un ángel, luego me voy a mi casa, le mintió Desamparados. Sólo hasta el baño, luego me las arreglo sola, me acompañas hasta el baño y te vas, no te quiero dentro mi dormitorio, reviró la mujer. Que la asisto en lo que necesite hasta que se duerma y luego me voy a mi casa, Que no, que me dejas en el baño y por el mismo pasillo que nos conduce hasta él, por el mismísmo, das la vuelta y te volves a tu casa, que aquí a la noche no te quiero. Las dificultades para caminar de Alegra respondían al deterioro de sus huesos, de la debilidad de un cuerpo que se fue agrietando con los años y que a la luz de sol deja ver una piel traslúcida, como si doña Alegra se fuese evaporando despacito, a ritmo lento, a la misma cadencia con la que movía primero un pies y luego el otro. Hasta aquí llegó tu trabajo chica, le anunció Alegra a Desamparados y como pudo, sosteniéndose de las paredes para no perder el control de su anatomía que parecía iba en picada, cruzó el umbral que separaba de su pieza al pasillo que conducía a otra pieza anexada al lado y el baño en el medio de ambos dormitorios. Actuaba como puerta una cortina marrón vieja, semi transparente y con detalles de flores bordadas a lo largo y ancho de esa tela que oficiaba de entrada a la pieza de Alegra. Desobedeciendo deliberadamente a su patrona, Desamparados se despidió, caminó por el pasillo y apagó la luz, hasta mañana doña Alegra, que descanse y, quedándo del lado de adentro, cerró la puerta del dormitorio donde tenía su cama preparada. Alegra prendió el velador y una tenúe luz alumbraba ese espacio reducido de la casa que quién iba a sospechar que en ese mismo escenario se desataron los terribles hechos que le dieron lugar a los estropicios, se lamenta Desamparados. Como un gato negro en plena noche, como una sombra que se infiltra sigilosamente a robarle más espacio a la iluminación famélica que pintaba las paredes de esa casa, Desamparados se acercó hasta la cortina bañada en flores y espió de forma callada, en un silencio cuya morfología se transformó a un cristal liviano que al mínimo susurro del viento se partiría en mil pedasos, vigiló la muchacha cada movimiento que ejecutaría Alegra esa misma noche, la noche en que las marcas empezaron a revelarse en la piel de Alegra a medida que ésta se quitaba la ropa, ante cada movimiento cegado por el dolor que le retorcía el cuerpo entero un gemido de sufrimiento se asomaba a los labios de Alegra, ay que me duele, me duele, me duele mucho repetía la mujer sabiéndose en una falsa soledad, que me duele Dios mio, cómo permitiste que me hiciera una cosa así, me duele, me duele recitaba una y otra vez la afligida voz de Alegra ante los ojos ocultos de Desamparados, que con la mandíbula por el suelo y el retorcijón enardecido en la boca de su estómago, vio cómo aquella mujer se desvestía lentamente y a medida que las prendas caían al suelo, negros moretones, moradas magulladuras y feroces cicatrices ponían en evidencia un cuerpo golpeado ya no sólo por el paso del tiempo sino también por un ataque atroz de vaya a saber qué origen, una piel manchada por una embestida violenta cuya causa no es la inevitable decadencia a la que sucumben las personas en los albores de su vejez sino que respondía a un ser humano que fue levantado con la fuerza de un dios griego hasta el cielo y desde esa misma altura fue arrojado al suelo para estrellar su cuerpo en él, devolviendole su condición de mortal y estropeandole a la vez hasta las ganas de vivir.

Tiene los ojos cegados de maldad, lo noté apenas puso sus pies en esta casa y vi también su mirada que no miraba, sino que escupía fuego. Y ese fuego, con el cuál luego me escupiría y llenaría el cuerpo de llagas, no venía sólo sino que a ese fuego lo acompañaba una sonrisa cínica. No me gusta esta Chica, le dije a Juan Martín cuando al otro día de su llegada me preguntó qué tal te llevas con la nueva susodicha. Y te respondí Juan Martín que no me gusta para nada, Pero mamá, si apenas pasó las primeras 24 horas en esta casa y ya evalúa a la muchacha con un ojo clínico y prejuicioso. Tu me preguntaste y yo te respondí, no hago más que responderte. Y era verdad, sólo respondía por responder, por devolver una cortesía que empezamos a construir con los años. Esa conversación, la primera sobre la Chica, no era más que una conversación que carecía de contenido genuino y los lazos que la construían eran meramente fáticos, una rutina que Juan Martín ensayaba a diario para dejarme saber que aún le importaba, que aun te importo hijo porque aunque no estas ahora por aquí, sé que pronto vas a volver y vas a ver que no te miento, que esta Chica tiene metido un demonio siniestro en el cuerpo, o en el corazón, o en el cuerpo mejor dicho porque corazón dudo que tenga. Dicen que las mujeres poseemos un sexto sentido, y el mío dejó de funcionar luego de conocer a esa Chica, que llegó envuelta en malos presagios. No sé si ese sexto sentido, el mío, caducó en ese momento posterior al primer saludo caluroso y falso o si fue ella la responsable de precipitar la fecha de vencimiento de mi memoria, haciéndola añicos. Porque no sólo quebró ese sexto sentido que por naturaleza, dicen, contamos las mujeres; no, no sólo eso: también se encargo de encerrar mi lucidez que ya abrazaba sus primeros años seniles, y la enterró en un pozo de deshonra, le echó tierra de humillación encima y contribuyó a taparla con tanto daño que esa poca luz mía se fue consumiendo en un progresivo y silencioso olvido. Te gastas hijo, te dije, te gastas Juan Martín tu sueldo y tu ánimo en ese caprichoso empeño en buscar alguien que me cuide día y noche, cuando en mil y una ocasiones te repetía que no había necesidad, que nadie me podía cuidar como yo misma. Pero no me escuchaste hijo, o si lo hiciste no me hiciste caso, qué ibas a saber vos tan lleno de buenas intenciones, que le estabas facilitando las llaves de nuestra vida a una desquiciada que no hizo más que descargar su furia contra mí. Desde que llegó a esta casa no deja de atosigarme, y yo no logro distinguir si le molesto más yo a ella de lo que me molesta ella a mí, a ese punto llegué hijo, a esa delirante confusión de pensar que incomodaba a una extraña bajo mi propio techo cuando tendría que ser al revés. Y de hecho así era, porque era ella y no yo, quién estaba de más en mi pieza, ella estorbaba, y no yo como pensaba, o pienso. Disculpa que no sepa en que tiempo conjugar los verbos con los que te escribo porque mi memoria se está llenando de agua. Y el agua empezó a correr cuando trajiste a esa Chica a casa. Agua turbia que no descansa ni deja descansar, agua calma que si la agitas un poco se transforma en un tsunami capaz de devorarte. Y en estas aguas estoy aprendiendo a nada hijo, dando manotazos para llegar a la orilla, para aferrarme a un recuerdo antes de que sea demasiado tarde pero no puedo porque mientras más le exijo a mi memoria, más se fatigan mis manos de tanta retentiva nociva y me veo obligada a abandonar la escritura. Y es que nado en mis propias lagunas mentales que se van llenando de tanta agua que ya cuentan con peces propios.

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